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septiembre 14, 2010

LOS VERSOS DE MANIQUEO


letras de Luis Emilio Barahona
(poeta y cronista chileno)

Respeto

El poeta de la revista no nos incluye en sus académicas letras impresas,


el juez nos cierra las puertas en su tribunal,


el Ministro no conoce a mi pueblo y sin embargo lo “desconoce”,


las matemáticas encuestas no nos preguntan nada,


la televisión nos muestra como folclore de fechas ajenas,


nos invitan a danzar solo cuando vienen sus santos vaticanos,


la escuela no comprende nuestros aprendizajes,


el traductor no sabe nuestro idioma.
Éramos los soberanos de estas tierras


y resulta que hoy… nadie nos respeta.









Pala


La pala va mordisqueando mis manos


y con sangre voy regando la tierra,


pero no brotan manos nuevas, solo espinas sin sus rosas.


El barro va pudriendo mis pies


que hasta los zapatos ha devorado


y se van comiendo las uñas, los talones, muñones de piel.


La espalda se me va cayendo a pedazos


luego de luchar con las piedras,


con la carga, con los años.


Mi pala no me quiere


y me va cortando el alma con sus aristas filosas,


la va sacando a fuerza, escarbando


y la va enterrando.




Letras


Ando como metío pa´entro


y con las letras colgando.


Pero mis manos son tan toscas y sucias por el trabajo


que mancho el papel con tierra chilena


y tuerzo el lápiz entre mis dedos


y después no entiendo la idea


entonces rasco mi cabeza mucho,


rasco mi cabeza tanto


que luego en mis uñas veo, entre la mugre


lo extraviado


y cuando estoy borracho


le doy de cabezazos al papel


tanto cabezazo


y entre los manchones rojizos


que van quedando


voy distinguiendo lo extraviado.


Cuando estoy borracho


y no tengo papel para eructar los versos


ando como metío pa´dentro


y con las letras colgando.



El diaulo


Hoy le sueño malito a la noche


mi caballo me comen


mi campo me queman


mi río me toman.


Mi llanto me traga el diaulo


y ya no lluevo sonrisas.


Me canso e´la vida perra


me duelen carajo, pesadillas.


El quejido se frota las manos


hirviendo su cardo acedo en mi pecho.


Hoy le sueño malito a la noche.


Mi pan me roban


mis zapatos me especulan


mi canto lo aturden.


Mi sueño lo traga el diaulo chileno.




Indio


Este indio no tiene la culpa


de tanto dolor que le hinchó los sesos


por eso este indio es cabezón


tampoco por tanta espada incrustada en el cráneo


y por eso este indio es pelo tieso.


Este indio no tiene culpa


por tanto entierro oscuro de sus ancestros


por ello está negruzco por fuera y al rojo vivo por dentro.



Hijito de indio huaso


Lloriquee no más hijito


que se sepa que tiene hambre


que se sienta su quejido


pues qué saco yo con consolarlo ahora


si después va darle frío


y si froto su cuerpito con mis callosas manos


va a empezar a sentir salpullío.


Y del frío al hambre


del hambre al frío.


Qué saco yo con consolarlo ahora


si su estómago no se calla


si su cuero frágil está entumío.


Lloriquee no más hijito mío,


que viene más hambre en sus futuros fríos.




Luis Emilio Barahona



septiembre 26, 2008

Nueva York (oficina y denuncia)


Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

del libro Poeta en Nueva York (1929-1930)Federico García Lorca.