enero 20, 2012

Bakakai



Un Baltasar de piel oscura original ofrece pañuelos desechables por la voluntad en una calle de Granada, zigzaguea entre los coches. Lleva años en esa esquina, cuando comience la feria estará vestido de sevillana, en semana santa será un cofrade más, sin embargo, en la mayoría de los días es sólo él mismo regalando una sonrisa subsahariana que de vez en cuando logra estamparse en el otro. Más arriba, una pareja de jóvenes vestidos para la ocasión, hacen un breve espectáculo de clon en donde en menos de un minuto tienen que entretener o siquiera empatizar con los conductores furiosos y antes que el semáforo cambie, correr y cubrir los cuatro carriles para ver si se desliza alguna moneda desde la ventanilla. A veces lo consiguen y otras se entusiasman con las mazas girando en el aire y tienen que hacerse a un lado antes de ser arrollados. Entonces un beso con ternura une sus cuerpos hasta que el semáforo vuelve a cambiar a rojo.
Es la una y media de la tarde, un grado bajo cero y un sol potente que sólo con rozarte la piel es capaz de quemarla y hacerte creer que no estamos en invierno sino que en primavera. Al fondo, el barrio del Albayzín permanece incólume y blanco como siempre, tanto o más, que la sierra completamente nevada en donde el sol se refleja en sus laderas. Decenas de abuelos en silla de ruedas son arrastrados al paseo matutino por sus cuidadoras inmigrantes, en su mayoría de origen latino, bolivianas de cuarenta o más años, donde abundan los contratos de palabra y la ausencia de derechos laborales .
Van de un lado para otro con los abuelos como queriendo matar el tiempo, a la mayoría de los mayores les da lo mismo, sólo quieren salir de sus pisos que están pagados pero se fueron quedando marchitos. Prefieren estas idas y venidas o acomodarse a tomar el solcito para ver la vida cotidiana pasar: patinadores, niños corriendo, perros, ciclistas trazando un carril bici imaginario para llegar con seguridad a destino, viandantes anónimos, y como no, algún músico callejero a pesar de la ordenanza municipal del ayuntamiento de Granada que prohíbe cantar en la calle y que paralelamente cierra a destajo multitud de garitos que algún día consolidaron una escena musical granadina.
Fuera del edificio de Hacienda continúa el viejo Nicolai con su destartalado violín entregando música, de ahí viene el compás que armoniza tanto bullicio en este encuentro con la ciudad.
La cafetería El Tren de avenida Madrid ha echado la persiana hace meses, lo mismo que el bar Royalty cincuenta metros más arriba. De los edificios cuelgan avisos desesperados de alquiler y sobre todo de venta de pisos, permanecerán años con el cartel y algunos nunca se venderán o muy probablemente terminará llevándoselo la banca tras otro desahucio. La estampa de la crisis económica está presente en Granada (30% de paro), los amigos del barrio han desaparecido en las bifurcaciones de la geografía mundial, los que aún resisten están a punto de marcharse, otros vendrán a poblar esta ciudad encantadora y anémica, pienso, mientras callejeo por la plaza del boquerón, que no existe o que ciertamente incumple las tallas mínimas del urbanismo granaíno. El Grow shop resiste a la crisis económica porque en granada se fuma mucho y el autocultivo en los últimos años cada vez gana más adeptos. Lo mismo ocurre con el restaurante chino, las tienda de comestibles del paqui o la papelería, también el gimnasio y como no la sede del punto de información y asistencia técnica para la búsqueda de empleo que ya pocos visitan porque casi nada tiene que ofrecer, y es época de rebajas calles más abajo.
En el incipiente barrio de la movida gay y lesbiana que se quedó a medio cuajar- como el centro cultural García Lorca- y con poco tránsito peatonal por el día, cinco locos totalmente descriteriados han montado una pequeña librería alternativa en el sentido estricto del concepto. Por los títulos, la casi inexistencia de estanterías y esa capacidad de devolver al visitante la posibilidad de sorprenderse desde la entrada hasta la salida. Un bello gesto poético- político ante la profunda crisis económica que por momentos amenaza hasta con privatizar la esperanza y la capacidad de lucha real. De partida hay que aclarar que ahí no se venden best seller al estilo Ruiz Zafon, ni tampoco manuales de autoayuda o de crecimiento personal, tampoco literatura masiva que ya grandes plataformas se encargan de explotar.
La librería se llama Bakakai y es más bien el bajo de una casa reconvertida en un solo espacio bien aprovechado, libros de tendencia anarquista, política anticapitalista, ensayos de pensamiento crítico, filosofía, historia, sociología desde una vertiente contracultural, literatura de los bordes, títulos difícil de encontrar, novelas gráficas, libros de psicología reichiana, editoriales independientes respondiendo en su catálogo a los conflictos sociales que permanecen en ebullición bajo el reacomodo capitalista, de las revoluciones árabes a la chusma francesa. Algunas, sin mayores reparos morales, se presentan como “Una editorial con menos proyección que un cinexín” y no están de joda sino que editando buenos títulos (pronto hablaré de pepitas de calabaza ed.)
En la calle Tendillas de Santa Paula nº11 se inauguró hace unos meses un punto de fuga palpable desde donde formarse para sortear las trincheras del pensamiento único, hoy más furioso que nunca. Esta es una batalla épica, de las mejores que se pueden librar en estos momentos en que muchos apuestan por el sálvese quien pueda. ¿Se entenderá el sentido del gesto?

