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abril 30, 2010

Redadas racistas en España


Redadas racistas en Granada
Puede ser a las afueras de una oficina postal, en la estación de RENFE, en las calles del barrio del Zaidín un viernes o sábado por la tarde, en Plaza Nueva, fuera de uno de los cientos de locutorios que germinan por la ciudad. A mí el control policial racista me cogió en la estación de autobuses de Granada una noche que esperaba a mi pareja que venía de Madrid. No suelo ser puntual, pero llegué veinte minutos antes así que me senté en la sala principal y me dispuse a leer la última edición de El Jueves. Y mientras me descojonaba de la risa, de repente mi vista se clavó con los cinco policías nacionales que miraban hacía uno y otro lado antes de descender por las escaleras y así cumplir con su misión de cazar inmigrantes ilegales. Hace más de un año que el Ministerio del Interior español implementó la política de redadas masivas exclusivamente hacía el colectivo inmigrante, del mismo modo aceleró la deportación Express saltándose la misma Ley de extranjería reformada una y otra vez por el Gobierno de Zapatero. La orden es clara; detener, si es posible a los tres días enviarlo a un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), y en el peor de los casos, dejarlo en libertad con su orden de expulsión en la mano para que le sea aún más difícil buscarse la vida.
Primero cogieron a tres subsaharianos que minutos antes habían descendido del autobús. Después fueron a por el grupo de bolivianos que tenían su macuto de trabajo en los pies. La noche estaba floja para la poli y sus cupos de inmigrantes; ya habían controlado a más de veinte latinos, subsaharianos, marroquíes, hasta a un negro afro lo hicieron identificarse pero cuando sacó el pasaporte de United States los agentes ni siquiera se molestaron en verificar su identidad, es probable que alguno haya soltado un sorry andaluz que dejaría perplejo al guiri. Uno de ellos se paró frente a mí. Identificación, balbuceó con mala leche. Sospeché que en ese momento si le hubiera dicho que no tenía, una sonrisa se le hubiera dilatado en su rostro parco, una simple arruga de felicidad porque la noche comenzaba a dar buenos frutos para sacar de circulación a los sin papeles, no sólo era una orden sino que un servicio al país en estos tiempos de crisis económica.
Y ahí me retuvieron diez minutos a la espera que desde la centralita policial le confirmaran la mala noticia; que mi NIE era legal y que no estaba en búsqueda y captura, pero si bajo sospecha eterna.

diciembre 04, 2008

“Tirando la manta en Granada”


Siempre salen de casa con la sonrisa en los labios, la mochila en la espalda o la bolsa cuadrille de mercadillo en la mano; nunca voltean la cabeza para mirar a lo que se deja atrás porque la aventura inmigrante así lo requiere. Vienen del barrio del Zaidín, de la Chana, algunos se descuelgan desde la estigmatizada y olvidada zona norte de Granada, otros sólo caminan unas cuadras para copar con sus películas y CD de música pirata interrumpidamente las aceras del casco histórico de una ciudad que siempre transita entre la desazón y el son. Se despliegan en grupo e instintivamente cada uno asume una actitud vigilante ante los continuos embates de la policía local que no quieren que lleguen por la noche al piso compartido. Cada día se vende menos y se camina más para intentar cuadrar la caja chica de la sobrevivencia.
Los que no tiran la manta en la calle, recorren bares y restaurantes ofreciendo la mercancía pirata que ya tiene a decenas de sus compañeros en las cárceles españolas, tras aplicarles no una sanción administrativa sino que una condena judicial con pena efectiva de prisión. Una exageración del sistema judicial español que se entretiene en joderle la vida al subsahariano inmigrante sin papeles, mientras en sus narices es asesinada otra mujer por la violencia machista. La presión de lobby de las transnacionales de la música para reprimir a la piratería y la descarga de archivos P2p va dando sus pequeños frutos político-policiales que se mezclan con los discursos exclusivamente mercantilistas que agita la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) para salvaguardar, según ellos, la creación del artista.
Después de años en contacto con la inmigración africana uno sabe que la venta callejera de CD y DVD es el último eslabón comercial en la trama de las falsificaciones. Aquella actividad es la primera forma de ganarse la vida y pagar la manutención diaria; la solidaridad africana es extensa y generosa, pero también anda con los bolsillos estrechos. Algunos después de meses saldrán de la venta ambulante hacía otros derroteros, otros permanecerán años en aquel laberinto que lentamente va frustrando a la nueva savia africana. Y Mamadou, musta, Aliou y tantos otros con que me topo cada día en alguna esquina o bar recurrente, lo saben, no son ajenos a esta realidad tan concreta en que los proyectos de vida se van cristalizando en la máquina del tiempo.
En esos momentos de tensión, en donde la soledad aprieta y las perspectivas económicas se desvanecen, tanto en la tierra como en el aire, emerge nuevamente el guerrero urbano de ébano que se echa a la calle decidido a ganar esta partida. Lo mismo hace Yousaf, el adolescente paquistaní que otra vez ha cogido con fuerza su ramo de rozas para salir a recorrer una Granada bajo cero.

septiembre 09, 2008

Europa Blindada: El salto de las historias mínimas en Ceuta y Melilla


El siguiente reportaje es de septiembre de 2006 y da cuenta del abandono de inmigrantes subsaharianos en pleno desierto marroquí, esta es la historia de los que fracasaron en el salto de las vallas de Melilla y Ceuta. Esta es la crónica de otro abandono a la muerte.

