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noviembre 15, 2012

Imágenes de una huelga.

enero 10, 2012

Paso de cebra ( escenas urbanas)


A estas cebras humanas las encontré una tarde de mayo de 2007 en La Paz. Al otro lado de la calle, en la plaza san Francisco, se celebraba la primera manifestación transexual boliviana y de paso diversos colectivos apoyaban el primer año de gobierno de Evo Morales, yo iba a su encuentro. Pero ahí estaban ellas, una docena repartidas en cuadrillas de dos, armadas con una cuerda, apostadas en la intersección de las calles más conflictivas y dispuestas a cumplir la misión de enseñar gráficamente a respetar las señales de tránsito urbano a los peatones. Sus trajes brillaban más que la señal impresa en el pavimento hace ya muchos años. Cuando el semáforo saltaba a verde, tensaban la cuerda para atraer a todos sus retoños andinos por el buen camino, siempre había alguno que se resistía a la norma y cruzaba por el otro lado de la cuerda, entonces la cebra- o la mujer u hombre que le diera vida- le recriminaba su actitud moviendo los brazos en un gesto de aspaviento que derechamente en su interior peludo redundaba en un ¡vete a la mierda carajo!
Algunos, con la vista cansada tras tanta normalidad, dirán que la fotografía es otra muestra del subdesarrollo latinoamericano y tocarán madera por haber nacido en sociedades de progreso. Otros menos contaminados creerán ver en aquella postal de las cebras urbanas una acción poética de carácter visual que tenía el mérito de no dejar a nadie indiferente. Si algún periodista extranjero condicionado por su patrón hubiera visto a las cebras aquellos días de seguro que hubiera interpretado el gesto como otro de recorte de libertades democráticas que propiciaba el indigenismo de Morales.

Desde entonces muchas cosas han pasado y de seguro que las cebras ya no siguen ahí. Lo que continúa, con sus altos y bajos, es una revolución social en constante tensión pero que consolida ya no un gobierno, sino que la idea rotunda de que el cambio social sólo es posible a través de las masas sociales organizadas que hace ya tiempo inauguraron una nueva Bolivia que ahora recién pareciera interesar al mundo.

noviembre 09, 2011

La maleta mexicana



Hay maletas que jamás llegarán a destino. Otras quizás nunca debieron embalarse o se hicieron con el corazón eclipsado. Algunas aguardan bajo la cama toda una vida el momento de abandonar a algún machista. También existen las maletas que sólo prestan servicio al viajero, y donde, no caben representaciones simbólicas capaces de trastocar el simple hecho de llevar una. Cada maleta es un pedazo de uno, del viaje y sus contextos, de la alegría o pena que en ese momento inunda a quién la lleve. A través de su contenido es posible perfilar al portador, y hasta incluso arriesgarse a intuir, que más de alguno la hizo como no queriendo viajar, y otros, con demasiado esmero para no perder las costumbres que acentúan la (in)seguridad.
Y existen otras que sencillamente se hicieron al calor de la historia. Con el fascismo pisando los talones y sin tiempo para imaginar que aquella maleta que se cerraba en el estudio parisino del fotoperiodista, Robert Capa, allá por 1940 sólo se abriría casi 70 años después en el DF mexicano. Su contenido; más de 126 rollos de película fotográfica de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour (Chim) tomadas entre mayo de 1936 y la primavera de 1939 que pondría fin a la guerra civil española, y el inició a gran escala, de la II guerra mundial.
La llamada maleta mexicana es un artefacto explosivo para la memoria colectiva de un país que muchas veces vuelve la vista hacia otro lado, o desconoce, lo que aquí sucedió. Es la posibilidad de mirar a los ojos de aquellos milicianos que sonríen con un pitillo en los labios y preguntarse en el silencio de la sala; qué habrá sido de vos. ¿Acaso, huido a tiempo?, quizás te quedaste en el frente y la muerte te pilló luchando, o como tantos, fuiste presa de la ola de exterminio con que se inauguraba la dictadura franquista, y tus huesos están por ahí, en una fosa clandestina cartografiada pero que sigue sin ser exhumada por falta de voluntad o cobardía política.
Y también es un viaje hacía la depuración de la técnica de quienes hicieron algo más que apretar el dedo en el obturador para capturar una imagen siempre efímera. Su trabajo en centenares de imágenes, negativos, tiras de contacto, ampliaciones, encuadres, ensayo y error, son también testigos del compromiso político narrativo de estos corresponsales de guerra que se hicieron a sí mismos.
Fuera del palacio Montjuic de Barcelona literalmente sigue lloviendo sobre mojado. Dentro, lo que caen son datos del contexto de aquella fotografía ya mítica de la mujer amamantando a su crío mientras escucha tal vez por primera vez el tema de toda una vida; el reparto de la tierra. En otra, un miliciano y su mirada al horizonte desde una posición quizás indefendible. La fotografía entrañable de los barcos en la bahía de Vizcaya donde se puede percibir el mar jugando con la luz. O la de una mujer mayor que ya en sus ojos se teme lo peor. Aquí están los rostros de aquellos que combatieron en primera línea, de los que trabajaron en la retaguardia del no pasarán y de la mayoría de la población que ya solo resistía a los bombardeos interminables.
Un trozo de la historia española y de la fotografía universal que el destino no ha querido que se pierda, esperemos que nosotros tampoco.