enero 10, 2012

Paso de cebra ( escenas urbanas)


A estas cebras humanas las encontré una tarde de mayo de 2007 en La Paz. Al otro lado de la calle, en la plaza san Francisco, se celebraba la primera manifestación transexual boliviana y de paso diversos colectivos apoyaban el primer año de gobierno de Evo Morales, yo iba a su encuentro. Pero ahí estaban ellas, una docena repartidas en cuadrillas de dos, armadas con una cuerda, apostadas en la intersección de las calles más conflictivas y dispuestas a cumplir la misión de enseñar gráficamente a respetar las señales de tránsito urbano a los peatones. Sus trajes brillaban más que la señal impresa en el pavimento hace ya muchos años. Cuando el semáforo saltaba a verde, tensaban la cuerda para atraer a todos sus retoños andinos por el buen camino, siempre había alguno que se resistía a la norma y cruzaba por el otro lado de la cuerda, entonces la cebra- o la mujer u hombre que le diera vida- le recriminaba su actitud moviendo los brazos en un gesto de aspaviento que derechamente en su interior peludo redundaba en un ¡vete a la mierda carajo!
Algunos, con la vista cansada tras tanta normalidad, dirán que la fotografía es otra muestra del subdesarrollo latinoamericano y tocarán madera por haber nacido en sociedades de progreso. Otros menos contaminados creerán ver en aquella postal de las cebras urbanas una acción poética de carácter visual que tenía el mérito de no dejar a nadie indiferente. Si algún periodista extranjero condicionado por su patrón hubiera visto a las cebras aquellos días de seguro que hubiera interpretado el gesto como otro de recorte de libertades democráticas que propiciaba el indigenismo de Morales.

Desde entonces muchas cosas han pasado y de seguro que las cebras ya no siguen ahí. Lo que continúa, con sus altos y bajos, es una revolución social en constante tensión pero que consolida ya no un gobierno, sino que la idea rotunda de que el cambio social sólo es posible a través de las masas sociales organizadas que hace ya tiempo inauguraron una nueva Bolivia que ahora recién pareciera interesar al mundo.

diciembre 27, 2011

Tren al sur


A las 21:30 sale puntual de la Estació de Sants, Barcelona, el Talgo nocturno que todas las noches baja hasta Granada. Once horas en un tren al sur en clase turista donde la oruga de metal serpentea en silencio las curvas, algún chillido, pero nada que ver con aquellos ruidos ensordecedores del empalme de los vagones y el crujir de las vías cuando otro tren al sur, de un día ya lejano, salía de la estación central en Santiago de Chile. O de los colosos de metal que cruzan los andes bolivianos por el desierto de Atacama rumbo al mar, otros sonidos, olores y texturas que en estos desplazamientos están ausentes o perdidos en un vagón que se resiste a ser encontrado. Quizás sólo sea el aún no acostumbrarse a viajes sin sobresaltos, austeros en el tránsito, en donde no pasa absolutamente nada fuera del guión, y la verdad es que eso se agradece, pero a veces resta credibilidad al concepto del viaje en sí.

