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febrero 17, 2009

Rayitas de invierno



La primera siempre entra como un huracán desbocado; carente de sentido, haciéndose camino al andar. Entonces se anestesia la garganta, la lengua palidece y nuestros labios secos esperan a que alguien se los coma a besos para calmar la eterna sequía de ese algo más que buscamos desde algún día prematuro. Y ahí nos vamos, sin controladores de billetes que pregunten por el destino final del viaje o por la estación de arribo, esta es una búsqueda- huída en donde el billete del viaje continuamente permanece abierto; como los caminos de la vida que brotan a medida que la noche avanza y los trasiegos hacia el baño se multiplican. El tiempo se desborda en un minuto y la peña de amigos se abre paso por el garito a reventar para poder llegar al punto donde consumar otro ritual enderezado de afectos, palabras y polvo blanco que ahora cae en forma de nieve tras el cristal de la habitación, esta noche de invierno andaluz. De la calidad de la substancia siempre dependerá el ritmo de la fuga corporativa. Entonces el baño se multiplica de cuerpos mixtos, en donde creemos ponemos al día de la vida después de meses sin vernos mientras alguien se dedica a la labor de ir señalizando la vía de evacuación con una tarjeta y el clásico rulo que siempre termina perdiéndose en el trajín de la noche.
Recuerdo que tenía 17 años, una mochila demasiado cargada y el corazón fracturado por el primer largo amor que te abandonaba en alguna vía de servicio de la carretera de la vida. Luego vendrían otros, pero ninguno dolería como aquel, sobre todo, por ese primer encuentro frío y dramático con el palidecer del desamor. Crucé la frontera de Chile a Bolivia con una autorización notarial por ser menor de edad, escaso de dinero y convencido de que esta vez abandonaría el destartalado tren en Uyuni y torcería desde el altiplano hacia el oriente boliviano. Aquello fue descubrir el placer de viajar solo y no dejar de hacerlo, de improvisar siempre en el camino, y de aprender a reconocer a los compañeros de ruta que surgen y probablemente no verás nunca más. Mi primer viaje iniciático por la Bolivia profunda fuera de las comodidades de las casas y el status de los familiares que se asentaban en La Paz y que visitaba de vez en cuando. Aquel fue el primer palpito consciente de que los marginados y excluidos de rostros indígenas darían la vuelta algún día a la tortilla política en la que ellos siempre serían el relleno. Drogas alucinógenas y tratadas químicamente también aparecerían en el viaje, abriendo otro abanico de posibilidades para la interpretación de una realidad que era tanto o más dolorosa que el primer espasmo en la barriga tras sorber la dosis del cactus san pedro que un par de chicas argentinas venían preparando con dedicación desde Potosí.
La primera rayita de cocaína que me metí en la vida fue en Santa Cruz de la Sierra, era el año 93 y aquello era una ciudad en ebullición económica en donde por sus calles no había más espacio para tanto todo terreno de cuatro puertas que inundaban los primeros anillos de la ciudad en donde residía la beatifule people. Del cuarto anillo hacía afuera la pobreza urbana y las villas miserias de la masa indígena que había migrado del campo a la ciudad, para no morir de hambre, salían a trabajar a la ciudad y luego volvían a su espacio territorial en que los tenía confinados la clase política boliviana que por esos mismos días no paraba de firmar leyes de capitalización que profundizaban las desigualdades. Llegaría un momento en donde ya no quedaba nada más tangible que vender, si acaso, una ilusión neoliberal que esta vez no alcanzó a privatizar los sueños de un pueblo que tímidamente comenzaba a despertar.
Los clásicos carretes de fotografía reemplazaban por entonces a las bolsitas de plástico en las noches cruceñas. No se vendía a granel sino que por carrete pero no eran más de 20 dólares y nosotros muchos así que el saldo siempre resultó positivo. Cocaína de alta pureza y bien cortada en donde la amargura entrando por la garganta era un placer sensorial que pocas veces más he vuelto a sentir; el colocón era fuerte y sostenido con la segunda raya trazada con mesura. Nada de ansiedad desbocada a por otra línea tras veinte minutos de ingesta, era coca recién elaborada en los grandes laboratorios que estaban en el Chapare donde se libraba un largo conflicto de baja intensidad (CBI) contra los campesinos que cultivaban la hoja de coca, mientras en Santa Cruz se cerraban los grandes acuerdos de exportación de cocaína boliviana al mercado mundial. No era casual la abundancia de dólares frescos en la ciudad ni esa opulencia estéticamente narco latina que se veía y respiraba en ciertos lugares de la ciudad, por entonces nadie hablaba de autonomía y si mucho de las playas y centros comerciales de Miami.