Kani cruzó las vallas fronterizas que separan a Marruecos de la ciudad española de Ceuta en cuatro minutos. No sabe porque cronometró el tiempo, pero lo hizo. Echó a andar el mecanismo justo en el momento en que con más de ochocientos inmigrantes subsaharianos arrimaban las primeras escaleras- construidas artesanalmente con maderas del bosque y gomas de caucho - en la verja de tres a seis metros de altura que separan a la Europa comunitaria del caos desolado de África. La madrugada estaba estrellada en el mediterráneo y las farolas iluminaban los cuatro corredores fronterizos que había que saltar. Los sensores de movimiento estaban a punto de volver a chillar y el centenar de cámaras de seguridad se movían nerviosas al igual que la policía y los militares que reforzaban la zona a uno y otro lado del vallado. Sin embargo, todo aquello no los disuadió a dejarlo para otra vez; había que probar, que intentar cruzar la frontera económica más desigual del planeta – 15 puntos de diferencia en renta per cápita- y dejar atrás el zumbido constante de la muerte y la desesperanza que un buen o mal día los empujó a tomar la decisión de emigrar hacia la Europa desarrollada. Para así, asegurar el bienestar de la familia africana que se queda envuelta en la incertidumbre y con la sospecha de que aquella última imagen- en que se los ve alejándose con sus bolsos por las calles polvorientas del barrio- significa mucho más que un hasta luego.
Y vienen desde Malí, Ghana, Níger, Guinea, Burkina Faso, Camerún, Senegal, Guinea Conakril, Gambia, Nigeria, Benín… en un viaje transfronterizo en que no sólo se van los meses y los años, sino que la vida y los amigos del éxodo silencioso que van cayendo por el camino sin siquiera haber visto con sus ojos la maldita verja y el mar mediterráneo. Sus cuerpos quedan sepultados bajo la arenilla fina del desierto con el manto de silencio que acompaña a los viajes de la emigración subsahariana que intenta penetrar en las ciudades españolas extra peninsulares de Ceuta y Melilla: la frontera Sur de la Unión Europea en territorio africano. Los cuerpos de otros muchos (no hay cifras exactas pero organismos europeos hablan de más de nueve mil muertos desde 1998) que intentan cruzar al otro lado del mediterráneo a bordo de una patera naufragan en el intento. Cada vez las travesías marítimas de la emigración clandestina son más largas y peligrosas a medida que España extiende su Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE) por las costas de Andalucía y las Islas Canarias. La Europa blindada en su expresión más técnica y evidente se basa en la videovigilancia, bases de datos, vallas, espacios de seguridad, helicópteros, deportaciones conjuntas y masivas, patrulleras, sensores térmicos de última generación, acuerdos de deportación, restricciones del derecho a asilo político, dilatación de los trámites de reagrupación familiar, criminalización del colectivo inmigrante a través de la prensa…, la inmigración (legal/ilegal) en Europa hace mucho que se definió como un problema a la altura del terrorismo. No hay cumbre euromediterránea, euroafricana, iberoamericana, euroasiática, donde no este presente la cruzada occidental contra el complejo tema de la inmigración que cohesiona al abanico político europeo.
Es la madrugada del jueves 29 de septiembre de 2005. Cientos de jóvenes inmigrantes subsaharianos vuelven a romper el perímetro de seguridad en la ciudad de Ceuta, han dejado atrás el bosque marroquí Bel Younech o Mariguari, donde malviven a la espera de una oportunidad y han iniciado el salto en la zona conocida como Finca Berrocal (Ceuta) donde aún la valla mide 3,5 metros de altura. Sólo en los últimos dos días más de 500 de sus compañeros subsaharianos tras saltos masivos, desesperados y coordinados por telefonía móvil han logrado penetrar en la Europa fortaleza tras saltar las vallas de Melilla (casi 25.000 inmigrantes han logrado entrar desde 1995 en Ceuta). Lo han conseguido después de años de viaje y de vivir escondidos en el monte Gurugú en improvisados campamentos que una y otra vez desarman por el asedio de la policía marroquí que no sólo los golpea, los deporta a la frontera desértica con Argelia, sino que también les roba lo poco que tienen y corta los suministros de agua al custodiar la vertiente natural que apaga la sed de los desplazados económicos1. Lo han logrado pese al ruido incesante de los fusiles Cetme con bocachas de la Guardia Civil española que disparan pelotas de goma, a los botes de humo reventando por doquier, a las porras policiales sacando brillo a los rostros y cuerpos morenos y al plomo policial que mata en la impunidad fronteriza. Ni siquiera las concertinas de espina metálica que están enrolladas en lo alto de las vallas y que cercenan la piel a navajazos pudieron detener a la muchedumbre negra y hambrienta que rompió durante semanas el perímetro de seguridad, que en pleno siglo XXI, aún delimita a la vida de la muerte.
