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julio 03, 2013
Primeras impresiones
Un mes y aún es imposible contemplar la cordillera de los andes desde un piso 17 en el centro de Santiago de Chile. No tan lejos, se distinguen algunos flecos del cerro san Cristóbal coronado por la blanca virgen pero es imposible ir más allá porque una gruesa capa de smog obstaculiza la mirada. Los contornos de metal de las decenas de grúas que levantan otra burbuja inmobiliaria al otro lado del charco también se disipan en una urbe que pareciera no tener fin. Abajo, digamos, en el transitar cotidiano, el excesivo parque automotriz que no para de crecer colapsa las avenidas por donde un día –según el último discurso de Salvador Allende a punto de cumplir 40 años- entraría el hombre y mujer nuevo para cambiar el curso de la pesada historia patria.
En las entrañas de la ciudad cientos de miles de trabajadores luchan por coger un vagón sobrecargado del metro, el mismo, que desde años, tiene colgado el cartel de hora punta todo el día. En ese abrir y cerrar de puertas, con empujones, codazos, malas miradas, verborrea oral y escasa solidaridad, se resume el transitar de un país construido en los bordes de la bipolaridad social a través de un neoliberalismo furioso.
Los viandantes con su vestir, que ondula entre el negro y el gris, avanzan raudos por las aceras rumbo a sus centros de trabajo; algunos cogen un café sobrevalorado en el Starbucks más cercano, otros prefieren al aroma clásico del Café Haití, los interminables cafés con piernas que a eso de las nueve de la mañana ya están a rebosar siguen teniendo su público cautivo, sin embargo, la mayoría se conforma con un nescafé aguado al lado del carro de sopaipillas callejero para matar el tiempo mientras se espera por un autobús urbano del Transantiago que intenta comunicar un imposible, a estas alturas de la fractura social chilena.
Mientras tanto, los estudiantes secundarios y universitarios se echan nuevamente a la calle en un carnaval multicolor, con las mochilas cargadas de sueños, y definitivamente, sin miedo en la larga batalla por la recuperación de una educación pública, gratuita y de calidad. Avanzan a paso firme dejando atrás los viejos quioscos de prensa que esbozan cuatro portadas paupérrimas en las que se intenta resumir el acontecer nacional e internacional a través del duopolio periodístico que después de décadas sigue traduciéndose entre El Mercurio y Copesa, o la extrema derecha y una derecha autodenominada liberal sin sustento profesional. Por su parte, la televisión chilena desde hace décadas que subsiste en un estado de coma programático en donde se intoxica a la población desde la mañana temprano con matinales banales, informaciones de crónica roja, excesivo fútbol y siempre largos minutos sobre el último video de youtube. Sus periodistas despachan in situ sobre la violencia callejera pero jamás escarban en la desigualdad endémica de la sociedad chilena porque en el fondo son otro consumidor chileno más que solo cuida su puesto de trabajo. Aquí cada uno cumple su rol y estos están repartidos mayoritariamente desde la cuna desde donde se nace o desde el puesto de trabajo que se coge.
febrero 26, 2012
febrero 01, 2012
El guitarrista
Sucedió hace seis meses en otra batalla de los estudiantes chilenos por recuperar la educación pública que aún continúa. Un cantaor popular con su guitarra al cuello está plantado en la calle entorpeciendo el avance de los carros policiales que aquella mañana, como tantas otras, tienen la misión de reprimir a los adolescentes y jóvenes que hace mucho perdieron el miedo. Y ahí sigue él, dando la espalda a las fuerzas especiales y a su carro lanza aguas que en un primer momento amaga con esperar a que termine el tema para luego enfocar a su objetivo con su chorro preciso que golpea una y otra vez al músico callejero que no se acojona y resiste como puede aquella presión. Pese a las deficiencias técnicas, el cámara fue capaz de registrar el hecho, aquel se convirtió en un gesto poético y de ahí a transgresor contestatario cuando el hombre en el escenario de su cotidianidad se descuelga el instrumento- su compañera cómplice- para destrozarlo con furia sobre el pavimento con cinco o seis golpes mortales. Luego mira la madera esparcida por la calle y se va caminando seguramente con el corazón fracturado pero ya nunca más roto por lo que no se hizo con determinación en el momento preciso.
noviembre 26, 2011
La nueva batalla de Chile

Hace seis meses que el alzamiento estudiantil chileno se transformó en una noticia intermitente en el apartado internacional de la prensa española. Desde entonces y en la mayoría de los casos, no han dejado de aparecer análisis vacíos de contenidos que siempre comienzan con la muletilla lingüística-ideológica sobre el éxito del modelo económico chileno en la región y su ejemplo de transición a la democracia, basado en el caso español. Muchos interpretan la rebelión social como un arrastre globalizador de la corriente de indignación que recorre al planeta; se equivocan. En los telediarios de la TV se priorizan las imágenes de la lucha callejera antes de entrar a desmenuzar las causas que han llevado a un país, anestesiado por décadas, a redefinir su futuro. Los enviados especiales al otrora mito chileno del desarrollo cogen un par de testimonios de manifestantes, otro de algún dirigente estudiantil, van al despacho de algún politólogo criollo, pasan por La Moneda para cubrir la conferencia de algún representante del Gobierno de Piñera llamando al diálogo para mantener la imagen-marca país en el exterior. Luego vuelven a sus hoteles en el barrio oriente de la capital para despachar la crónica y de seguro muy pocos se adentrarán en el otro gran Santiago en donde se puede palpar la bipolaridad social chilena, que es la génesis de todo.
Hay que ir detrás de esos miles de chicos y chicas que se manifiestan en las calles para que los lleven al laberinto de sus vidas, y quizás, así intentar comprender lo que significa haber nacido y vivir en el país estrella del neoliberalismo. La desigualdad social va más allá del coeficiente de Gini que coloca a Chile en el país con mayor desigualdad de ingresos ( 0,50) frente al promedio dela OCDE que es del 0,31%. Las cifras exitosas de la macroeconomía nacional a costa de ensanchar la mala distribución del ingreso no son una pancarta estudiantil más, sino que una constante desde el inicio de la transición a la democracia (1990). Hablamos de dos décadas, de veinte años en donde la clase política (coalición de centro izquierda y neo pinochetistas) sólo han administrado y profundizado el modelo neoliberal inaugurado por Pinochet y la Escuela de Chicago en 1976.
La educación y la salud son una ruleta rusa mediatizada por la capacidad de consumo; jamás un derecho social en donde sea posible acariciar la igualdad de oportunidades. El sistema de pensiones lo administran corporaciones privadas donde especulan con la rentabilidad y tributan una miseria. Transnacionales mineras invierten en Chile para llevarse el oro, el cobre o el litio porque lo mismo en la ecuación final son tantas las regalías, los beneficios netos, que igual es posible pagar la tasa de explotación o evadir algunos cientos de millones de dólares. El estado y su clase política administran las relaciones sociales y comerciales de la sociedad desde una posición de observador ausente porque aún siguen creyendo que los desequilibrios económico-sociales los corregirá el mercado en algún momento.
Por eso a los ciudadanos los llaman consumidores, para que la gente siga creyendo que el esfuerzo personal es lo único que basta para batirse en la vida. Otra quimera neoliberal tercer mundista pero que ha condicionado el devenir de la sociedad chilena que no sólo ha tenido que asumir la derrota política y militar de 1973, sino que vivió 17 años de venganza feroz en donde el plomo y la sangre siempre estuvieron presentes, para terminar aún entrampados en un modelo económico nefasto y con una democracia a medio empezar Hoy en las calles chilenas no sólo se le planta cara al mercado de la educación pública y privada, sino que más importante aún es la posibilidad de una transformación social que va generando un movimiento social organizado, diverso y de nueva sabia, capaz de sumar a capas sociales que hasta hace algún tiempo aún creían en que sólo bastaba con su esfuerzo emprendedor para alcanzar la justicia social. Los estudiantes chilenos han dado un paso gigante en la madurez política de la movilización; no quieren otras pequeñas reformas, ni que se ajusten los presupuestos sólo para conseguir otras miles de becas. Ya hastiados piden lo imposible para muchos, una educación pública, gratuita y de calidad, que deje de ser un bien de consumo que imposibilita la movilidad social en un país diseccionado por las clases sociales. Y si bien es cierto que la fractura social causada por la liberalización económica totalitaria hace mucho que está presente, recién es hoy cuando se comienza a tener una conciencia más profunda en que ya es hora de reescribir la historia.