Hoy las rayitas recortadas de cocaína están de moda en Europa pero por sobre todo en España que tiene el consumo más alto de la Unión Europea. Llegó para quedarse tímidamente a principios de la década de los ochenta, en los inicios de la transición española. Después de tanta dictadura militar, moral y católica muchos se entregaron a la labor de colocarle un poco de libertad personal a tanto cambio político que se venía dando. La estela destructiva del consumo sostenido de heroína arrasó multitud de barrios y condenó a muchos a la exclusión social del silencio, otros coqueteaban con la cocaína de forma esporádica, pero la mayoría se decantó por el cannabis y el hachís. La cocaína se masificó a finales de los noventa y desde entonces su precio se mueve entre los 50 o 60 euros el gramo, de la calidad del primer corte ya no queda mucho y abunda la que los narcos de medio pelo amplifican con anfetaminas y su familia parental. Cada vez más chavales consumen con desenfreno entrando en un espiral destructivo que siempre tendrá la misma fachada lúgubre a uno y otro lado del charco. Viejos recuerdos en un nuevo escenario de amigos que se van diluyendo, ya no en un ritual, sino que un monólogo insostenible en que esta controla todos los espacios de la vida.
La estela del consumo de cocaína con carácter sostenido y a grandes dosis avanza por la pendiente transformando muchos carnavales en procesiones del abismo sin retorno. Otros la siguen administrando con pausa hasta que surge la ocasión de compartirla en una larga conversación entre amigos a media tarde o en una larga noche de marcha fortuita. En tiempos de profunda crisis económica dicen que la gente comenzará a drogarse más para evadir la realidad precaria que se presenta en el horizonte mediato. Que saldrán en masa algún día cercano rumbo al polígono de la zona norte y sus barrios donde se concentra el trapicheo con cocaína, para arrebatarles a los gitanos e inmigrantes la mercadería que venden y se jala en todos los rincones de la España diversa. Seguramente más rayitas de cocaína se dejarán caer este invierno- por semanas eternamente gris- pero eso será todo, lo demás es exagerar porque si esa máxime fuera cierta, más de la mitad del mundo que nace, vive y muere en eterna crisis económica estaría en un eterno colocón histórico.

mayo 29, 2008

Juventud popular, consumo de drogas e histeria política chilena (I)

Chile y su bipolaridad social

Hogueras de maría
Y quizás fue al comienzo de la transición a la democracia chilena (1990) cuando las plantaciones clandestinas de marihuana comenzaron a arder en la zona central y sur de Chile de manera más intensa y desbocada. Policías, jueces, políticos y periodistas asistían entonces con satisfacción valórica a las hogueras de maría, o a cualquier otro rito político- social que ayudara en la limpieza del cuerpo anémico chileno que iniciaba su frenesí democrático en la medida de lo posible. Todos ellos, llegado el momento, se colocaban en dirección contraria al viento a la espera de que algún barbón del OS-7 (policía antidroga) arrojara la antorcha a las plantas que habían sido arrancadas de raíz y rociadas con gasolina previamente. Y muy cerca de ahí, en lo alto de algún pequeño cerro o escondidos entre los pastizales, se podía ver también a muchachos en bicicleta corriendo tras las direcciones caprichosas que el viento emprendía en esa quema a campo travieso. Cuando aquel chiflón golpeaba sus rostros; inhalaban fuerte y retenían el aire, después de unos minutos de infusión caían rendidos de placer y sus cuerpos se perdían entre el pastizal. Sólo faltaba algún cura - que aterrorizaba cada domingo a los feligreses con su sermón católico contra la marihuana y los marihuaneros- para bendecir aquella escenificación de la política antidrogas que iniciaban los gobiernos de la concertación democrática y la derecha reaccionaria chilena.