Y Kani y el millar de historias mínimas que esa madrugada del jueves 29 intentan el salto no saben que ellos y su sobrevivencia han trastocado la agenda política, mediática y las conversaciones en los bares españoles. Se habla de “invasión”, de “avalanchas de ilegales”, de “asaltos a la frontera española”, de “nula colaboración marroquí para detener a los sin papeles”. Las imágenes de los cuerpos ensangrentados de los subsaharianos vagando por las calles de Melilla colman de histeria eurocentrista la frágil memoria histórica española que ya no quiere saber nada de pobres y calamidades del tercer mundo.
Y ellos, sólo van rumbo a la comisaría de policía por una orden de expulsión que no se podrá ejecutar porque España no tiene convenios de repatriación con sus países de origen y Marruecos- hasta aquellos días- no los readmite. Lo normal es que luego pasen a ingresar en el Centro de internamientos para Extranjeros (CETI) y de ahí esperar meses, años algunos, por un vuelo silencioso que los deposita en alguna ciudad española (el año pasado 8.716 personas) para que se busquen la vida con el rótulo de sin papeles y así inicien otro viaje también incierto.
Horas antes del salto, a las diez de la noche del miércoles 28 de septiembre, el Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, desde el palacio de La Moncloa da la orden de que cuatro compañías de regulares y Legionarios (720 efectivos) vigilen las fronteras españolas de Ceuta y Melilla armados con sus fusiles H & K, además aprueba la construcción de otra verja “inexpugnable”, pero por sobre todo, aumenta la presión sobre Marruecos para que frene los saltos de “ilegales”; la VII cumbre hispano marroquí de alto nivel que se celebra en esos días en Sevilla se transforma así en un monográfico sobre la inmigración clandestina. Horas antes de la respuesta de Zapatero a la crisis humanitaria que estaba en proceso, su secretario de Estado de Seguridad, Antonio Camacho, advertía ante el parlamento español. “Es altamente probable que, a pesar de una diligente, profesional y proporcionada actuación de los agentes policiales, puedan sobrevenir situaciones no deseadas, no sólo en la integridad física de los asaltantes, sino también de los agentes”.
Y la premonición política- policial de Camacho se cumplió en la madrugada del jueves 29 de septiembre. Cinco subsaharianos fueron asesinados en el intento de saltar la valla fronteriza de Ceuta. Kani y otros 216 lo lograron, 46 de ellos heridos, al otro lado de la verja más de160 resultaron heridos y otros cientos fueron acorralados y detenidos por la policía y el ejército marroquí en una cacería de negros que se extiende hasta hoy. Tres murieron de lado marroquí y dos de lado español, todos por impacto de bala y postas según las autopsias. Uno de los inmigrantes subsaharianos permaneció enganchado en lo alto de la concertina de espino metálica durante horas en territorio español. De nada le sirvieron los dos pantalones, cuatro chalecos y el pasamontañas que le cubría la cabeza, ante la respuesta del plomo policial. Era de Camerún, su cuerpo no tenía más de veinte años de capitalismo periférico acumulado y murió mientras ejercía su derecho a emigrar (artículo 13 de la declaración universal de los Derechos Humanos, 1948) y rasgar con sus propias manos el telón de bienestar del primer mundo.
La historia se repitió una semana después. El jueves 6 de octubre seis subsaharianos también de madrugada mueren tiroteados en las inmediaciones de la valla de Melilla por las fuerzas policiales marroquíes. Catorce horas después de aquel salto masivo y cada vez más desesperado, el Ministerio del Interior marroquí en una breve declaración da a conocer el hecho y expresa que sus fuerzas de seguridad destinadas a impedir el salto de clandestinos “se vieron obligadas a hacer uso de sus armas en legítima defensa”. Ese mismo día Marruecos –no lo había hecho en quince años- acepta la devolución de 73 inmigrantes subsaharianos que son deportados desde España contraviniendo la normativa legal para estos casos. Desde Bruselas también llega la confirmación de que los 40 millones de euros que Marruecos espera desde hace años para reforzar la seguridad de sus fronteras serán transferidos en breve por la Unión Europea para combatir a todos aquellos hombres y mujeres que no disponen de un código de barras Schengen.