No me iba de Barcelona arrancando de los recortes sociales de la derecha nacionalista de CIU, tampoco iba en la búsqueda de los campesinos andaluces que cobran las prestaciones del PER y que según Josep Antoni Duran i Lleida se pasan todo el día en el bar del pueblo. Lo de ir a comprobar si los niños andaluces no sabían hablar español o que eran analfabetos lo descarté porque he vivido ocho años en el sur. Era un viaje de ida y vuelta, un simple hasta luego, pero a estas alturas de la historia y la vida que uno ha recorrido, sabe que un hasta luego puede transformarse al otro día en un simple adiós permanente. Así que días antes visité lugares de la ciudad que me producían sensación de futuro, pequeños detalles en donde reconocer que había un trazo pendiente por realizar.

En uno de esos últimos viajes por la geografía española, programado por el itinerario de las circunstancias, conocí a Abel, lo primero que me dijo cuando descendíamos por las escaleras mecánicas de Sants, fue que él nunca se había subido a un tren, era la primera vez. Lo dejé en su asiento y avance al mío pensando que la primera cara que vería por la mañana temprano sería la del policía nacional a unos pasos después de descender del tren pidiéndome la documentación, un control aleatorio de identidad, dicen, pero curiosamente siempre nos toca a los mismos.

La señora que compartía el asiento de al lado, me pidió que le cambiara el sitio; quería la ventanilla porque así podía observar las lucecitas de los pueblos palpitar a la distancia. Decía que así se sentía menos sola mientras esperaba llegar por fin a Linares de Madrugada. No hablaba mucho pero de vez en cuando soltaba un pequeño manuscrito de la vida vivida, frases como ¡la vida es muy bonita pero casi igual de cabrona, así que hay que espabilar! Me lo dijo con tono suave y una convicción que yo observaba por detrás de sus gafas.

Abel era un gitano de Jaén, de treinta y cinco años curtidos en infinidad de mercadillos andaluces, desde los 17 armando, vendiendo, desarmando y cargando la furgoneta para cumplir otra ruta o volver a casa. Ahora la crisis económica, otro amor, hijos repartidos por los ramales de la vida, lo tenían en constante movimiento entre Andalucía y Cataluña. Aquella noche en el bar nos tomamos un par de cervezas y hablamos sobre todo de costumbres y modismos gitanos, me recalcó que su actual mujer era mocita, que ahí estaba la prueba del pañuelo y sinceramente me dijo que esas cosas cada vez se veían menos. Estuve a punto de preguntarle si se refería a que se veía menos la virginidad, la prueba del dichoso pañuelo o que una gran proporción de chicas gitanas pasaran de aquel ritual hoy en día. Se despidió a la media hora recomendándome un par de buenos sitios en Barcelona para pillar caballo, se lo agradecí, sin saber porqué, y me quedé mirándome al espejo de la cafetería en su vaivén travieso esperando encontrar algún rasgo que me pudiera delatar como posible consumidor de heroína. Pese a estar en una mala racha me reconocí en la imagen y también tuve claro que quizás pegarme un buen chute no estaría mal si uno tuviera otras necesidades cubiertas. Porque hay viajes de los que a veces uno ya no vuelve, y si vuelve, en ocasiones es sólo una sombra, una silueta que ahora mismo no tenía ganas de delinear en mi vida.

Una rubia con pantalones de cuero entra al campo visual y se pide un batido de chocolate, saca la revista Hola y se sumerge en su lectura. En la portada a color Iñaki Urdangarín, justo en ese momento el tren pasa junto a una planta de celulosa y el olor a mierda invade todos los vagones. De vez en cuando la mujer coge la blackberry y sus dedos se transforman en una maquinita que va de una clavija a otra, una rapidez admirable para comunicarse y recibir la respuesta inmediata a través del pring que suena en todos los sitios públicos o privados.