Los consumidores de toda una vida; que habían resistido a las críticas desmesuradas de la izquierda revolucionaria en la época de Allende, aquellos mismos volados que mantuvieron el hábito de fumarse algún pito (porro) durante la bota militar y que pretendían seguir haciéndolo con un poco más de libertad, contemplaban aquellas hogueras por la televisión pública con preocupación y dándole una calada al último porro a buen precio que se podía conseguir en las calles del contorno urbano popular. Las nuevas masas adolescentes que comenzaban a despertar en democracia, a explorar hasta que vértices los sueños podían ser reales, no prestaron mayor atención a la guerra declarada contra la marihuana. Muchos confiaban en los productores nacionales y en el ingenio del chileno para disimular los cultivos. Pero al poco tiempo los paquetes de marihuana se hicieron excesivamente caros y pequeños. Ya no era posible comprar un par de buenos canutos preparados por unas monedas o recurrir a los circuitos de siempre en busca de esa confianza clandestina; aquella en que la transacción pasaba a ser un detalle cotidiano del callejeo barrial.
La demanda aumentaba a medida que la oferta se contraía por la ofensiva política - policial. Si bien seguía habiendo yerba, en las poblaciones del Chile post dictadura esta no era capaz de saciar la ansiedad de cientos de miles de muchachos y muchachas que se estrenaban en el reventón callejero de los noventa. Y también estaban los otros; aquellos jóvenes de la generación de los ochenta que no sólo habían puesto la ilusión, sino que el cuerpo en la lucha contra la dictadura, y ahora más que nunca tenían el corazón salpullido de muerte y desesperanza. La policía civil y carabineros que había llevado a cabo con ahínco su misión de reprimir, torturar y asesinar en la dictadura de Pinochet, se volcó con todo su esfuerzo patriótico en democracia a la detención por sospecha, a la criminalización de la juventud popular y a intensificar los controles para desmantelar el trapicheo con marihuana o con cualquier sueño libertario que intentara desbordar el proceso democrático de la histeria chilena que continua hasta hora.
Con los años la política del consenso chileno supo que ya no se necesitaba tanto plomo como antes para disciplinar a esos contornos periféricos que habían dado pelea a la dictadura y ahora sólo eran bolsones urbanos marginales. El libre mercado también soltaría en los sectores populares y en la gran clase media baja que huye de la pobreza, sus granadas de futuro incierto lleno de clasismo socio- económico. Drogas miserables que expropiaban al ser humano de su vida, también podían ser una manera eficiente de adormecer a esa gran masa juvenil marginal que estaba condenada a seguir esperando que el modelo económico de la dictadura por fin se pegara una buena corrida de oportunidades e igualdad en sus rostros demacrados.
El plomo policial se dejó para abatir a jóvenes lautaristas en un microbús cerca del Apumanque, una se guardó para la frente de Marco Ariel Antonioletti, otra para algún delincuente juvenil que levantaba las manos para entregarse y recibía un par de balazos porque algún funcionario creía ver un arma, otra para el universitario y trabajador Daniel Menco asesinado por el Teniente de Carabineros, Norman Fuentes, afuera de la Universidad de Antofagasta, otra para Claudia López y su último baile en la población La Pincoya, otro plomo impune se llevó a Alexis Lemún y Matías Catrileo en su carrera vital por recuperar las tierras mapuche del sur de Chile…
En el barrio alto de la capital y los sectores medios acomodados nunca faltó la yerba porque ahí no compraban al menudeo como en las poblaciones, había otro trato, otro mercado que no sería desabastecido pese al incremento del consumo de cocaína. Los otros y sus cordones de concreto pareado que rebosan de sueños truncados por la realidad serían inundados por drogas de baja calidad y un mercado negro cada vez más violento que reconfiguró las representaciones sociales en el colectivo nacional.

Bipolaridad social
La década de los noventa y su discurso de progreso se transformaron en un eructo de mala educación burguesa para el concreto proletario y sus habitantes juveniles cargados de desencanto a medida que se iban haciendo mayores y el futuro precario adquiría categoría de presente abrumador. Como callampas brotaban en los sectores populares los grandes centros comerciales, los hipermercados y el olor de la fritanga gringa mientras metros más adentro se decidía si pagar el recibo del agua o comprar una bombona de butano porque si no, no se podía llegar a fin de mes. Algunas familias del extrarradio juntaban monedas durante semanas para llevar a los críos a dar una vuelta al mall y saborear un helado, grupos de adolescentes a punto de terminar el colegio público, e ingresar en otra incertidumbre, observaban deslumbrados el último modelo de zapatillas Adidas que costaban un sueldo mínimo y colgaban de una vitrina luminosa al otro lado de la avenida.