Aquel fue el último salto masivo de los inmigrantes subsaharianos sobre las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla.
¿A donde los llevan a morir?
Los primeros testimonios de lo que verdaderamente estaba sucediendo con los inmigrantes subsaharianos, que habían fracasado en su intento por saltar la valla y habían caído en la cacería policial marroquí, llegaron también por móvil en los primeros días de octubre y de ahí no pararon hasta finales de mes.
La presión diplomática española y de la Unión Europea para que Marruecos aplacara la presión migratoria en su territorio causó efecto rápidamente. En pocos días el Reino Alahuita destruyó los campamentos de los subsaharianos, talo los bosques cercanos a la valla, realizó redadas extensivas por las zonas rurales y urbanas de todo el norte marroquí y detuvo a todo negro subsahariano fuera ilegal, legal, demandante de asilo político o bajo la protección certificada de ACNUR, no hubo contemplación ni siquiera con los heridos, las mujeres o algunos niños. Las caravanas de la muerte cargadas de inmigrantes subsaharianos se pusieron en marcha desde toda la cartografía norte de Marruecos. Iban esposados, con hambre, las heridas abiertas y el alma rota tras comprobar por las ventanillas del autobús como las luces de Ceuta o Melilla cada vez parpadeaban con menos intensidad mientras los autobuses se internaban en el desierto con destino desconocido. Hasta entonces era costumbre que la policía marroquí deportara a los sin papeles hacía la ciudad marroquí de Oudja fronteriza con Argelia. Luego los invitaban a cruzar hacía el otro lado de una frontera que permanece cerrada desde 1994 por diferencias profundas entre Rabat y Argel. Y pese a ello, una y otra vez, los deportados, los eternos pasajeros en tránsito volvían a recorrer los 120 kilómetros que separan a Oudja de Melilla. Sólo eran cinco días de viaje a pie. Esta vez todo sería distinto.
Delante de nosotros sólo hay arena, piedras, colinas y mucho sol” así describía, Phillippe Tamouneke, su situación y la de centenares de compañeros que habían sido abandonados en pleno desierto fronterizo por la policía marroquí después de recorrer cientos de kilómetros de viaje esposados y sin ayuda médica o alimentos en las caravanas de autobuses. Con su teléfono móvil que había podido camuflar, el congoleño contactó con los miembros de Médicos Sin Fronteras (MSF) que desde hace más de dos años tienden una mano mucho más que sanitaria al colectivo migrante que realiza las rutas clandestinas de la emigración africana. El 7 de octubre dos médicos y un ayudante de la organización de MSF localizan a más de 500 subsaharianos hambrientos, sedientos y en pleno desierto fronterizo con Argelia en la localidad de Ouina- Souatar. Aquellas primeras fotografías realizadas por los miembros de MSF a los subsaharianos que iban apareciendo por el desierto en búsqueda de agua y comida fueron el testimonio gráfico de que la pesadilla era una realidad y no una burda campaña comunicacional orquestada por las ONGs, colectivos sociales y los portales de información independientes que desde hace día venían denunciando las deportaciones masivas de los inmigrantes hacía el interior del desierto.
Tres días más tarde un reducido grupo de periodistas y activistas de la Asociación de Amigos y familiares de las Víctimas de la Inmigración Clandestina (AFVIC), que se habían internado en las desérticas carreteras marroquíes logran dar con los autobuses de la muerte mientras estos repostan combustible para seguir con su viaje secreto y su cargamento de seres humanos.
Y ahí están ellos nuevamente; desesperados, sedientos, pidiendo ayuda en francés, español, inglés, olof, árabe. Sus manos negras agitan las botellas plásticas vacías de agua, van esposados de a dos y con los rostros inflamados de miedo e incertidumbre. Una mujer logra sacar medio cuerpo por la ventanilla pequeña y en un trance real, entre la vida y la muerte, repite por largos minutos con desgarro help, help, help mientras socializa al mundo televisado su pena inmensa. Ella y los niños no saltan la valla sino que intentan cruzar por los peligrosos acantilados de Melilla o en patera surcando las aguas del estrecho.