Al fondo de la pequeña barra un treintañero lleva horas acariciando su iPhone y tomando café, me imagino que a veces pierde la cobertura porque se queda mirando al aparato - quizás a la manzanita que da vueltas intentando conectar- con una cara de desconsuelo que dura hasta que vuelve a tener cobertura y contacta con los amigos. Llegará un momento en que la soledad ya no será capaz de contenerla ni Facebook, ni twitter, ni tampoco el WhatsApp o cualquier red virtual que emerja.

A las dos de la madrugada se cierra el vagón de la cafetería y la posibilidad de seguir bebiendo algo mientras se lee, imposible seguir haciéndolo en el asiento, el foco que debe entregar luz esboza algo de su misión, así que es mejor apagarlo e intentar dormir. En las paradas más largas, de madrugada y con el frío calando los huesos, los fumadores nos encontramos ahí en un corrillo de chimenea oteando al andén por si los de seguridad vienen con ganas de hacer cumplir la ley o hacen la vista gorda, porque a esa hora, el andén está totalmente vacío y los pulmones tampoco son de ellos, dice una chavala de la tribu de las orejas dilatadas. Alguno pasa muy cerca como intentando oler si aquel pitillo de liar es tabaco o un porro. Se acerca el conductor del tren y nos dice que subamos, que se acabó la fumarola mientras tira su colilla a la vía y se dispone a cerrar las puertas.

Entonces tienes que transformar tu cuerpo en un rollito de primavera, en una tortilla de maíz flexible como recién calentada o estirarse como una loncha tiesa de jamón envasado y dejar que el cansancio haga el resto. Son casi las tres de la madrugada y la mujer de la otra fila del pasillo vuelve a decirme que es la segunda vez que hace este viaje en el mes, el primero fue para venir a enterrar a su padre, el de ahora, es para ir al hospital a ver su madre que le dio una hemiplejia. Conversamos de paso sobre los viajes que se reciclan en la memoria, habla de esos días en que la familia emigró a Barcelona, recuerda que había que bajarse del tren en movimiento antes de llegar a L'estació de França porque sí ahí llegabas sin contrato de trabajo te encarcelaban y luego te deportaban.

La posguerra española aparece de madrugada, de improviso, como susurrando al oído las consecuencias del olvido de aquel trozo de historia que se perdió en el camino, a veces, muchos intentan transmitir la idea de que España nació con la muerte de Franco. Es como decir que la historia de Rusia comenzó cuando cayó la Unión Soviética, o que la historia del neoliberalismo económico en las últimas tres décadas está llena de progreso e igualdad social. Me lo pregunto mientras trato de coger la postura idónea, el separador de brazos fijo no sólo dificulta la movilidad, sino que impide que dos cuerpos que lo van a pasar mal durante horas por lo menos puedan acoplarse y hacer buen uso del diminuto espacio, si están de acuerdo, claro está.

Despierto a las 8:30 en Granada. Al bajar del tren ahí están ellos haciendo un semicírculo. Camino tranquilo esperando que el segundo del perímetro se acerque a darme unos buenos días secos que en la mayoría de los casos se traducen en una simple frase cotidiana ¡documentación!, a veces va acompañada de un por favor y en la mayoría de los casos se remacha, con un seco, Policía Nacional. Entrego la documentación como otros tantos inmigrantes, algún estereotipo de perroflauta nacional y algún que otro sospechoso de más de cincuenta, andaluz y con cara de parado de larga duración. Diez minutos esperando la comprobación de los antecedentes.