Cualquier pobre descontextualizado que se compraba un televisor de pantalla plana a 48 cuotas mensuales dejó de ser pobre para la macroeconomía nacional y el progreso simbólico; los campamentos y sus pobladores que eran relocalizados en los bordes de Santiago en centenares de nichos de cemento aparecían con frecuencia en la televisión policíaca y desaparecían de la estadística oficial de pobreza porque ya tenían un techo así que el problema estaba resuelto. La democracia se acostumbró a llegar a esas fracturas sociales sólo con afiches en las campañas electorales, el resto del año eran retocados con asfalto para dejar atrás el tierral, farolas para iluminar la incipiente delincuencia juvenil y comisarías para reprimir a los hijos de la transición que se transformarían en el enemigo interno no sólo del sistema policial sino que de sus propios vecinos.
Y la frustración no sólo era económica o social, también era política-simbólica porque si bien en aquellos bordes faltaba la educación formal, sobraba la memoria visual y la intuición para saber que nuevamente los -nos- habían jodido. Lo que en un momento había extasiado los corazones pendejos, con los años se transformó en un plomo enquistado en la espalda. La llamada patria pesaba- y pesa tanto o igual- que los cabrones civiles y militares que ha parido por doquier.
Las inauguraciones de grandes centros comerciales y tiendas transnacionales de consumo se hicieron frecuentes en toda la periferia santiaguina pero por sobre todo en comunas como La florida, Maipú y Puente Alto que representa el sueño chileno de ser clase media emergente. Los descampados y sus campos de fútbol se transformaron en grandes extensiones de concreto con un césped de verde intenso desde donde emanaban palmeras tropicales y tarjetas de crédito para equilibrar los precarios presupuestos familiares.
El mall o centro comercial es en Chile la plaza pública por excelencia; el punto de integración de la extensa y desigual familia chilena eternamente atrapada en el neoliberalismo radical chileno aplicado por Pinochet desde finales de los setenta. Los barrios populares se volvieron inseguros en los noventa por hechos reales y ascendentes de delincuencia juvenil, y sobre todo, por el interés de los grandes medios de comunicación, la clase política y las fundaciones política económicas, todos ellos y muchos más que siempre se mueven en la sombra transformaron el tema de la seguridad ciudadana en el enemigo interno, desplazando temas trascendentales en el devenir chileno como son la redistribución de la riqueza que día a día aumenta, haciendo de las cifras macroeconómicas un espejismo que no se ciñe a la realidad del grueso de la población.



juventud popular, consumo de drogas e histeria política chilena (II)

Aluvión blanco ocre
La década de los noventa estuvo marcada por la escasez de yerba verde en las poblaciones y la introducción de pasta base de cocaína a bajísimos precios en cada esquina popular que modificaron no sólo el consumo, sino que las relaciones sociales en los pliegues de la pobreza urbana. Los señores de la prudencia democrática que construían el Chile de la simulación a través de discursos y retazos simbólicos no prestaron mayor atención al aluvión blanco ocre que ya para 1991 estaba instalado en los circuitos periféricos juveniles de Arica, Iquique, Antofagasta y Calama. Ya en 1986 varios centros de salud nortinos habían dado la voz de alarma sobre los efectos que estaba produciendo entre la población juvenil el alto consumo de pasta base de cocaína llegada desde la cercana frontera con Perú y Bolivia.
Mientras para Santiago la pasta sólo era un rumor callejero que en algunos espacios se comenzaba a probar, en el norte, los efectos del consumo extendido de la pasta base ya habían delineado su estética destructiva no sólo en las capas populares ancladas a la cesantía, sino que también en los universitarios foráneos que iban en búsqueda de la movilidad social y terminaban por dejarlo todo después de quedar enganchados a la pasta en los carretes nortinos.
La pasta base de cocaína irrumpió con fuerza en las poblaciones del Santiago urbano el 92, 93, 94, 95; miles de papeles de aluminio con pasta se encendieron en la movida popular santiaguina de la periferia que salía de marcha en su pequeña cartografía; de plazas, esquinas, portales de bloc, pasarelas, canchas, alguna casa o sede social. Se fue haciendo común de que uno pasara semanas enteras sin conseguir pitos, los que antes vendían yerba ahora sólo trabajaban con pasta base y cocaína, y los que tenían yerba para mover, subieron los precios haciéndolos inalcanzables para la juventud popular que era tan diversa como la necesidad de buscar algún paliativo que mitigara la realidad tan mediocre que ofrecía el Chile democrático de Aylwin y Freí, después, vendría Lagos y ahora Bachelet.