Mientras tanto, aquí en Europa recién se inicia aquel largo camino en donde las reformas estructurales de la economía amenazan con privatizarlo todo. En la subjetividad neoliberal va implícita la disciplina de la fragmentación social que también busca la privatización de la esperanza. Y esto no es una figura literaria, más bien, un dato histórico que ha quedado escrito en las regiones del mundo por donde ha pasado la ola destructiva del neoliberalismo y sus tecnócratas de turno.
octubre 22, 2010
¡Piedra, papel, tijera!

El Presidente chileno, Sebastián Piñera, ha aterrizado en la vieja Europa que da el mazazo definitivo a lo que iba quedando del otrora estado de bienestar. Viene cargado de piedras y mensajes escritos con grandes letras rojas. El multimillonario empresario derechista (este año su fortuna fue evaluada por la revista Forbes en 2.200 millones de dólares) ha estado en Londres con la Reina y el primer ministro Cameron repartiendo piedras de la felicidad de la familia chilena, según él. Hoy llegará a París en la novena convocatoria de huelga General que ha arrojado a cientos de miles a las calles para luchar contra la precarización de la vida, que se traduce en los recortes sociales y una ley de pensiones que alarga la edad de jubilación. En el Palacio del Elíseo se encontrará con Sarkozy y volverá a contar los detalles escabrosos del rescate de los mineros chilenos que ahora viajarán por el mundo rentabilizando la experiencia mediatizada a nivel global. Es muy probable que el encuentro finalice con el obsequio de otra piedra de la mina San José y su correspondiente mensaje estamos bien en el refugio los 33, escaneado a la escala que amerita la ocasión.
Los neo pinochetistas bajan de las escalinatas del avión derrochando exitismo y emocionándose hasta la saciedad cada vez que suena el himno nacional. Dictan conferencias sobre el milagro económico chileno, hablan de una hipotética unidad nacional, y sobre todo, crean imagen de país, porque si hay algo que define al ser chileno es su obsesión por la imagen del país en el exterior. Y quizás esto es producto de la insularidad geográfica o de una desviación histórica que impide contextualizarse en el mundo. Así quedó demostrado también en el pabellón chileno de la Expo Sevilla de 1992. El entonces primer Gobierno democrático post Pinochet decidió que había que enviar al viejo continente un iceberg como representación simbólica del alma nacional que por aquellos días cristalizaba entre el olvido, el consumismo desmedido, la impunidad negociada y el abandono obsceno de todo proyecto económico o social que pusiera un atajo de cordura al capitalismo salvaje en que Chile se quedó enquistado.
La derecha neo pinochetista habla en voz baja de su padre político, lo canonizan en la acción y no en la propaganda. Siempre rezan por los suyos y sus empresas y si la ocasión lo amerita transforman una tragedia en la mejor campaña comunicacional que por una vez por todas los despercuda de tanta sangre que abonaron con su silencio cómplice. Aquellas piedras del protocolo chileno que hoy se quedan en los despachos oficiales de la derecha europea seguramente se erosionaran de pena. Nunca debieron haber recalado ahí, sino que en la calle, a la mano de un secundario parisino que la arroja por el padre siempre ausente y pobre de la banlieue, aquel que deberá seguir currando cinco años más para pagar las costas del nuevo orden financiero social tras otra crisis sistémica del capitalismo.
junio 09, 2010
Derechas de aquí y de allá (entre especuladores y neo pinochetistas)
Hace semanas que la incipiente primavera española no es más que un compendio de días fríos, con lluvia, nieve y nubarrones cargados de cenizas volcánicas. Un síntoma de los tiempos que se viven, podría decirse. La crisis económica se lleva los últimos chispazos de la cordura social europea que alguna vez creyó en un estado benefactor y hoy dicta decretazos que congelan pensiones, bajan sueldos, recortan inversión social, manteniendo intactos los tentáculos del sistema que cíclicamente entran en conflicto. La reducción de la deuda pública de los países de la zona euro es la excusa perfecta para la última etapa en la contracción de los estados en beneficio del capital. Las tesis del neoliberalismo –las de Milton Friedman, los Chicago Boys hasta los neo con- y los juegos económicos del FMI vuelven a implementarse con una fuerza renovada en la Europa blindada. Hace también ya tiempo que la ultraderecha no hace más que subir en votos y acciones por Bélgica, Holanda, Suiza, Francia, para que hablar de Italia o los países escandinavos ayer receptores de refugiados políticos, y hoy, de las tesis de la defensa identitaria más reaccionaria.
Los especuladores del sistema financiero internacional están en batida sobre la economía española después de masacrar a Grecia. Las agencias de calificación de riesgo filtran rumores que facilitan el pánico bursátil y así se inicia otro gran negocio capitalista en que ganarán los de siempre, el resto sólo será parte de la estadística de los efectos colaterales del sistema.
En la barra del bar un hombre muerde con fuerza su bocadillo de tortilla de patatas en el mismo momento que la periodista del telediario, con rostro desencajado, anuncia como el Ibex español se va a tomar por culo junto a las bolsas de Milán, Londres, Fráncfort, París. El hombre le da un trago a la caña de cerveza y se arrima decidió a la máquina traga perras del bar. El vocablo crisis se escucha con más fuerza que un te quiero por los callejones del llamado primer mundo. La confusión también ha cogido por sorpresa a los poetas que se pasean por las ferias del libro y los encuentros literarios para debatir sobre el impacto que tendrán las nuevas plataformas tecnológicas en el desarrollo de la poesía. Ahí se puede ver a poetas sulfurosos blasfemando sobre los derechos de autor y la masificación de la belleza, fuera del aforo, la vida se va como siempre calle abajo.
Desde el otro lado del Atlántico siguen llegando noticias que son sistemáticamente manipuladas por razones políticas o económicas. Es prioritario apuntalar la hegemonía del asfixiante eurocentrismo que aún sigue creyendo que el capitalismo salvaje, implementado a sangre y fuego, es una exageración latina de corte realista mágico.
También son días de fiesta para la derecha neo franquista española que celebra con cava -no catalán por supuesto- el hundimiento del Gobierno de Zapatero y la resolución del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que expulsó al juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón por investigar los crímenes del franquismo. La memoria histórica, es según la alta justicia, un peligro para la simbólica unidad española fundamentada en la figura del Rey y la monarquía. Más de cien mil rojos asesinados por la dictadura franquista siguen en las fosas comunes identificadas, hay un consenso tácito de las altas esferas para que la palabra desaparecidos los acompañe por siempre. Ahí siguen y seguirán.
En cada latitud geográfica las transfiguraciones de la realidad evidencian los flecos de un mal montaje corpóreo nacional. A veces es imposible saber en qué parte del rodaje ocurrió el error fatal que trastocaría la cadena de producción social de los hechos subjetivos. Solo sé, que mi memoria también se volvió inestable a la hora de asumir, por ejemplo, que los neo pinochetistas se habían multiplicado en los últimos veinte años en los márgenes del exitismo económico chileno. El neo populismo pinochetista penetró en las poblaciones del gran Santiago ofreciendo seguridad ciudadana, mientras la concertación se dedicaba a robustecer el estado policial que criminalizó a la juventud popular; abandonando a grandes masas a la autodestrucción y a reconvertir la pobreza en el enemigo interno de un país que todos los días se levantaba temprano por la mañana con otro titular que hablaba de un nuevo Tratado de Libre Comercio (TLC) u otra súper autopista concesionada para comunicar, lo ya incomunicable.
Y yo me pregunto, mientras tomo un café en la plaza larga del barrio gitano morisco del Albaicín ¿donde coño se extravió la maldita caja de resonancia chilena?, y ya que estamos, y el bullicio del mercadillo sube de tono, pregunto, en voz alta, total nadie entenderá nada, si es que alguna vez en la historia chilena llegó a existir este elemento, entendiendo por él, sólo el valor de la conciencia social cohesionada más allá que por el hambre.