Si antes habías tenido ganas de salir de la estación y gritar buenos días Granada, ahora sales mascullando palabrotas no porque te pidan los papeles sino por lo evidente y cotidiano en que se ha transformado ese mal llamado control de identidad aleatorio, que no es más que un control racista de identidad como los que hacen a la salida del metro en Barcelona o Madrid, en las estaciones de autobuses, plazas y locutorios.

diciembre 12, 2011



Esperando a Rajoy y su programa económico
Han pasado más de tres semanas del triunfo del derechista Mariano Rajoy por mayoría absoluta y nosotros aún seguimos esperando por la materialización de su programa económico aquí en la tierra. Ya sabemos que lo único concreto que este hombre ha dicho durante los últimos años es que se vienen tiempos duros y que las cosas hay que hacerlas como dios manda. A veces simplemente nos remite al oasis del depende, y en otras, la mayoría, escenifica una puesta en escena exitosa en donde habla y habla, para al final no decir nada, nada concreto que salga de la vaguedad en que siempre se mueve el líder del Partido Popular (PP). A pocas semanas de coger la bomba de relojería en que se ha transformado la economía española, el hombre sigue mudo, de nada han servido las editoriales del Wall Street Journal (WSJ) llamando a la concreción no sólo ya de las medidas a adoptar sino que trazándole el camino de la envergadura de las reformas que este tenía que llevar acabo. Al estilo Thatcher escribieron en el decano de la economía mundial sin cortarse un pelo y con seguridad ideológica.
Y mientras tanto Mariano a lo suyo; recibiendo a los banqueros españoles, alguna fotografía en su despacho atiborrado de papeles que lo capturan trabajando, otra visita al Palacio de la Moncloa para charlar con Zapatero de lo mal del estado de las cosas. La prima de riesgo subiendo, los mercados financieros internacionales nerviosos por la actitud de su candidato, mientras tanto, el hombre llamado a ser el ejecutor del modelo neoliberal al estilo español, continúa en estricto silencio. Estos últimos días en Marsella, a propósito de la cumbre europea del PP, por fin habló con Sarkozy y Merkel para transmitir lo que él llama confianza. Dicen que repitió hasta la saciedad de que España haría cueste lo que cueste las reformas para cumplir con sus compromisos. También trascendió que Rajoy esbozó su programa de recortes sin entrar en grandes detalles, las mismas fuentes, sostienen que alemanes y franceses se entusiasmaron con el calado de los recortes sociales, disciplina fiscal dicen desde el PP, sin embargo, poco fue lo que se dijo de este desconocido fuera de España, ni siquiera los más importantes líderes del PP europeo se quedaron a escuchar su discurso que le habían programado casi a última hora, también hay que decirlo.
Es probable que comience a repartir sus regalos días previos a navidad. Pero también es cierto que su prudencia política y su conservadurismo católico le pueden llevar a no querer contaminar el espíritu navideño y entregarse al simulacro de cambio de año. Aparcar así para la segunda semana de enero, un primer discurso contundente en dónde nos diga, por fin, la envergadura de los recortes sociales que proyecta su equipo económico en la sombra. O será necesario alargar la espera hasta marzo.
Tiempo han tenido para redactarlo, ahora acumulan fuerzas y sólo buscan el momento idóneo para lanzarlo por cadena nacional un día venidero. Imagino que leerán los encabezados de los recortes, darán cifras de ahorro fiscal, pondrán cara de circunstancias, volverán al papel y leerán otro recorte social, más ahorro y menos cohesión social…las consecuencias sociales de las medidas serán obviadas por la necesidad del ajuste, dirán en su defensa.
Y quizás resultaría más simple salir al balcón de la calle Génova y gritar con megáfono en mano lo que ha pensado tantas noches de insomnio y que de alguna manera ya todos sospechamos: Hoz vai a joder, pero es por vuestro bien, por el bien de España, creedme..