En los primeros años de masificación se fumaba exclusivamente con tabaco, tabacazos que después fueron dando paso a los pipazos para aumentar su efecto. Pipas artesanales con tubos de pvc que se llenan con cenizas de cigarro y donde se vierte la pasta para luego fumarla. En menos de diez segundos uno se eleva, al minuto está plácidamente estabilizado pero antes de veinte minutos se desciende con angustia y sin siquiera un paracaídas sensorial a la realidad desde donde se ha emprendido la huida. Es tan corto el efecto que de nuevo hay que abrir la papelina para preparar otro pipazo. Hay que volver al baño, al patio o al descampado solitario para consumirla sin que nadie te pida. Imposible saber el momento exacto en que el aluvión blanco ocre llegó para quedarse y llevarse a tantos retoños de la miseria, a tantos cuerpos llenos de sueños que se fueron, que se van, que se irán diluyendo en el patio trasero del exitismo macro- económico chileno.
La pasta base de cocaína se tragó los últimos años de la paty que ya había perdido hasta la ilusión de viajar al litoral central para conocer el mar. Así, sin sentir la brisa salada en la comisura de sus labios adolescentes que estaban partidos tras tanto pipazo, se fue para siempre una noche de verano con su cuerpo menudo. El Javier la noche de año nuevo tuvo un último mal viaje; la angustia lo acorraló en su cuarto del block D, sintió que iban a por él un carnaval de siluetas marchitas, se escabullo como pudo de aquel refugio hasta descender a los tejados vecinos. Corría por los techos de la población desesperado mientras se iban encendiendo las luces del pequeño pasaje, algún vecino de gatillo fácil lo abatió a metros de alcanzar la calle, ahora está en la plaza con la mirada perdida y sobre una silla de ruedas.
Miles de chicos y chicas, cientos de piños (grupos) de adolescentes en busca de diversión, dedicaron alguna noche a la embriaguez pastera pero para muchos eso fue todo. Otros continuaron en escalada ascendente, al poco tiempo tuvieron que salir a la calle a revender pasta base, a ganarse unos pesos para sustentar su consumo personal, a otros, no les quedó más remedio que salir a la calle derechamente a robar. Y la moda de la pasta compuesta de metanol, queroseno, saborizantes, sulfato de cocaína, ácido sulfúrico, bases alcalinas y otros alcaloides se desbordó de la estampa clásica de los pliegues sociales más vulnerables, para estar presente en todo ese gran abanico social heterogéneo que se considera clase media chilena, para, por último, terminar estabilizándose en el 3% de los sectores más pobres que hoy están tapiados de pasta y escombros del capitalismo periférico
Sus rostros y las dinámicas de la angustia sólo se utilizan para robustecer el estado policial chileno y su política represiva en el tema de las drogas. La inquisición de los medios de comunicación se fue quedando con el rostro de la delincuencia juvenil intoxicada de hambre de futuro y pasta base después de asaltar algún microbús con violencia desmedida o de matar a otro joven por un miserable cigarrillo. Con rabia y desolación los otros quieren hundir la navaja en otro cuerpo que no siga siendo el suyo, quieren gritarle a los que viven fuera de su pequeño territorio, que aún están vivos pese a tanta exclusión, miseria y sueños rotos, quieren mostrar que aún pueden equilibrarse en esta vida que se hace cada vez más peligrosa a medida que la distribución de la riqueza ensancha la bipolaridad social chilena.
La pasta base en los noventa creció en los sectores más pobres como el crack lo había echo en los barrios negros de estados unidos en los primeros años de la década de los ochenta, después de ser introducida por el Consejo de Seguridad Nacional y la CIA en el mercado callejero para financiar a su contra nicaragüense que luchaba por derrotar a la Revolución Sandinista. Ahora el Paco aniquila los grandes núcleos populares de Buenos Aires y Montevideo en una danza macabra de silencio, hambre y desolación. Desde el año 2000 su consumo se ha hecho fuerte y sostenido en las barriadas populares de la capital argentina, kilómetros más allá del obelisco hay una Ciudad Oculta que rebosa de siluetas juveniles marchitas tras tanto Paco.