Basta ya de amortizar la tristeza, pareciera gritar el gentío mientras cierro las páginas del diario El País que hoy viene con una entrevista al millonario Piñera que administra los destinos de Chile. Camino a casa reflexionando sobre el caso chileno que pesa tanto o más que la llamada patria y los cabrones civiles o militares que ha parido por doquier. Alguien por ahí me pregunta porque no sonó alguna alarma tras el tsunami. Entonces recuerdo que en Chile desde la dictadura de Pinochet las únicas alarmas que siempre han funcionado son las que chillan en la propiedad privada una noche de asalto furtivo o paranoia social provocada por el tema sociopolítico de la seguridad ciudadana. Seguramente las alarmas sociales contra la desigualdad se extinguieron a ambos lados de la bipolaridad social chilena a medida que los escaparates se fueron llenando de objetos de consumo y los corazones sintonizando la melodía del individualismo radical, pienso, mientras camino por los callejones del único barrio de Granada que resistió por un par de días a la sublevación nacional-católica de julio de 1936. Pero también es cierto que en Chile, las únicas alarmas que no se han silenciado, que yo recuerde, son las que cada cierto tiempo emanan desde la Conferencia Episcopal o de alguna organización Pro vida de los talibanes católicos alertando sobre la crisis moral.
La maquinaria reaccionaria más activa y ejemplificadora del continente latinoamericano está de vuelta para coger lo único que les faltaba de Chile. La verdad es que nunca se fueron, siempre estuvieron ahí, creando universidades privadas, fundaciones socio políticas, que junto con las del progresismo nacional muy temprano en la transición consiguieron convencer a gran parte del país, de que el problema chileno ahora que se estaba en democracia, no era la abismante distribución de la riqueza, ni tampoco la constitución de 1980, que maquillada y todo, sigue siendo la carta póstuma del dictador y sus cómplices civiles que se siguen enriqueciendo.
Pero también es preciso decir que en un país de 16.134.219 personas es preocupante que hayan más de 16 millones y medio de móviles. Para qué tantas vías de comunicación si después nadie tiene tiempo para quedar a tomar algo y desahogar el alma.
En la madrugada del 27 de febrero, cuando el terremoto de 8,8 grados sacudió el centro sur de Chile y el tsunami se gestaba mar adentro, en la Oficina Nacional de Emergencia (ONEMI) de Santiago, nadie sabe a ciencia cierta si el epicentro había sido en el mar o tierra adentro, los protocolos de emergencia no se activaron, pierden la comunicación con la segunda ciudad más importante del país, algún funcionario que ha llegado de emergencia apura un cigarrillo mientras recuerda que no hay teléfonos satelitales porque el presupuesto recorto prioridades y sólo cuentan con un par que funcionan a prepago, el problema es que no hay redes de comunicación, las operadoras se han silenciado. Las comunicaciones a todo nivel de la aldea global chilena se desvanecen en el silencio de las líneas telefónicas y las páginas web. Las blackberries se transforman en chip asiático sin utilidad; la eterna radio a pilas y el paquete de velas guardado desde los apagones subversivos contra la dictadura militar vuelven a escena.
abril 23, 2010
febrero 09, 2009
PÁJARO CHUCAO
Apareció una tarde de invierno. Sus bototos estaban cubiertos de barro seco y una cazadora negra le caía hasta la cintura, dentro, un grueso chaleco artesanal y en la espalda una mochila donde llevaba atada una pequeña hacha de la cual sobresalía el mango. Nosotros estábamos a media reunión, a medio camino entre la política y la literatura, la vida y sus sin sentidos, siempre a medio camino, pero con la certeza exquisita de seguir estando de pie después de la estampida social que había provocado el inicio de la transición a la democracia chilena en 1990. La cita de los sábados a las cuatro de la tarde para preparar los números siempre atrasados de la revista o alguna actividad sacudida por el infortunio, era una finta colectiva al barranco de la década de los noventa que ya casi terminaba.
Nos saludó y buscó sitio en la alfombra del salón, abrió la mochila y sacó una bolsa plástica con premura, tenía una prisa veloz por saber si lo que llevaba en aquella bolsa aún estaba intacto. Había bajado la vista pero seguía hablando sobre el sonido de las aguas del río Bío-Bío al nacer en la alta cordillera Pehuenche del sur de Chile, de los amaneceres con el cantar del pájaro Chucao, de los piñones de las ñañas y del ruido que producían las retroexcavadoras que avanzaban río arriba y pronto llegarían a Ralco Lepoy; el punto neurálgico de la resistencia contra la Central Hidroeléctrica Ralco que levantaba Endesa España. Por fin de la bolsa sacó unos géneros envueltos; eran tres títeres con la cabeza de madera, de un momento a otro comenzó una función que hizo resplandecer la habitación mientras afuera el cielo cubierto de Santiago decidía si llover a discreción o lanzar su furia clásica de invierno.
La primera vez que llegó a Ralco supo que se quedaría. Volvió a Santiago, cogió sus cosas y se fue. Atrás quedaba el largo callejear por el asfalto sur de la capital, la cesantía precoz que se lleva lo mejor de uno, los amigos del barrio que se niegan a desaparecer y los que emergen, los puntos de fuga que se había construido, las pequeñas certezas. Para los Pehuenches del alto Bío-Bío era otro voluntario más en la lucha por conservar sus tierras y el entorno de sus parajes naturales, se las arregló para sobrevivir durante meses a la intemperie o en algún fogón de los peñis y ñañas de las comunidades, trabajaba la tierra, adquirió responsabilidades y por sobre todo, lo más importante, aprendió a escuchar, a medir los tiempos, dejó que su cuerpo y mente fueran esculpidos nuevamente por la vida, pero esta vez dejó atrás las bofetadas de los callejones de la ciudad y se entregó al sonido del viento y las aguas, a las manos de los hombres y mujeres de la tierra y a sus sueños que estaban colmados de hombres de un solo corazón.
El conflicto de Ralco llevaba ya casi una década pero su resonancia en la opinión pública de la capital era baja, la respuesta colectiva estaba acotada a los múltiples grupos de izquierda o de carácter anarquista, a ONG, ecologistas, marginales activos, desencantados haciendo algo e indígenas urbanos que desfilaban por las calles de la capital con orgullo, mientras danzaban con los pies descalzos, y la trutruca se quejaba no ya de dolor y esperanza, sino que de alegría y autodeterminación. Las cárceles del sur de Chile se fueron llenando de presos políticos mapuches acusados de terrorismo tras una y otra vez intentar recuperar sus tierras ancestrales que les había arrebatado el estado y ahora estaban en manos de las grandes empresas forestales. La policía se acostumbró a allanar las comunidades en la madrugada; golpeando a mujeres y niños se deslizaban por los rincones de las pequeñas casas mientras insultaban a las familias pehuenches, mapuches y pobres, porque en el racismo nacional hasta el más miserable es capaz de poner a los mapuches y los inmigrantes bolivianos, peruanos y ecuatorianos como el peldaño más bajo de la escala social por sentido común.
En los cuarteles de la Policía de Investigaciones y Carabineros se volvió a torturar con soltura luego del consenso alcanzado sobre el tema indígena por el gobierno, la clase política, el empresariado pinochetista y sus medios de comunicación. Cientos de efectivos policiales, tanquetas, equipos de investigación policial expertos en subversión, planes sociales de emergencia para atender a la multitud indígena que desde la llegada de Colón ha transitado siempre en el vagón de lejanías, por esa piel, no, por esa carga frustrada del mestizaje chileno que quizás por un pelín pudo ser blanca, blanca y luminosa como las piernas de los gringos que suben al cerro San Cristóbal con sus bermudas beige una tarde de domingo para contemplar desde la altura el gris Santiago.
Los gobiernos de la concertación- de la esperanza democrática que devino en depresión- se limpiaban el culo con la Ley Indígena que protegía las tierras de los Pehuenches de Ralco. En los momentos más álgidos del conflicto los abogados del ministerio del Interior, los de las reparticiones económicas del gobierno y los abogados de Endesa España trabajaban juntos para buscar algún resquicio infame que permitiera seguir construyendo Ralco. Luego desde la sala de prensa de La Moneda algún dinosaurio de la palabra ilusa intentaba explicar al país porque una simple normativa de la Ley Eléctrica podía valer más que la Ley Indígena que tenía un rango superior, o lo que es lo mismo, porque un tubo de pvc con cables o un empalme eléctrico tenía más valor que un puñado de hombres y mujeres que llevaban en esa tierra una eternidad.