Otro joven subsahariano no aguanta más y se lanza fuera del autobús mientras su compañero de cadenas queda al interior de este con su mano extendida al vació. Todos deben saber que está gente nos está matando- grita otro hombre- aprovechando la presencia de los periodistas. Miembros de la AFVIC colocan su cuerpo sobre el asfalto para impedir que los autobuses de la muerte inicien nuevamente la marcha. No lo logran.
Rabat, Madrid, Bruselas, el desierto del Sahara y el Frente Polisario
La diplomacia española y europea exige el respeto de los derechos humanos para con los inmigrantes de parte del gobierno marroquí, éste a su vez contesta que esta resolviendo un problema que aqueja a la vieja Europa a petición de ellos mismos. Finalmente desde Rabat sale la orden para que los militares vayan en búsqueda de los que abandonaron días antes para reagruparlos en ciudades como Bouârfa, Bouâname, Taouz, Oujda. Los que son ciudadanos de Malí y Senegal (más de un millar) son separados del resto porque a última hora y bajo la presión humanitaria y económica de la diplomacia sus países se han apresurado en firmar acuerdos de repatriación y ordenado a sus cónsules que dejen los despachos y vayan al desierto a localizar compatriotas.
El resto son nuevamente subidos a los autobuses de la muerte que terminan por abandonarlos en el desierto más inhóspito del sur después de dejar atrás las ciudades de Smara y Aargub, esta última a más de 1.650 kilómetros de Ceuta. Los llevan ahí donde las cámaras de televisión, ni las ONGs., ni siquiera un equipo del alto comisionado de la ONU para los refugiados y desplazados puede llegar. El mismo día en que el Vicepresidente de la Comisión Europea, Franco Frattini, alertaba a los ministros de interior y justicia de los países miembros que más de 30 mil emigrantes africanos esperaban en Argelia y Marruecos su oportunidad para entrar en la Unión Europea, se confirmaba la noticia de que centenares de ellos estaban perdidos y muriendo en la zona del Sahara Occidental, después de ser abandonados tras el muro de defensa marroquí que enclaustra al pueblo saharahui.
Entre estos dos puntos una extensa franja de desierto plagada de minas antipersonales que dejó sembradas el ejército colonial español antes de su retirada en 1976, otras miles han sido plantadas con los años por Marruecos que no acepta la independencia del pueblo saharaui y ocupa desde entonces el Sáhara Occidental saltándose las resoluciones de Naciones Unidas. Precisamente la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) destacada en la zona entra de lleno en la localización de los subsaharianos que cuentan por telefonía móvil como algunos de sus compañeros de travesía han muerto, mientras intentan buscar algún detalle geográfico en la inmensidad del desierto que pueda distinguir el lugar donde se encuentran perdidos. Los helicópteros de la MINURSO sobrevuelan el muro minado que separa a la zona controlada por Marruecos de la del Frente Polisario, encuentran grupos dispersos pero ninguno pertenece a quien ha originado la llamada de auxilio. Centenares de subsaharianos quedan en manos del Frente Polisario quien les brinda ayuda humanitaria y los cobija hasta que ellos mismos decidan si volver a casa o emprender rumbo al norte por una nueva oportunidad de saltar al otro lado del abismo.
Ahora es el turno de la alta diplomacia europea que está a punto de firmar con Marruecos un convenio de deportación para devolver a todos aquellos que llegan a Europa desde su territorio. Se afinan acuerdos de expulsión con los países africanos para que acepten la devolución de los que han fracasado en su intento por convertirse en emisores de remesas que equilibran las periféricas economías subsharianas post-coloniales. Muchos piensan en un plan Marshall para el continente africano, mientras paralelamente se debate en privado la idea de Tony Blair
- rechazada en 2003- de crear Centros de acogida -internamiento- de inmigrantes africanos en los países de tránsito, se intenta con esto, deslocalizarlos, atajarlos, antes de que puedan siquiera llegar a divisar la verja fronteriza de Ceuta o Melilla o embarcarse en una patera saturada de historias mínimas que zarpa desde las costas libanesas hacia la isla italiana de Lampedusa.
Las muertes de Ceuta y Melilla y la posterior deportación y abandono en el desierto de millares de inmigrantes subsaharianos dejaron de aparecer en los medios con el transcurso de los días y a medida que los primeros coches de fuego comenzaban a iluminar los barrios populares de París habitados en su mayoría por chicos franceses de origen magrebí y subsahariano que saldaban otro tipo de cuentas con el modelo de exclusión social francés.