En Bolivia el consumo de base se ha tomado manzanas enteras en la ciudad de El Alto. A cuatro mil metros de altura el polvillo blanco se ha hecho popular entre la juventud que ha vivido en la exclusión permanente, siempre aplanando eternas calles de tierra y observando la misma estampa de casas a medio construir que los han visto crecer. Y los barrios limeños al otro lado del Río Rimac o los otros que repiten la dinámica de la angustia a orillas del pacífico, en el Callao.

Prohibicionistas
Después de dieciocho años en Chile los sectores sociales arrasados por el modelo de libre mercado están teñidos de blanco pálido o en su defecto marihuana paraguaya prensada con disolventes químicos. Ahora es el tiempo de las “bolsitas” de cocaína de baja calidad que se pueden conseguir hasta por tres mil pesos (5 euros). En los ambientes juveniles populares y sus generaciones anteriores, cada vez más gente se engancha al mercado de la coca recortada de cocaína porque son otros los impulsos y carencias que hay que mitigar. Otra estampida de polvo blanco se va quedando en los bloques de cemento de los cinturones periféricos en donde el tiempo avanza con la majadería de la hostilidad oficial que aún no quiere entender que la guerra contra las drogas es una quimera, un sueño tan estéril como las campañas de terror contra las drogas o los dictados morales de ex drogadictos que trabajan en el CONACE y son capaces de apoyar la misma política intolerable que también ayudó a destruir sus vidas.
Y la respuesta oficial no es más que coercitiva, jamás un gesto de comprensión o una autocrítica sale de sus labios cuando dan a conocer las estadísticas nacionales de consumo de drogas. Leen cifras y cifras pero no son capaces de dar, siquiera esbozar, una respuesta al flagelo del consumo de la pasta base que se estabilizó en el 3% de la población nacional. Si quisieran ayudar estarían reparando el daño psicosocial causado por su actitud histérica con respecto al tema de las drogas con una política agresiva de reducción del daño para los chicos y chicas de la pasta. Modificar el consumo del eslabón más precario de las drogas hoy debiera ser un valor ético moral para la clase política chilena tan asidua a misa dominguera, y sobre todo, para los ex socialistas que soñaron con abrir las grandes alamedas y ahora reparan su derrota moral con un sencillo tinte progresista.
Y es posible - por qué no- que alguna imagen en el destierro obligado de muchos de ellos por Europa haya condicionado su juicio banal e histérico sobre las drogas. Quizás la estampa de algún joven holandés inyectándose heroína a plena luz del día haya desequilibrado su juicio sobre la tolerancia, o tal vez aquel aroma árabe del hachís que los jóvenes españoles consumían -consumen- en plena calle en la incipiente tolerancia de la transición española de su querido Felipe González tuvieran algo que ver en su mirada mezquina con la marihuana. Los prohibicionistas de la transición chilena siguen aplicando su fórmula de Prevención- Penalización- Rehabilitación y Represión ante el tema de las drogas y su consumo.
A veces un día domingo por la mañana alguna campaña estatal reparte publicidad a grupos de jóvenes que siguen vacilando los destellos de la noche pasada en alguna plaza o feria popular. Y quizás si hubieran llegado diez años antes, primero a escuchar y ver, para luego hablar y proponer, algunos se hubieran salvado; ya es tarde. El folleto propagandístico que intenta prevenir el consumo de drogas tiene como destinatarios a pendejos que ya no están experimentando con drogas miserables sino que subsistiendo dentro de ese mundo paralelo. A veces salen de su confinamiento social para cometer un asalto con violencia, un asesinato angustiado, un cogoteo ramplón, un asalto farmacéutico lleno de violencia gratuita que no tarda mucho en llegar a las televisiones chilenas en horario de máxima audiencia.
Una nueva dosis de miedo y estigmatización van arropando a la familia chilena que invierte en barrotes para las ventanas y vidrio molido para asegurar las panderetas del perímetro exterior. Los otros se inclinan por las alarmas de última generación, guardias de seguridad y video vigilancia. Ex socialistas hoy socialdemócratas, pinochetistas reconvertidos en demócratas, democratacristianos arrastrando la cruz de su doble moral, izquierdistas reaccionarios, empresarios televisivos y de prensa escrita, fundaciones socio-políticas en búsqueda del enemigo interno juvenil, grandes masas de histéricos e hipócritas, todos contribuyen día a día a la creación de nuevas representaciones sociales que amenazan el carnaval del buen rollito chileno lleno de insatisfacción y prozac nocturno.