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septiembre 26, 2008

Nueva York (oficina y denuncia)


Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

del libro Poeta en Nueva York (1929-1930)Federico García Lorca.

agosto 28, 2008

Fosas comunes para muchos, tumbas para pocos


Después de treinta minutos subiendo desde el pueblo de Alfacar se llega al barranco de Víznar. Un pequeño parque a maltraer con el nombre del poeta y un monolito señalan el lugar donde estaría enterrado García Lorca. La localización del lugar se la debemos al historiador inglés con alma andaluza, Gerard Brenan, quien indagó y nos dejó un bello libro “Al sur de Granada”. Décadas más tarde otro huracán hispanista volvería a escarbar en la herida española siempre abierta, Ian Gibson, es su nombre y la mejor entrada para escarbar en la dualidad Granada-García Lorca.
Aquella tarde de hace años recorrimos el barranco de los fusilamientos, cruzamos los patios de las nuevas urbanizaciones, nos encontramos con la fuente de Aynadamar olvidada en su tristeza, en mi mente apareció la fotografía de la colonia, un pequeño caserío en donde los sublevados fascistas se hicieron fuertes y que hoy ya no existe. Desde aquel sitio sacaron a pasear con los ojos vendados a García Lorca y muchos más. Sus cuerpos están por estos pasos que pisamos. Acotados a una coordenada precisa pero aquello no basta para sacarlos. Según los catastros por comunidad autonómica se estima que hay más de 30.000 desaparecidos enterrados en fosas comunes identificadas en toda la España democrática que ha cerrado en falso, una parte importante de su historia.
Para uno que viene del Conosur con la mochila y la historia cargada de muertos y desaparecidos no resulta fácil entender todo aquello. Pienso en el mauro, en su abuela y su familia que tanto han esperado por un chivatazo o una casualidad que les entregué aunque sea los restos del eterno desaparecido político chileno. A mi mente acude un carnaval de rostros de hijos latinos que buscan a aquellos que un día desaparecieron para siempre bajo la bota militar y el pacto civil democrático que sencillamente rubricaron la firma del ¡Ahí te quedas!
Suelo subir al cementerio de Granada siempre caminando porque es la mejor forma de repasar la historia pasada/presente de la ciudad. Desde la cuesta Gomérez enfilo recto por el parque de La Alhambra, en los aljibes que están cerca de la puerta de la justicia se hicieron fotos históricas de Lorca y su pandilla literaria-musical con sus trajes y pajaritas. Ahora abundan los rostros globalizados y sus cámaras digítales que hacen un alto en la peregrinación turística para coger un poco de agua fresca. Hay que dejarlos atrás y enfilar siempre por el parque buscando el final del camino, que para la mayoría termina quince minutos más arriba en las boleterías de La Alhambra. Luego del parking y el centenar de buses turísticos, del calor agobiante y los descampados de la colina aparece el cementerio de Granada.
En los primeros días del levantamiento fascista de 1936 decenas de camiones militares subieron por estos mismos caminos cargados de prisioneros que posteriormente eran fusilados en las tapias del recinto. Luego volvían a bajar cargados de muerte rumbo a las fosas clandestinas que se llenarían pronto de eternos desaparecidos. Los nacional-católicos y sus muertos de Granada hoy tienen su lugar dentro de las tapias, en un patio no muy lejos de la entrada bajo un imponente “Aquí yacen los caídos por dios y por la patria”. En sus lapidas no sólo están sus nombres sino que la síntesis ideológica de los sublevados. (…) Murió lleno de fe invocando a nuestra madre santísima La virgen de las angustias. (…) Murió asesinado por los rojos, por sus cristianas creencias y recta conducta.(…) Murió como cristiano y valiente peleador contra los enemigos de dios y la patria……
Al otro lado de la tapia, en el eterno descampado andaluz y sus olivos, está la otra parte de la historia española que ni siquiera los jóvenes españoles conocen con claridad.
La memoria histórica de España ha quedado sepultada bajo el traquetear de una máquina registradora, una movida cultural snob que se recuerda con nostalgia, una multiplicación de rebajas y ladrillos, pero por sobre todo, en la necesidad a estas alturas de la historia de tener un alma pater real que unifique a la España de hoy y de entonces.

agosto 24, 2008

Federico García Lorca: más allá de la poesía


A Federico lo fusilaron en la madrugada del 19 de agosto de 1936 entre los pueblos de Alfacar y Víznar a pocos kilómetros de Granada. Muy cerca de su amada fuente árabe de Aynadamar que el poeta más de una vez retrato con romanticismo fugaz. Aquella noche el cuerpo del poeta se fundió con el de los banderilleros anarquistas, Joaquín Arcollas Cabezas y Francisco Galadí Melgar, y el del maestro republicano, Dióscoro Galindo González. Hasta el día de hoy siguen juntos en la misma fosa común perfectamente identificada pero que muchos intereses no quieren exhumar por miedo a revolver la reciente y olvidada historia española. Así entonces Federico García Lorca y miles de españoles fusilados siguen siendo los desaparecidos que pagaron con su vida su apoyo a la última República que conocería España. Sólo en Granada se fusilarían a más de 2.000 personas en los primeros días de la sublevación nacional-católica que encabezaba el General, Francisco Franco.
Al otro día del asesinato del poeta un rumor certero y melancólico tomo una vez más Granada por asalto. Las callejuelas del barrio del Albayzín eternamente morisco y de alma gitana se estremecieron de tristeza al contemplar que se habían llevado, no el alma, pero si las pisadas de aquel joven envuelto en poesía, acción teatral y compromiso político. Aquel incansable que lo mismo sólo se decidía durante horas a recorrer los laberintos blancos o a sentarse en la mesa de una familia gitana en las cuevas del Sacro monte. Muchas veces emprendía ruta por la cuesta de los chinos para subir a la Alhambra en busca de esa Granada que se había ido después de la toma de la ciudad en 1491 por los Reyes católicos y la expulsión de los moros.
“Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre y acobardada; a una “tierra del chavico” donde se agita actualmente la peor burguesía de España*, diría el poeta dos meses antes de su fusilamiento.
Federico no sólo era poeta, dramaturgo o músico, sino que un español más trabajando/creando sin descanso en Granada, Madrid, Nueva York o La Habana por un mundo mejor. Un poeta comprometido y desbordado por la multitud particular y global que no conocía de mezquindades políticas ni sexuales, un hombre que participaba activamente en la construcción de la segunda república que sería aniquilada durante la cruenta guerra civil. Que se escuche bien fuerte después de tantos años de interés poético-político que sigue poniendo en tela de juicio o enmascarando su asesinato como un desliz de la represión fascista a manos de la falange granadina. A Federico lo mataron por rojo, por maricón, por desclasado social que encontraba su razón de ser al otro lado de la orilla, por venganza política que ejemplificaba el futuro español a través de su desaparición que se ha convertido en eterna.
Lo mataron por todo aquello, pero sobre todo, por el miedo que les producía el canejo Lorca que agarrado a su pluma y al desconsuelo seguro se agrandaría. La historia volvería a repetirse en 1973 con el asesinato del cantautor chileno, Víctor Jara, a manos de los militares que derrocaron a Salvador Allende.