julio 14, 2008

"Papeles mojados": travesías de la muerte



Este niño subsahariano de cuatro años y su mirada de horror, es el único sobreviviente infante de la larga y trágica travesía que terminó con nueve bebes muertos en brazos de sus madres, sus cuerpos han sido arrojados al cementerio del mediterráneo junto a otros seis adultos que tampoco han resistido, 33 lograron ser rescatados por guardacostas españoles a 27 millas de las costas de Almería. Un viaje que se había iniciado hace una semana desde las costas de Alhucemas en Marruecos, en un zodiac sobrecargado de sueños e impulsados por la desigualdad salvaje de la frontera norte-sur. Entre España y Marruecos la diferencia del PIB pér cápita es de 7,3 veces, esta es aún más abismante en el África subsahariana desde donde provienen la casi totalidad de los navegantes sin puerto del siglo XXI.
Aquello no era un gran cayuco africano colorido construido con madera de buena calidad que zarpaba de la costa mauritana sino que simplemente una zodiac de seis metros por dos, en donde, cuatro personas debían acomodarse en un metro cuadrado durante el eterno viaje. Y al tercer o cuarto día llegó la pesadilla de encontrarse a la deriva sin motor, sin agua para combatir la deshidratación, sin comida para sostener a la tripulación más frágil, sin nada y con el agua salada mezclándose con el combustible que quema la piel de los desesperados que ya ni siquiera creen en la alta tecnología, al comprobar como el GPS que les ha facilitado la red mafiosa que vende pasajes a la muerte hasta por 3000 euros, ha dejado de funcionar o sí lo hace, no ha sido bien programado siquiera para enviar una señal de emergencia. Viajes cada vez más largos y peligrosos para esquivar el Sistema de Vigilancia del Estrecho (SIVE) y el despliegue naval europeo en costas africanas.
El lunes pasado otros sobrevivientes llegaban a las costas granadinas después de volcar su embarcación por fuerte oleaje; 23 sobrevivientes y catorce muertos. De ellos sólo se quedarán en España el hombre que asistió a la muerte de su esposa, su hijo y su hermano y una mujer embarazada, a los demás les espera algún Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE)hasta lograr la expulsión a su país de origen. Ahora llegan las imágenes de una nueva tragedia en donde se muestran a decenas de cuerpos migrantes inmóviles que no son capaces siquiera de beber agua a su llegada a la isla de la Gomera en Canarias. El saldo final de esta última travesía; once muertos arrojados en el atlántico, cuatro a bordo y dos más que morirían más tarde en hospitales españoles.
Una semana que no sólo termina con la sangría de la nueva sabia africana en el fondo del mar, sino que con la comprobación empírica de saber que los poderosos del planeta han vuelto a pasar de la emergencia alimentaria africana golpeada también por el encarecimiento del petróleo, de los alimentos, de la vida en general. De la cumbre del G 8 no salió un nuevo euro real para el continente, porque las promesas económicas de la comunidad internacional están llenas de una contabilidad paralela en donde nunca llega lo que se prometió y si este llega no falta el corrupto local ( Robert Mugabe y tantos otros) que se la apropia para mantenerse en el poder. En la anterior cumbre se prometieron 50 mil millones, de los cuales quizás llegó el 10%, ahora vuelven a sacar la calculadora para marear a la prensa internacional y a algún otro representante decorativo de lo que se conoce como sociedad global.
Y los africanos ya están cansados de tanto colonialismo, neocolonialismo y paternalismo humanitario, no quieren más euros o dólares sino que la posibilidad de ganarse la vida con sus manos que ahora están encadenadas al neoliberalismo proteccionista que practican tanto Estados Unidos como la Unión Europea. Las subvenciones a los agricultores europeos y el alto coste de los aranceles para las importaciones impiden sistemáticamente que los africanos puedan entrar con sus productos siquiera en el falso paraíso del libre mercado. Las multinacionales están desperdigadas por todo el continente controlando la perforación, explotación y distribución de petróleo y una amplia gama de recursos naturales al igual que el sector de servicios.
El hambre está condicionada por la llamada comunidad internacional que siempre preferirá salvar a alguna institución financiera especulativa de la debacle bursátil, antes que alimentar a unas bocas que no tienen ningún futuro en este precario mundo desarrollado y su mezquina escala de valores.

mayo 13, 2008

Cayucos: Navegantes sin puerto


Es frecuente encontrarse en las costas de Cádiz con los restos de alguna patera o cayuco
que ha quedado como testigo mudo de la tragedia que ahí se vivió. Imposible saber si zarpó de la costa norte marroquí, del enclaustramiento sureño saharaui, de la ciudad de Nuadibú en Mauritania o de Dakar en Senegal….pueden ser días o semanas de incierta travesía. A medida que la política del enemigo interno de la Unión Europea se afianza en su escalada represiva y contenciosa contra la inmigración, los viajes de los navegantes sin puerto se hace cada vez más larga y peligrosa.
Según el informe sobre inmigración clandestina "Derechos humanos en la frontera norte-sur 07", 921 inmigrantes murieron durante ese período intentano penetrar en la Europa fortaleza, según las mismas fuentes (con bastante credebilidad), más de tres mil en los últimos años.
Contemplo el horizonte desde una cala perdida entre Barbate y Conil, pese a la nubosidad aparece Marruecos en el estrecho de Gibraltar, hacía el otro lado el mar se pierde en el atlántico. El mar está tanto o más tranquilo que la veintena de nudistas disfrutando del sol entre acantilados y arena fina, a sus espaldas un verde bosque sin plagas inmobiliarias que han destruido gran parte de la costa mediterránea española. Los primeros surfistas de la temporada capean las olas mientras otros prefieren elevarse con el Kite- surf; yo mientras tanto me fumo un porro de hierba en la playa pensando en la suerte de los tripulantes del cayuco que llegó, y sobre todo, en los que zarparan ahora que llega el verano a la vieja Europa.
Y las expectativas de un viaje exitoso se desvanecen rápidamente en el aire porque la realidad de los viajes de quienes huyen de las consecuencias del capitalismo más periférico son hoy nefastas. Por estos días los países miembros de la Unión Europea afinan un texto jurídico para ampliar la detención de los inmigrantes sin papeles por un período de 18 meses. Ya no les basta con las deportaciones, la privación de libertad en los centros de internamientos para extranjeros donde se vulneran todos sus derechos, los centros de deslocalización de inmigrantes que están en el norte de África y en el magreb también se han quedado pequeños para contener a la multitud migrante. Ni los sistemas de vigilancia de última generación que monitorean el estrecho, ni las patrulleras españolas apostadas en las costas de Senegal y Mauritania, ni las campañas del terror político comunicacional y las diatribas xenófobas podrán detener aquel éxodo sostenido que quiere romper la barrera per cápita de la desigualdad inmoral norte-sur.