Los enfrentamientos con la policía se multiplicaron en las comunidades mapuches y en el Alto Bío-Bío, las carreteras del sur se cortaban intermitentemente, los jóvenes mapuches transformaron los albergues universitarios en puntos de resistencia y creación, ardían camiones forestales, fincas de algún oligarca chileno, se saboteaban actos oficiales y se tomaba alguna intendencia del sur. En uno de esos actos el pájaro Chucao descendió en bolas desde la azotea de la intendencia de la octava región desplegando un gran cartel que decía ¡ni por un puñado de oro, Ralco no se vende!, algunos canales captaron el momento en que descendía por una cuerda leyendo una declaración, tenía la cara pintada de negro y una cartuchera de enormes piñones cruzaban su pecho. Su activismo político era tan amplio como los bordes de hormigón que construían la represa de Ralco, a principios de 2000. Después de pasar por todas las aristas de la militancia, por todos los bordes de buenas intenciones pero aún hoy plagadas de mezquindades, su rostro seguía siendo el de aquel niño pleno, pese a ello, un halo de preocupación comenzaba a nublar aquella sonrisa.
La cordillera del alto Bío- Bío, los Pehuenches, el fogón de doña Berta, el cementerio indígena lleno de colores a un lado del camino, el sonido del agua que baja acariciando los bordes de la roca, su nueva vida llena de tierra, poesía y felicidad estaban a punto de extinguirse. De estallar en mil pedazos a medida que en los tribunales se acorralaba a las últimas siete familias pehuenches para que permutaran de una vez sus tierras.
Una tarde llegó a mi casa con el rostro pálido. Me pidió que revisara un artículo en Internet sobre la quema de unos camiones en Ralco. En aquel centenar de líneas se resumía la investigación de la quema de camiones, mencionaban tres nombres y uno era el suyo, había datos sobre algunas de sus actividades y lugar de origen, datos filtrados por inteligencia de carabineros a la prensa de derecha para construir perfiles del nuevo enemigo interno. Después de unos minutos llegamos a la conclusión de que había que recabar más antecedentes sobre la situación, asesorarse por algún abogado de confianza, agotar los cartuchos y luego él debería tomar una decisión. Las malas noticias se agolpaban; habían detenido a los peñis más cercanos, registraron la ruca que había construido en Ralco, un testigo sin nombre y rostro aseguraba haberlo visto arrancando por los bosques minutos después de ver a dos camiones con maquinaria pesada ardiendo en el camino de Ralco. La policía civil visitaba la casa de sus padres en Santiago para dejar citaciones judiciales que se iban acumulando.
Durante largas semanas no se supo nada de él. No había que buscarlo sino dejar que él te encontrara o enviara señales que iban de chasqui en chasqui hasta dar contigo, en aquella posta de la información siempre se extraviaba algo o se agregaban nuevos episodios al relato original pero aquello era un detalle, una insignificancia al lado de saber que el pájaro Chucao seguía revoloteando en libertad. Imagino aquellas semanas de espera y siempre se me antojan alegres pero con una nostalgia en alza, por alguna razón sé que ha estado en alguna urbe, lo veo sentado cerca de alguna ventana que da al patio, está sereno, se fuma algún porro para bajar la ansiedad mientras contempla por la ventana las hojas de un sauce seco. Entonces vuela a la distancia para abrazar los pliegues del Alto Bío- Bío que sacó lo mejor de sí, revolotea los predios de las ñañas Quintreman por última vez, hacia el fondo la cordillera aparece más alta y tiene los picos nevados mientras kilómetros más abajo las barracas de los obreros a sub contrata que construyen la represa están plagadas de antenas de televisión satelital. Así es Ralco peñi- parece decirle el viento que golpea sus mejillas a media altura mientras sus lágrimas se cristalizan en la soledad del frío invierno.
Hasta que por fin un día llegó la noticia de que había volado lejos para eludir la injusticia del estado de derecho chileno que quería recortar sus alas. Él no estuvo dispuesto a correr el riesgo de un juicio negociado tras bambalinas, no habían pruebas pero aquello es un detalle cuando se juzga a algún mapuche o Pehuenche, y en este caso era peor, el juzgado era un santiaguino devenido en peñi, en fin, un extremista agitador que ponía en peligro a la joven pero ya tan desgastada democracia chilena. Hizo bien al irse, sus movimientos estaban condicionados; no podía moverse con libertad a ninguna función de títeres en las comunidades, ni siquiera ver a toda la gente que quería, o estar en algún acto público. Aquel gesto fue quizás su poema más maduro, la vida sigue, los presos políticos mapuches y los de siempre, todos ellos, no necesitan a los cuerpos rebeldes compartiendo la celda, así que sí se podía volar por un tiempo había que hacerlo, por respeto y consecuencia, porque el valle de la dignidad está lleno de muertos, memoria y sueños aún por realizar.
Nota al pie de página
La represa Ralco de Endesa España se inauguró el año 2004, desde entonces el río Bío-Bío baja más silencioso que nunca y lejos de los oídos de todos los peñis y ñañas que resistieron hasta donde pudieron. Hoy en el sur de Chile recrudece el conflicto de baja intensidad que se cierne sobre las comunidades Mapuche en su lucha por recuperar sus tierras arrebatadas por el estado chileno y sus socios privados. Hoy en Chile existen más de un centenar de presos políticos mapuches acusados por testigos sin rostro que una y otra vez utiliza la fiscalía de la vergüenza que confunde resistencia con terrorismo. Jóvenes comuneros muertos, tortura sistemática, persecución y allanamientos, represión policial con balas de plomo y todo bajo un manto racista que cubre de buena salud a un país de ficción democrática.
Nos saludó y buscó sitio en la alfombra del salón, abrió la mochila y sacó una bolsa plástica con premura, tenía una prisa veloz por saber si lo que llevaba en aquella bolsa aún estaba intacto. Había bajado la vista pero seguía hablando sobre el sonido de las aguas del río Bío-Bío al nacer en la alta cordillera Pehuenche del sur de Chile, de los amaneceres con el cantar del pájaro Chucao, de los piñones de las ñañas y del ruido que producían las retroexcavadoras que avanzaban río arriba y pronto llegarían a Ralco Lepoy; el punto neurálgico de la resistencia contra la Central Hidroeléctrica Ralco que levantaba Endesa España. Por fin de la bolsa sacó unos géneros envueltos; eran tres títeres con la cabeza de madera, de un momento a otro comenzó una función que hizo resplandecer la habitación mientras afuera el cielo cubierto de Santiago decidía si llover a discreción o lanzar su furia clásica de invierno.
La primera vez que llegó a Ralco supo que se quedaría. Volvió a Santiago, cogió sus cosas y se fue. Atrás quedaba el largo callejear por el asfalto sur de la capital, la cesantía precoz que se lleva lo mejor de uno, los amigos del barrio que se niegan a desaparecer y los que emergen, los puntos de fuga que se había construido, las pequeñas certezas. Para los Pehuenches del alto Bío-Bío era otro voluntario más en la lucha por conservar sus tierras y el entorno de sus parajes naturales, se las arregló para sobrevivir durante meses a la intemperie o en algún fogón de los peñis y ñañas de las comunidades, trabajaba la tierra, adquirió responsabilidades y por sobre todo, lo más importante, aprendió a escuchar, a medir los tiempos, dejó que su cuerpo y mente fueran esculpidos nuevamente por la vida, pero esta vez dejó atrás las bofetadas de los callejones de la ciudad y se entregó al sonido del viento y las aguas, a las manos de los hombres y mujeres de la tierra y a sus sueños que estaban colmados de hombres de un solo corazón.
El conflicto de Ralco llevaba ya casi una década pero su resonancia en la opinión pública de la capital era baja, la respuesta colectiva estaba acotada a los múltiples grupos de izquierda o de carácter anarquista, a ONG, ecologistas, marginales activos, desencantados haciendo algo e indígenas urbanos que desfilaban por las calles de la capital con orgullo, mientras danzaban con los pies descalzos, y la trutruca se quejaba no ya de dolor y esperanza, sino que de alegría y autodeterminación. Las cárceles del sur de Chile se fueron llenando de presos políticos mapuches acusados de terrorismo tras una y otra vez intentar recuperar sus tierras ancestrales que les había arrebatado el estado y ahora estaban en manos de las grandes empresas forestales. La policía se acostumbró a allanar las comunidades en la madrugada; golpeando a mujeres y niños se deslizaban por los rincones de las pequeñas casas mientras insultaban a las familias pehuenches, mapuches y pobres, porque en el racismo nacional hasta el más miserable es capaz de poner a los mapuches y los inmigrantes bolivianos, peruanos y ecuatorianos como el peldaño más bajo de la escala social por sentido común.