(Desde el 6 de octubre al 23 de enero en la sala 1 del Museo Nacional D` Art de Catalunya)

marzo 02, 2009

Apuntes sobre Afganistán



(para Fran)
La última vez que lo vi fue de madrugada. Él se acercaba a la barra con decisión por otro gin tonic con medio limón exprimido y yo seguramente me tambaleaba al otro extremo del Son. Era otra larga noche que venía arrastrando el diciembre granadino que veía llegar a sus vástagos desde París y el medio oriente caliente. Otra noche más de cariños y rituales para los que se van y vuelven, para los que un día llegamos y nos fuimos quedando, otra noche de todos, en que te perdí de vista y cobertura. Quedaron cafés pendientes, es cierto, pero nunca una despedida, porque la despensa del alma a estas alturas ya está llena de retazos de cariños repartidos por el mundo que están fracturados, y lo que es peor, con tratamiento siempre pendiente.
Hablamos de la guerra, de la reconstrucción efímera bajo bombardeo indiscriminado de los norteamericanos en multitud de pequeños pueblos, del avance de los talibanes y su imposición del burka que aún cubre el cuerpo completo de la mayoría de mujeres de Afganistán. Nos adentramos en aquella mirada profunda de sus gentes en donde la dureza de lo que la retina ha acumulado en las últimas tres décadas se traduce en una mirada limpia que amplifica otro mundo insospechado para nosotros. Muchas discusiones sobre la paradójica misión de reconstrucción en Afganistán amparada por la ONU y la guerra contra el terrorismo que llevan a cabo las tropas norteamericanas, concordamos en la debilidad de la comunidad internacional y del dinero internacional que se pierde en el camino y en las contratas y sub contratas (entre un 40% y 60%) y del nuevo despliegue militar que salé de Irak, no para volver a casa, sino que para ir a la última batalla por controlar un territorio cada día más hostil para los ocupantes y la mayoría de la población civil que ya está demasiado curtida en la violencia de unos y otros.
Te fuiste raudo y en silencio –como siempre- a principios de enero para volver a sentir en la comisura de tus labios la sequedad de un desierto que seguramente te recibió con arenilla fina golpeando el rostro. Como en el desierto de Atacama aquella mañana de unos años atrás, ¿recuerdas?, después de sobrevivir arriba de una cuncuna de metal añeja a más de 3.500 metros de altura, cruzando de Bolivia a Chile, y con demasiados grados bajo cero en el cuerpo aventurero. Hay corazones que están condenados a hacer uso de los puntos de fuga para seguir sobreviviendo ya no en territorio geográfico alguno, sino que en el más violento de todos con el que cargamos de aquí para allá toda una vida. Imposible abstraerse a la coordenada lógica que te sitúa ahora mismo –por opción- en uno de los lugares más peligrosos del mundo en otra búsqueda-huída totalmente válida amigo mío porque así son los caminos de la vida que a veces no te llevan, sino que uno va solito. Por aquí siempre se te extraña, se te añora en silencio con el convencimiento de tu justa labor particular que construye para otros desde la complicidad precaria que hace mucho asimiló un rotundo nosotr@s universal.
En estas fotografías que nos dejaste los tópicos reales sobre Afganistán que versan sobre la violencia, la pobreza amarga y extendida, la muerte, el opio, el Kalashnikov colgando del hombro, los señores de la guerra y los ocupantes de hoy y de ayer, quedan eclipsados ante la mirada de niños, mujeres y hombres que quizás ya han visto demasiado y por eso a veces su mirada es infinita o en otras sólo se presenta como una bella inquietud que va al encuentro del otro.

AFGANOS (crónicas visuales de Afgansitán, fotografías de F.O )
http://www.flickr.com/photos/tisuquiearth/sets/72157614698137174/show/

octubre 06, 2008

Martín Chambi (1891-1973): en Granada con su indiada


El otoño ha llegado a Granada y no sólo trae un frescor necesario sino que también la narrativa fotográfica del peruano Martín Chambi; quién ha desembarcado con su indiada en el Centro Cultural Caja Granada, a pasos de Puerta Real y a un costado del teatro Isabel La Católica. …me siento como un representante de la raza; ella habla en mis fotografías” dijo alguna vez Chambi quien durante la primera mitad del siglo XX desarrolló su trabajo más interesante. Y lo cierto es que las fotografías de retratos, paisajes y la cotidianidad social que cuelgan de las paredes no sólo hablan sino que amplifican la dimensión política-cultural sobre el indígena, tan necesaria en estos tiempos de mirada hegemónica.
Fotógrafo indígena que había nacido en Puno, región del sur peruano que bordea el lago Titicaca y que termina instalándose en Cuzco, el ombligo del imperio Inca allá por 1920, buscador incesante de la mirada limpia del otro indígena que no está mediatizada por la pena ni el proteccionismo cultural. Sus fotografías amplificaron los márgenes del retrato social y desde entonces han viajado por todo el mundo en la valija de la historia. Ante él no sólo pasaron los indígenas cargando la cruz de su condición, sino que el mestizaje colonial y su nomenclatura religiosa, así como también la burguesía local, los terratenientes y sus familias. Además de sus fotografías que capturan el imponente entorno natural que esculpe a los habitantes de Los Andes, por aquellos días, lejos de la actual vorágine turística, viajó como fotógrafo (1928) en la expedición oficial a Machu Picchu. Y se fue como tantos otros en el fatídico septiembre de 1973 en su querida Qosqo en su origen quechua.