octubre 18, 2007

El secuestro de Tarzán; el perro


La última vez que el artesano vio a tarzán; este aún dormía a pata suelta dentro de la furgoneta. Antes de cerrar la puerta pensó en despertar al perro para que bajara a mear y estirara sus cortas patas. Pero no lo hizo y se encaminó junto a su hijo hacía un bar cercano para desayunar.
Era un quiltro normal que con su pelaje discreto se movía con desplante y seguridad allá por donde iba. Por la noche esquivaba con maestría a los cuerpos embriagados que transitaban por todos los recovecos de la calle Elvira en busca de otra copa o de un kebab para estabilizar la marcha. No era un perro callejero, pero tampoco tenía un domicilio fijo porque lo suyo era siempre estar de paso. Tarzán, el perro, era parte de la gran caravana multicultural de artesanos- y devenidos en esto- que se moviliza por España y Europa siguiendo el itinerario de fiestas, festivales, ferias, mercadillos.
Su cuerpo más que menudo sabía reconocer a la distancia el peligro. Durante meses fui testigo de como Tarzán se sincronizaba con el artesano y su familia a la hora de huir de la Policía Local que se desplegaba de improviso para requisar la mercadería; si te cogen el riesgo de que te pidan la documentación es alta. El perro era el último que emprendía la retirada, esperaba a que llegara la policía y a medida que estos avanzaban sus ladridos y movimientos histéricos crecían. Yo por entonces trabajaba en un bar que tenía un gran ventanal por donde se dispensaba cantidades enormes de cervezas y tapas, un maldito lugar que estaba marcado en todos los mapas para estudiantes Erasmus y guiris en general. El artesano chileno, su hijo y la chica vasca, cuando no estaban de viaje, pasaban una temporada en Granada; después de meses de observar a Tarzán supe que una cosa es la reacción lógica de un perro que ve amenazado a su amo y en concordancia actúa, y otra muy diferente, la locura bella del quiltro que siempre asumía por sí mismo la misión de contención ante el peligro. Más de un puntapié policial se comió en silencio para luego de unos minutos de rutina canina, salir pitando calles abajo en busca de su familia. Siempre era el primero en volver al lugar donde la porfía humana y animal era una sola a la hora de sobrevivir.
Después de volver de desayunar del bar italiano, el artesano y su hijo no sólo se dieron cuenta de que les habían mangado la furgo, su casa, su trabajo y todos los retazos simbólicos de su vida, sino que también los cabrones se habían llevado al perro. Aquello pasó hace una semana en un barrio de Roma, desde entonces todos los que conocimos al perro errante nos preguntamos dove cazzo stara tarzán?

octubre 04, 2007

Crónicas Inmigrantes : Chicharrones de nostalgia

Cada día pechugas, trutros y alas vuelan por última vez sancochadas a la sartén hirviendo de la cocina senegalesa que se hace un hueco por sobrevivir en la primera planta del bloque de viviendas sociales construido por algún arquitecto español de la urgencia. Y el aroma del menú africano se va colando por las ventanas de los cuartos superiores siempre acompañado de ese chirrear de la fritanga en ebullición, hirviendo, caliente, tanto como el verano andaluz que hace languidecer los cuerpos cada vez más desnudos que deambulan por el asfalto de Granada; la ciudad sureña del encanto asfixiante.
La cocina da hacia un largo y estrecho patio interior que separa a los dos mausoleos habitados en su mayoría por inmigrantes y universitarios en busca de alquileres accesibles a pasos del centro de Granada. Comparten estancia con gente de la tercera edad que cumplen su sueño del piso propio gracias a las viviendas de protección oficial que se levantan con timidez ante el avasallador tranco de las grandes inmobiliarias que especulan con las necesidades y esperanzas de la población española por adquirir una, o tan siquiera, alquilarla. Todo lo que desemboca en aquel patio interior se amplifica al vecindario. Y uno ahí, sin quererlo, se va involucrando en rutinas privadas, diálogos añejos, en amores que coletean desgarrados y soledades tan profundas e invisibles como la del torso moreno friendo sus chicharrones de nostalgia al compás de la música de Youssou N'Dour . Imagino que las rutinas culinarias lo acercan a Dakar, a la familia numerosa que se ha quedado en Senegal derrochando sonrisas y esperanzas ante las calamidades que azotan al continente africano. Ahora sólo hay una mesa pequeña para compartir junto a los amigos de la aventura migrante, esta se hace estrecha, incapaz de contener ese afecto moreno que quisiera desbordarse por completo sobre el sentido común de la desconfianza española, que lo mira con desdén, mientras tira la manta en las callejuelas de la ciudad.
Imposible abstraerse a la cartografía de la soledad. Cómo negarse a la posibilidad de asistir al duelo entre el hombre asiático de la cuarta planta y su máquina lingüística programada para traducir, corregir y castigar cada palabra que sale de sus labios. Triste encuentro entre el hombre y sus circunstancias. Una lucha feroz que se desencadenó durante meses ante la mirada incrédula de algunos vecinos que no podían creer en la tenacidad de aquel asiático frente a su verdugo de última generación. Cada palabra que salía de su boca el verdugo la traducía al español, cuando el hombre vocalizaba con energía, la máquina saltaba para corregirlo, y así pasaban largas horas y rara vez avanzaban más que un par de frases a la semana.
Una noche de invierno se escuchó un grito agudo, de llanto, luego un fuerte golpe en el piso, cuando abrí la ventana del cuarto vi las entrañas de la máquina desperdigadas en el concreto, la única luz era la del cuarto del chino; lo vi en la ventana, las lágrimas o la lluvia le surcaban el rostro mientras contemplaba la escena.
Pero la soledad no es patrimonio de nadie y por eso calles más abajo una robusta anciana española de vestido rojo socializa su llanto al barrio desde su balcón de la tercera planta. Su grito desgarrador de soledad desciende entonces por las calles Mirlo, Paloma, Azor hasta perderse en el sonido de la fuente iluminada. Un beso para la mujer canosa que pide a gritos una caricia arrebatada por la modernidad, una bolsa de frutas y unas palabras de cariño para quién ya casi se despide de esta sobre valorada vida, una visita, una siquiera, de los hijos que ya sólo saben de fútbol, hipotecas, móviles de última generación, cambio de coche y tiempo de rebajas.
En la Europa comunitaria los viejos mueren con la soledad como testigo de fe, si no fuera por el olor a podrido que emana de sus pisos, nadie se enteraría de aquella despedida silenciosa. La muerte lo cambia todo, incentiva a la carroña mecanizada que visita la zona para enterarse del piso a punto de entrar al ruedo inmobiliario, los agentes a vuelo de pájaro tasan la propiedad desde el exterior, esperan que el juez de turno autorice el levantamiento del cadáver para ingresar al inmueble, que de seguro, ha quedado en manos de algún miembro de la familia ausente.
Carcajadas con sabor a hachís, cervezas frías en la nevera, televisión española en estado de coma, parejas follando tras las persianas, juegos de salón árabes en el balcón marroquí, franceses pedo corriendo desnudos por la calle, universitarias taconeando por la escalera agarradas del consolador con melodía, terrazas abarrotadas de cervezas y tapas, perros cagando en la impunidad de la noche desafiando la multa del ayuntamiento. Otro día tranquilo en el barrio Los Pajaritos de Granada.