En los cuarteles de la Policía de Investigaciones y Carabineros se volvió a torturar con soltura luego del consenso alcanzado sobre el tema indígena por el gobierno, la clase política, el empresariado pinochetista y sus medios de comunicación. Cientos de efectivos policiales, tanquetas, equipos de investigación policial expertos en subversión, planes sociales de emergencia para atender a la multitud indígena que desde la llegada de Colón ha transitado siempre en el vagón de lejanías, por esa piel, no, por esa carga frustrada del mestizaje chileno que quizás por un pelín pudo ser blanca, blanca y luminosa como las piernas de los gringos que suben al cerro San Cristóbal con sus bermudas beige una tarde de domingo para contemplar desde la altura el gris Santiago.
Los gobiernos de la concertación- de la esperanza democrática que devino en depresión- se limpiaban el culo con la Ley Indígena que protegía las tierras de los Pehuenches de Ralco. En los momentos más álgidos del conflicto los abogados del ministerio del Interior, los de las reparticiones económicas del gobierno y los abogados de Endesa España trabajaban juntos para buscar algún resquicio infame que permitiera seguir construyendo Ralco. Luego desde la sala de prensa de La Moneda algún dinosaurio de la palabra ilusa intentaba explicar al país porque una simple normativa de la Ley Eléctrica podía valer más que la Ley Indígena que tenía un rango superior, o lo que es lo mismo, porque un tubo de pvc con cables o un empalme eléctrico tenía más valor que un puñado de hombres y mujeres que llevaban en esa tierra una eternidad.
Los enfrentamientos con la policía se multiplicaron en las comunidades mapuches y en el Alto Bío-Bío, las carreteras del sur se cortaban intermitentemente, los jóvenes mapuches transformaron los albergues universitarios en puntos de resistencia y creación, ardían camiones forestales, fincas de algún oligarca chileno, se saboteaban actos oficiales y se tomaba alguna intendencia del sur. En uno de esos actos el pájaro Chucao descendió en bolas desde la azotea de la intendencia de la octava región desplegando un gran cartel que decía ¡ni por un puñado de oro, Ralco no se vende!, algunos canales captaron el momento en que descendía por una cuerda leyendo una declaración, tenía la cara pintada de negro y una cartuchera de enormes piñones cruzaban su pecho. Su activismo político era tan amplio como los bordes de hormigón que construían la represa de Ralco, a principios de 2000. Después de pasar por todas las aristas de la militancia, por todos los bordes de buenas intenciones pero aún hoy plagadas de mezquindades, su rostro seguía siendo el de aquel niño pleno, pese a ello, un halo de preocupación comenzaba a nublar aquella sonrisa.
La cordillera del alto Bío- Bío, los Pehuenches, el fogón de doña Berta, el cementerio indígena lleno de colores a un lado del camino, el sonido del agua que baja acariciando los bordes de la roca, su nueva vida llena de tierra, poesía y felicidad estaban a punto de extinguirse. De estallar en mil pedazos a medida que en los tribunales se acorralaba a las últimas siete familias pehuenches para que permutaran de una vez sus tierras.
Una tarde llegó a mi casa con el rostro pálido. Me pidió que revisara un artículo en Internet sobre la quema de unos camiones en Ralco. En aquel centenar de líneas se resumía la investigación de la quema de camiones, mencionaban tres nombres y uno era el suyo, había datos sobre algunas de sus actividades y lugar de origen, datos filtrados por inteligencia de carabineros a la prensa de derecha para construir perfiles del nuevo enemigo interno. Después de unos minutos llegamos a la conclusión de que había que recabar más antecedentes sobre la situación, asesorarse por algún abogado de confianza, agotar los cartuchos y luego él debería tomar una decisión. Las malas noticias se agolpaban; habían detenido a los peñis más cercanos, registraron la ruca que había construido en Ralco, un testigo sin nombre y rostro aseguraba haberlo visto arrancando por los bosques minutos después de ver a dos camiones con maquinaria pesada ardiendo en el camino de Ralco. La policía civil visitaba la casa de sus padres en Santiago para dejar citaciones judiciales que se iban acumulando.
Durante largas semanas no se supo nada de él. No había que buscarlo sino dejar que él te encontrara o enviara señales que iban de chasqui en chasqui hasta dar contigo, en aquella posta de la información siempre se extraviaba algo o se agregaban nuevos episodios al relato original pero aquello era un detalle, una insignificancia al lado de saber que el pájaro Chucao seguía revoloteando en libertad. Imagino aquellas semanas de espera y siempre se me antojan alegres pero con una nostalgia en alza, por alguna razón sé que ha estado en alguna urbe, lo veo sentado cerca de alguna ventana que da al patio, está sereno, se fuma algún porro para bajar la ansiedad mientras contempla por la ventana las hojas de un sauce seco. Entonces vuela a la distancia para abrazar los pliegues del Alto Bío- Bío que sacó lo mejor de sí, revolotea los predios de las ñañas Quintreman por última vez, hacia el fondo la cordillera aparece más alta y tiene los picos nevados mientras kilómetros más abajo las barracas de los obreros a sub contrata que construyen la represa están plagadas de antenas de televisión satelital. Así es Ralco peñi- parece decirle el viento que golpea sus mejillas a media altura mientras sus lágrimas se cristalizan en la soledad del frío invierno.
Hasta que por fin un día llegó la noticia de que había volado lejos para eludir la injusticia del estado de derecho chileno que quería recortar sus alas. Él no estuvo dispuesto a correr el riesgo de un juicio negociado tras bambalinas, no habían pruebas pero aquello es un detalle cuando se juzga a algún mapuche o Pehuenche, y en este caso era peor, el juzgado era un santiaguino devenido en peñi, en fin, un extremista agitador que ponía en peligro a la joven pero ya tan desgastada democracia chilena. Hizo bien al irse, sus movimientos estaban condicionados; no podía moverse con libertad a ninguna función de títeres en las comunidades, ni siquiera ver a toda la gente que quería, o estar en algún acto público. Aquel gesto fue quizás su poema más maduro, la vida sigue, los presos políticos mapuches y los de siempre, todos ellos, no necesitan a los cuerpos rebeldes compartiendo la celda, así que sí se podía volar por un tiempo había que hacerlo, por respeto y consecuencia, porque el valle de la dignidad está lleno de muertos, memoria y sueños aún por realizar.
Nota al pie de página
La represa Ralco de Endesa España se inauguró el año 2004, desde entonces el río Bío-Bío baja más silencioso que nunca y lejos de los oídos de todos los peñis y ñañas que resistieron hasta donde pudieron. Hoy en el sur de Chile recrudece el conflicto de baja intensidad que se cierne sobre las comunidades Mapuche en su lucha por recuperar sus tierras arrebatadas por el estado chileno y sus socios privados. Hoy en Chile existen más de un centenar de presos políticos mapuches acusados por testigos sin rostro que una y otra vez utiliza la fiscalía de la vergüenza que confunde resistencia con terrorismo. Jóvenes comuneros muertos, tortura sistemática, persecución y allanamientos, represión policial con balas de plomo y todo bajo un manto racista que cubre de buena salud a un país de ficción democrática.
septiembre 11, 2008
El último discurso de Salvador Allende
A continuación el último discurso de Salvador Allende desde el palacio de La Moneda que es bombardeado por los militares golpistas. Ocho minutos en donde las palabras y el orador se revuelcan en un cambio de la historia en donde no hay tiempos para escribir un discurso político porque la urgencia del tiempo así lo requiere.
Santiago, Chile : 11 de septiembre de 1973
Por la mañana temprano:
Mientras los militares sublevados copan la ciudad de Valparaíso, mi madre boliviana y su esposo chileno, asisten a las primeras contracciones de la nueva vida que se anuncia entre tanta muerte, muy cerca de Tomás Moro, lugar donde esta ubicada la residencia de Salvador Allende y su familia. Se viene el golpe militar auspiciado por la CIA, las transnacionales y la derecha fascista con una contundencia que muy pocos por entonces siquiera imaginan; el país despierta con un ojo en tinta antes de que una bala miserable agujeree los cuerpos día tras día. A esa hora mi madre que como buena boliviana ha asistido a decenas de sublevaciones militares – de estilo quito y pongo- en su país, aguanta con estoicismo el paso de las horas, esperando en vano a que todo se tranquilice en la historia republicana chilena. Ya desde temprano Allende se ha dirigido a su lugar de trabajo; el Palacio de La Moneda, los universitarios en sus facultades públicas corren de la asamblea a la radio; los obreros en sus fábricas y centros de producción esperarán por horas y horas las armas que nunca llegarían y que tanto discurso incendiario había prometido para defender las conquistas sociales del proyecto socialista que había llegado al gobierno por la vía democrática por primera vez en el mundo.
Medio día y tarde:
Una mujer de 23 continúa revolcándose en el silencio de su historia, afuera los militares ya están en las calles y disparan al que se mueve. Mi viejo ha intentado pedir ayuda, después de muchos amagos de banderas blancas y ráfagas milicas mi viejo por fin sale con mi madre desde el cité para ser trasladados a algún hospital. Interrogatorios y fusiles por debajo del vestido para comprobar que aquella enorme barriga a punto de desvanecerse es pura realidad. Ya para entonces los bombardeos aéreos a las radios públicas, a la casa de Allende de Tomás Moro, avecinaban lo que pasaría en el palacio de La Moneda. Si algo estaba claro entonces era que Salvador Allende no renunciaría, ni se asilaría. Se lo ve con su casco de combate y empuñando el fusil, se lo ve triste pero tranquilo, como aquel que se encamina al último callejón de la historia sabiendo que hasta aquí no más se llegó. Aquella tarde noche nació mi hermana en un hospital público, por las noches las ráfagas de un fusil militar agujerearon puertas y ventanas en un anuncio silencioso de la larga mano de la dictadura de Pinochet.
Mientras los militares sublevados copan la ciudad de Valparaíso, mi madre boliviana y su esposo chileno, asisten a las primeras contracciones de la nueva vida que se anuncia entre tanta muerte, muy cerca de Tomás Moro, lugar donde esta ubicada la residencia de Salvador Allende y su familia. Se viene el golpe militar auspiciado por la CIA, las transnacionales y la derecha fascista con una contundencia que muy pocos por entonces siquiera imaginan; el país despierta con un ojo en tinta antes de que una bala miserable agujeree los cuerpos día tras día. A esa hora mi madre que como buena boliviana ha asistido a decenas de sublevaciones militares – de estilo quito y pongo- en su país, aguanta con estoicismo el paso de las horas, esperando en vano a que todo se tranquilice en la historia republicana chilena. Ya desde temprano Allende se ha dirigido a su lugar de trabajo; el Palacio de La Moneda, los universitarios en sus facultades públicas corren de la asamblea a la radio; los obreros en sus fábricas y centros de producción esperarán por horas y horas las armas que nunca llegarían y que tanto discurso incendiario había prometido para defender las conquistas sociales del proyecto socialista que había llegado al gobierno por la vía democrática por primera vez en el mundo.
Medio día y tarde:
Una mujer de 23 continúa revolcándose en el silencio de su historia, afuera los militares ya están en las calles y disparan al que se mueve. Mi viejo ha intentado pedir ayuda, después de muchos amagos de banderas blancas y ráfagas milicas mi viejo por fin sale con mi madre desde el cité para ser trasladados a algún hospital. Interrogatorios y fusiles por debajo del vestido para comprobar que aquella enorme barriga a punto de desvanecerse es pura realidad. Ya para entonces los bombardeos aéreos a las radios públicas, a la casa de Allende de Tomás Moro, avecinaban lo que pasaría en el palacio de La Moneda. Si algo estaba claro entonces era que Salvador Allende no renunciaría, ni se asilaría. Se lo ve con su casco de combate y empuñando el fusil, se lo ve triste pero tranquilo, como aquel que se encamina al último callejón de la historia sabiendo que hasta aquí no más se llegó. Aquella tarde noche nació mi hermana en un hospital público, por las noches las ráfagas de un fusil militar agujerearon puertas y ventanas en un anuncio silencioso de la larga mano de la dictadura de Pinochet.
septiembre 06, 2008
CLUB PAPILLON
(Santiago de Chile, domingo 7 de septiembre de 1986, atentado a Pinochet)
Primera parte

Nuestros padres de la infancia ochentona se han vuelto a levantar temprano para comprar El Mercurio y sus ofertas laborales. Llegan a casa con el diario bajo el brazo, pan, algo de mortadela para el desayuno y envueltos en una notoria ansiedad que no parará hasta la noche, hasta el momento en que se sienten en el comedor con un bolígrafo en la mano para marcar las escasas ofertas laborales que se presentan en el horizonte mediato. Los que han logrado romper el cerco de la cesantía crónica sufren los estragos del boom económico a través de la UF y los sueldos de hambre que sólo sirven para mitigar la vida y las deudas con el banco que no deja de remitir avisos de cobranza, embargo y remate del sueño efímero de la casa propia.
Sólo los volantines surcando los cielos populares han iluminado este domingo de septiembre que para media tarde aún es comúnmente normal. Almuerzos familiares a la chilena; carnaval de alegrías y derrotas en el brindis del tinto en los pequeños patios interiores, algunas risas y bostezos de cansancio ante la pesadilla eterna de la dictadura militar. Afuera, los críos nacidos bajo la bota milica, correteamos coligüe en mano en la búsqueda de algún papalote a la deriva o improvisamos una pichanga a media calle. De vez en cuando se interrumpen los juegos para ir en ayuda de los borrachos de toda una infancia que salen del semi clandestino los cufifos y caen abatidos a media calle producto de una borrachera de alcohol y tristeza.
Es el domingo 7 de septiembre de 1986. En algunas casas del pasaje ya han instalado la bandera chilena en los mástiles pintados de blanco que luego han encajado en una esquina del techo. La calle, la vida y la infancia están llenas de símbolos que uno va almacenando en la aún pequeña despensa de la memoria. Gestos como el de la bandera saludando a la patria milica y no ultrajada por estos, o el de tres monedas de 100 pesos que uno ha visto en la mesita de centro para que la madre invente un almuerzo familiar. O la imagen de los pacos arriba de las tanquetas dirigiendo la represión desde su púlpito; algún gol de Caszely, los primeros besos, la cortina musical de la radio Cooperativa anunciando quizás otra tragedia. Los pinochetistas del barrio y los que están en vías de serlo no devuelven la pelota, y si lo hacen, entierran un cuchillo en el balón antes de lanzarlo hacía afuera. Aquella es su manera de saldar cuentas con la chiquillada popular, con los apagones, con el insomnio que les provocan las ráfagas de su adorada disciplina que a veces sólo amainan al amanecer.
Otros se han endeudado hasta el culo con la financiera Atlas para poder comprarse un coche con el cual ir a la iglesia, al supermercado y así poder llevar a la familia a visitar a la parentela que vive al otro lado de la ciudad. Y no importa que el coche con los asientos aún envueltos en plástico se utilice sólo el fin de semana porque no alcanza el dinero para la bencina, aquellos hombres de mediana edad son felices al contemplar el fetiche comercial cada vez que vuelven del trabajo y lo ven ahí tan brillantemente estacionado en el ante jardín de su casa pareada con sus rojos ladrillos princesa. El fin de semana montan a la tropa en el coche y se deslizan por Américo Vespucio hacía arriba, rumbo al Parque Arauco. Siempre van con la vista enfocada en el asfalto y su intermitente línea blanca, sólo la levantan cuando ya han cruzado Tobalaba, les deprime la postal polvorienta y hacinada que presenta Américo Vespucio cuando se viene avanzando desde el sur de la capital. Cada vez soportan menos el caos de la Gran Avenida, el ordinario ambiente de Santa Rosa, y los peladeros eternos del parque La Bandera, el 14 de Vicuña Mackenna, Quilín, Grecia, Peñalolén..