septiembre 25, 2007

Murió Marian


Hace dos semanas Marian se prendió fuego a lo bonzo frente a la Subdelegación de Gobierno en Castellón. Anteayer murió solo en el hospital la Fe de Valencia. Su mujer y sus dos hijos que habían presenciado el hecho, partieron a Rumania hace unos días gracias al aporte económico de algún particular y ONG. De no haberse quemado Marian, todos seguirían juntos en su peregrinar diario por las instituciones públicas en búsqueda de esos 400 euros tan necesarios para costear los pasajes de retorno al este europeo después de la pesadilla que la familia había vivido en su experiencia emigrante en los campos españoles.
Las imágenes de aquel día mostraban a un hombre de 44 años atenazado por la desesperación de una realidad agobiante que lo reconoce como nuevo ciudadano europeo pero sin derecho a trabajar en España hasta dentro de dos años. Por lo tanto, quedaba excluido de toda repatriación voluntaria a la que pueden acogerse los inmigrantes no comunitarios. Pero Marian no quería esperar, tampoco quedarse en España, el sólo había sido empujado hasta aquí por una promesa de trabajo que multiplicaba sus expectativas económicas. El trabajo en sí no existía y malvivieron de un lugar a otro en el campo español; lo único que pedían era poder volver a Rumania a la humilde casa, que quizás, nunca debieron dejar atrás.
Por estos días miles de inmigrantes se trasladan de un lugar a otro de la península ibérica para coger un jornal que ayude a ir tirando. Los que tienen papeles (autorización para residir y trabajar) cobran unos 42 euros al día, los que no, pueden llegar a cobrar hasta 20 euros y menos dependiendo si hay intermediarios y el patrón cumple la palabra empeñada. La única certeza es que hay que dejar todo en el tajo durante diez horas y luego volver a malvivir en alguna barraca, descampado, los pocos que tienen suerte consiguen una plaza en algún albergue municipal creado para la ocasión. Siempre faltan camas para los magrebí, latinos, europeos del este y subsaharianos que hacen la ruta de la sobrevivencia.
Marian pertenecía al numeroso colectivo de rumanos que van en búsqueda de la vendimia o vienen de la recolección de fresas. Familias extendidas de etnia gitana que instalan campamentos a las afueras de los pueblos para poder vivir y a la semana siguiente son desalojadas por la policía local y la Guardia Civil. Alquilar un piso para este colectivo resulta casi imposible por la documentación y el prejuicio social-mediático que los acompaña. Pero muchos no quieren esa opción y se decantan por el nomadismo familiar y rara vez recurren a los organismos locales de bienestar. Otros, como Marian, sencillamente están metidos en un laberinto desgarrador por un error de cálculo en la ecuación de la vida que pudo haberse resuelto con 400 euros.
Ahora el cuerpo de Marian está en el depósito de cadáveres a la espera de que algún familiar lo reclame para repatriarlo. Es probable que en un gesto humanitario el gobierno español decida correr con los gastos para así aligerar la carga dramática que desató su cuerpo envuelto en llamas a la hora del telediario.