La intuición es una de nuestras mejores armas contra el silencio de los padres que están cagados de miedo luego del golpe del 73, con sólo nombrar la palabra política estallan las alarmas y cambian el tema, a veces, indignados después de otro asesinato contra algún opositor que sale en las noticias comienzan a hablar críticamente de la situación, se desbandan, esbozan un rayado de cancha A través de pequeños gestos simbólicos van cincelando nuestra memoria infantil; llegar a casa y ver los neumáticos apilados en el patio interior a la espera de alguna protesta, los cacerolazos, el despertar madrugador de todos los once de septiembre para acostarnos en su cama y desde ahí, desde esa burbuja pasajera, oír por radio Cooperativa la retransmisión de aquel 11 de septiembre de 1973. Y así desde niño, uno sin saberlo, va almacenando esos retazos de historia que luego se convertirán en piezas indispensables para armar el rompecabezas de la historia chilena de las últimas cuatro décadas.
Pero las cacerolas del barrio se van apagando a medida que los escaparates del centro se comienzan a llenar de oportunidades para el progreso personal. La dictadura lentamente va consiguiendo privatizar el conflicto social en los bordes del Santiago frustrado, clava una estaca en el cuerpo social que se había cohesionado en algunos momentos más por el hambre que por la conciencia política.
Hoy todos los macarras del pasaje nos recogeremos temprano para ver La guerra de las galaxias en el canal nacional. Aquello es un verdadero regalo para los que no podemos ir con regularidad al cine y estamos condenados a esperar alguna película en la reducida oferta televisiva chilena que no se conforma con mentir en los noticieros, sino que también ameniza nuestras noches con un topo Gigio cada vez más viejo y cansado que nos desea con ternura las buenas noches mientras las aspas del helicóptero policial vuelven a sobrevolar los techos y remecer los vidrios mal encajados. Aquella noche no fue posible ver la dichosa película norteamericana porque alguien de la censura seguramente pensó que el horno, en este caso, las 525 líneas, no estaban para bollos de Jedi contra el imperio, menos después de lo que había sucedido a 40 kilómetros de Santiago cuando el General volvía de su residencia de vacaciones con su comitiva de seguridad.
A partir de las siete de la tarde el domingo silencioso comenzó a ser quebrado por un incesante ulular de sirenas y el razante vuelo de helicópteros que iluminaban una y otra vez los contornos del sur de una capital con alma triste que conectaba con el camino al sitio cordillerano del Cajón del Maipo. Recuerdo que mi viejo después de unos minutos encendió la radio y ya Cooperativa estaba informando sobre un posible atentado contra Pinochet y su comitiva. Recuerdo perfectamente que los primeros minutos de las primeras noticias se vivieron en casa con incredulidad y una que otra sonrisa; una imagen más cercana para intercalar en el largometraje de la represión que uno venía viendo desde que había nacido.
Yo me apresuré a encender el televisor y sintonizar el canal nacional y fue entonces cuando apareció aquel texto con la pantalla fundida en azul y negro. “Cítase a reunión a los miembros del Club Deportivo Papillon, en Colina..” Quizás aquel mensaje habrá durado un minuto, no lo sé, puede que más, lo único que imagine en aquel momento era que aquello era extraño, pero más raro aún era que no pusieran la película. Porque, que tenía que ver la guerra de las galaxias con el atentado a Pinochet que ya para entonces había aparecido en televisión con la mano vendada, envuelto en miedo e incredulidad. Parado junto a sus mercedes Benz blindado le explicaba al periodista y este a la gran familia chilena que en aquel cristal no sólo había rebotado el cohete locker, sino que ahí mismo se le había aparecido la virgen a mí general…
Después de años se supo que aquello nunca fue un problema de continuidad o una tanda publicitaria más que no se sostenía por sí misma. Aquellos destinatarios del mensaje oficial transmitido a todo un país no era más que el llamado de Pinochet y sus cómplices civiles para que los boynas negras se dirigieran al punto de encuentro para proteger al dictador y escarmentar a la población con otra ola de asesinatos, persecuciones y desaparecimientos. Aquel atentado cometido por una unidad del Frente Patriótico Manuel Rodríguez fracasó operativamente pero sin lugar a dudas dinamizó a los negociadores de la futura democracia que volvería a Chile en 1990. Aquella noche en muchas casas y pese al fracaso de la “Operación siglo XX” se brindó por todos aquellos hombres y mujeres que se habían decidido a actuar y que venían desde hace años entregando sus jóvenes vidas en la lucha contra la dictadura. Un pequeño brindis mientras la ciudad volvía al estado de sitio y el control militar.
(fotografía de Hector López, protestas populares, población La Victoria, 1986)
Primera parte

Nuestros padres de la infancia ochentona se han vuelto a levantar temprano para comprar El Mercurio y sus ofertas laborales. Llegan a casa con el diario bajo el brazo, pan, algo de mortadela para el desayuno y envueltos en una notoria ansiedad que no parará hasta la noche, hasta el momento en que se sienten en el comedor con un bolígrafo en la mano para marcar las escasas ofertas laborales que se presentan en el horizonte mediato. Los que han logrado romper el cerco de la cesantía crónica sufren los estragos del boom económico a través de la UF y los sueldos de hambre que sólo sirven para mitigar la vida y las deudas con el banco que no deja de remitir avisos de cobranza, embargo y remate del sueño efímero de la casa propia.
Sólo los volantines surcando los cielos populares han iluminado este domingo de septiembre que para media tarde aún es comúnmente normal. Almuerzos familiares a la chilena; carnaval de alegrías y derrotas en el brindis del tinto en los pequeños patios interiores, algunas risas y bostezos de cansancio ante la pesadilla eterna de la dictadura militar. Afuera, los críos nacidos bajo la bota milica, correteamos coligüe en mano en la búsqueda de algún papalote a la deriva o improvisamos una pichanga a media calle. De vez en cuando se interrumpen los juegos para ir en ayuda de los borrachos de toda una infancia que salen del semi clandestino los cufifos y caen abatidos a media calle producto de una borrachera de alcohol y tristeza.
Es el domingo 7 de septiembre de 1986. En algunas casas del pasaje ya han instalado la bandera chilena en los mástiles pintados de blanco que luego han encajado en una esquina del techo. La calle, la vida y la infancia están llenas de símbolos que uno va almacenando en la aún pequeña despensa de la memoria. Gestos como el de la bandera saludando a la patria milica y no ultrajada por estos, o el de tres monedas de 100 pesos que uno ha visto en la mesita de centro para que la madre invente un almuerzo familiar. O la imagen de los pacos arriba de las tanquetas dirigiendo la represión desde su púlpito; algún gol de Caszely, los primeros besos, la cortina musical de la radio Cooperativa anunciando quizás otra tragedia. Los pinochetistas del barrio y los que están en vías de serlo no devuelven la pelota, y si lo hacen, entierran un cuchillo en el balón antes de lanzarlo hacía afuera. Aquella es su manera de saldar cuentas con la chiquillada popular, con los apagones, con el insomnio que les provocan las ráfagas de su adorada disciplina que a veces sólo amainan al amanecer.
Otros se han endeudado hasta el culo con la financiera Atlas para poder comprarse un coche con el cual ir a la iglesia, al supermercado y así poder llevar a la familia a visitar a la parentela que vive al otro lado de la ciudad. Y no importa que el coche con los asientos aún envueltos en plástico se utilice sólo el fin de semana porque no alcanza el dinero para la bencina, aquellos hombres de mediana edad son felices al contemplar el fetiche comercial cada vez que vuelven del trabajo y lo ven ahí tan brillantemente estacionado en el ante jardín de su casa pareada con sus rojos ladrillos princesa. El fin de semana montan a la tropa en el coche y se deslizan por Américo Vespucio hacía arriba, rumbo al Parque Arauco. Siempre van con la vista enfocada en el asfalto y su intermitente línea blanca, sólo la levantan cuando ya han cruzado Tobalaba, les deprime la postal polvorienta y hacinada que presenta Américo Vespucio cuando se viene avanzando desde el sur de la capital. Cada vez soportan menos el caos de la Gran Avenida, el ordinario ambiente de Santa Rosa, y los peladeros eternos del parque La Bandera, el 14 de Vicuña Mackenna, Quilín, Grecia, Peñalolén..
La intuición es una de nuestras mejores armas contra el silencio de los padres que están cagados de miedo luego del golpe del 73, con sólo nombrar la palabra política estallan las alarmas y cambian el tema, a veces, indignados después de otro asesinato contra algún opositor que sale en las noticias comienzan a hablar críticamente de la situación, se desbandan, esbozan un rayado de cancha A través de pequeños gestos simbólicos van cincelando nuestra memoria infantil; llegar a casa y ver los neumáticos apilados en el patio interior a la espera de alguna protesta, los cacerolazos, el despertar madrugador de todos los once de septiembre para acostarnos en su cama y desde ahí, desde esa burbuja pasajera, oír por radio Cooperativa la retransmisión de aquel 11 de septiembre de 1973. Y así desde niño, uno sin saberlo, va almacenando esos retazos de historia que luego se convertirán en piezas indispensables para armar el rompecabezas de la historia chilena de las últimas cuatro décadas.
Pero las cacerolas del barrio se van apagando a medida que los escaparates del centro se comienzan a llenar de oportunidades para el progreso personal. La dictadura lentamente va consiguiendo privatizar el conflicto social en los bordes del Santiago frustrado, clava una estaca en el cuerpo social que se había cohesionado en algunos momentos más por el hambre que por la conciencia política.
Hoy todos los macarras del pasaje nos recogeremos temprano para ver La guerra de las galaxias en el canal nacional. Aquello es un verdadero regalo para los que no podemos ir con regularidad al cine y estamos condenados a esperar alguna película en la reducida oferta televisiva chilena que no se conforma con mentir en los noticieros, sino que también ameniza nuestras noches con un topo Gigio cada vez más viejo y cansado que nos desea con ternura las buenas noches mientras las aspas del helicóptero policial vuelven a sobrevolar los techos y remecer los vidrios mal encajados. Aquella noche no fue posible ver la dichosa película norteamericana porque alguien de la censura seguramente pensó que el horno, en este caso, las 525 líneas, no estaban para bollos de Jedi contra el imperio, menos después de lo que había sucedido a 40 kilómetros de Santiago cuando el General volvía de su residencia de vacaciones con su comitiva de seguridad.
A partir de las siete de la tarde el domingo silencioso comenzó a ser quebrado por un incesante ulular de sirenas y el razante vuelo de helicópteros que iluminaban una y otra vez los contornos del sur de una capital con alma triste que conectaba con el camino al sitio cordillerano del Cajón del Maipo. Recuerdo que mi viejo después de unos minutos encendió la radio y ya Cooperativa estaba informando sobre un posible atentado contra Pinochet y su comitiva. Recuerdo perfectamente que los primeros minutos de las primeras noticias se vivieron en casa con incredulidad y una que otra sonrisa; una imagen más cercana para intercalar en el largometraje de la represión que uno venía viendo desde que había nacido.
Yo me apresuré a encender el televisor y sintonizar el canal nacional y fue entonces cuando apareció aquel texto con la pantalla fundida en azul y negro. “Cítase a reunión a los miembros del Club Deportivo Papillon, en Colina..” Quizás aquel mensaje habrá durado un minuto, no lo sé, puede que más, lo único que imagine en aquel momento era que aquello era extraño, pero más raro aún era que no pusieran la película. Porque, que tenía que ver la guerra de las galaxias con el atentado a Pinochet que ya para entonces había aparecido en televisión con la mano vendada, envuelto en miedo e incredulidad. Parado junto a sus mercedes Benz blindado le explicaba al periodista y este a la gran familia chilena que en aquel cristal no sólo había rebotado el cohete locker, sino que ahí mismo se le había aparecido la virgen a mí general…
Después de años se supo que aquello nunca fue un problema de continuidad o una tanda publicitaria más que no se sostenía por sí misma. Aquellos destinatarios del mensaje oficial transmitido a todo un país no era más que el llamado de Pinochet y sus cómplices civiles para que los boynas negras se dirigieran al punto de encuentro para proteger al dictador y escarmentar a la población con otra ola de asesinatos, persecuciones y desaparecimientos. Aquel atentado cometido por una unidad del Frente Patriótico Manuel Rodríguez fracasó operativamente pero sin lugar a dudas dinamizó a los negociadores de la futura democracia que volvería a Chile en 1990. Aquella noche en muchas casas y pese al fracaso de la “Operación siglo XX” se brindó por todos aquellos hombres y mujeres que se habían decidido a actuar y que venían desde hace años entregando sus jóvenes vidas en la lucha contra la dictadura. Un pequeño brindis mientras la ciudad volvía al estado de sitio y el control militar.
(fotografía de Hector López, protestas populares, población La Victoria, 1986)
julio 28, 2008
María Música

Hay una chica de catorce años que en las últimas semanas ha vuelto a poner en evidencia la histeria social en que se asienta el deambular chileno. Una acción política pre-adolescente llena de fugacidad y rebeldía ha trastocado la curvatura de la tolerancia nacional que nada dice sobre la represión policial eterna, herencia de Pinochet, que hoy después de 17 años de transición democrática sigue disciplinando a porrazos a los estudiantes secundarios en las calles y en las puertas de los colegios. Nada se dice de los manoseos a las chicas en los carros policiales atiborrados de detenidos que sólo luchan por recuperar una educación pública de igualdad para no terminar en el patio trasero del exitismo económico nacional. En el Chile de hoy - no exótico sino que real- se habla con mucha soltura de la brecha digital, pero nada o muy poco, se dice de la desigualdad social que día a día ensancha la bipolaridad tras la abismante distribución del ingreso y las oportunidades, a la que están condenados los jóvenes de las viejas y nuevas generaciones.
Aquella mañana del 14 de julio en el hotel Crowne Plaza de Santiago, el cartel del salón principal anunciaba la asistencia de la ministra de educación, Mónica Jiménez. El ambiente no estaba para exposiciones oficiales sobre el futuro de la educación chilena, porque ahí había más de una treintena de estudiantes furiosos y desencantados con la nueva Ley General de Educación (LGE) que reemplaza a la dictada en época de Pinochet, pero que mantiene y profundiza los valores del libre mercado sobre una educación pública de calidad. Ellos no estaban ahí para participar en otro diálogo de sordos, sino que derechamente su intención era reventar el acto y buscar una respuesta de la autoridad educacional sobre el tema de la violencia sistemática que reciben en las calles y comisarías tras cada manifestación. Y en eso estaban hasta que de pronto apareció en escena María Música para cambiar el guión de una historia que olía a otro desalojo o abandono silencioso de la autoridad por la puerta trasera.
Después de escabullirse como una liebre la chica Música logra alcanzar el estrado y colocarse a un costado de la ministra que guardaba con premura sus apuntes que esa mañana no pronunciaría. Con catorce años y cuatro detenciones por participar en el movimiento estudiantil, le dice a la ministra “señora diga algo, responda de lo que pasa”… la frialdad de la ministra que no hace siquiera el amago de mirarle a la cara enfurece aún más a la chica que ya está bastante nerviosa y con la voz entrecortada. Y en una fracción de segundos, su vista se topa con un jarrón de agua que siempre está presente en estos encuentros oficiales para que los participantes no se atraganten con tanta barbaridad que sueltan por los labios. Lo vuelve a mirar, esta vez fijamente, lo coge con ambas manos y lanza el contenido sobre la cara de la ministra que ahora si que ha quedado impávida.
A los pocos días la chica ya tenía una denuncia ante la policía, se la expulsaría del liceo público y su vida se haría aún más difícil. La maquinaria comunicacional y política transformaron a María Música y su jarrón de agua en un peligro social que comprometía el desarrollo democrático de Chile, otros esclavos de las buenas palabras decían que aquello le hacía mal al movimiento estudiantil porque perdía apoyo en la sociedad. Se hizo común leer columnas de opinión que sacaban a colación esa vertiente clasista chilena que comentaban el acento popular de la chica y sus padres. Se inauguró una nueva temporada nacional de lapidación verbal y repulsa moral llena de dobles discursos que nunca cruzan el terreno de la superficialidad maliciosa porque les da temor lo que pueden encontrar si escarban un poco más. Así es parte del Chile cabrón que hoy tiene crucificada a esta niña de la dulzura irreverente que se llama María Música Sepúlveda.
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