noviembre 26, 2011

La nueva batalla de Chile



Hace seis meses que el alzamiento estudiantil chileno se transformó en una noticia intermitente en el apartado internacional de la prensa española. Desde entonces y en la mayoría de los casos, no han dejado de aparecer análisis vacíos de contenidos que siempre comienzan con la muletilla lingüística-ideológica sobre el éxito del modelo económico chileno en la región y su ejemplo de transición a la democracia, basado en el caso español. Muchos interpretan la rebelión social como un arrastre globalizador de la corriente de indignación que recorre al planeta; se equivocan. En los telediarios de la TV se priorizan las imágenes de la lucha callejera antes de entrar a desmenuzar las causas que han llevado a un país, anestesiado por décadas, a redefinir su futuro. Los enviados especiales al otrora mito chileno del desarrollo cogen un par de testimonios de manifestantes, otro de algún dirigente estudiantil, van al despacho de algún politólogo criollo, pasan por La Moneda para cubrir la conferencia de algún representante del Gobierno de Piñera llamando al diálogo para mantener la imagen-marca país en el exterior. Luego vuelven a sus hoteles en el barrio oriente de la capital para despachar la crónica y de seguro muy pocos se adentrarán en el otro gran Santiago en donde se puede palpar la bipolaridad social chilena, que es la génesis de todo.
Hay que ir detrás de esos miles de chicos y chicas que se manifiestan en las calles para que los lleven al laberinto de sus vidas, y quizás, así intentar comprender lo que significa haber nacido y vivir en el país estrella del neoliberalismo. La desigualdad social va más allá del coeficiente de Gini que coloca a Chile en el país con mayor desigualdad de ingresos ( 0,50) frente al promedio dela OCDE que es del 0,31%. Las cifras exitosas de la macroeconomía nacional a costa de ensanchar la mala distribución del ingreso no son una pancarta estudiantil más, sino que una constante desde el inicio de la transición a la democracia (1990). Hablamos de dos décadas, de veinte años en donde la clase política (coalición de centro izquierda y neo pinochetistas) sólo han administrado y profundizado el modelo neoliberal inaugurado por Pinochet y la Escuela de Chicago en 1976.
La educación y la salud son una ruleta rusa mediatizada por la capacidad de consumo; jamás un derecho social en donde sea posible acariciar la igualdad de oportunidades. El sistema de pensiones lo administran corporaciones privadas donde especulan con la rentabilidad y tributan una miseria. Transnacionales mineras invierten en Chile para llevarse el oro, el cobre o el litio porque lo mismo en la ecuación final son tantas las regalías, los beneficios netos, que igual es posible pagar la tasa de explotación o evadir algunos cientos de millones de dólares. El estado y su clase política administran las relaciones sociales y comerciales de la sociedad desde una posición de observador ausente porque aún siguen creyendo que los desequilibrios económico-sociales los corregirá el mercado en algún momento.
Por eso a los ciudadanos los llaman consumidores, para que la gente siga creyendo que el esfuerzo personal es lo único que basta para batirse en la vida. Otra quimera neoliberal tercer mundista pero que ha condicionado el devenir de la sociedad chilena que no sólo ha tenido que asumir la derrota política y militar de 1973, sino que vivió 17 años de venganza feroz en donde el plomo y la sangre siempre estuvieron presentes, para terminar aún entrampados en un modelo económico nefasto y con una democracia a medio empezar Hoy en las calles chilenas no sólo se le planta cara al mercado de la educación pública y privada, sino que más importante aún es la posibilidad de una transformación social que va generando un movimiento social organizado, diverso y de nueva sabia, capaz de sumar a capas sociales que hasta hace algún tiempo aún creían en que sólo bastaba con su esfuerzo emprendedor para alcanzar la justicia social. Los estudiantes chilenos han dado un paso gigante en la madurez política de la movilización; no quieren otras pequeñas reformas, ni que se ajusten los presupuestos sólo para conseguir otras miles de becas. Ya hastiados piden lo imposible para muchos, una educación pública, gratuita y de calidad, que deje de ser un bien de consumo que imposibilita la movilidad social en un país diseccionado por las clases sociales. Y si bien es cierto que la fractura social causada por la liberalización económica totalitaria hace mucho que está presente, recién es hoy cuando se comienza a tener una conciencia más profunda en que ya es hora de reescribir la historia.
Mientras tanto, aquí en Europa recién se inicia aquel largo camino en donde las reformas estructurales de la economía amenazan con privatizarlo todo. En la subjetividad neoliberal va implícita la disciplina de la fragmentación social que también busca la privatización de la esperanza. Y esto no es una figura literaria, más bien, un dato histórico que ha quedado escrito en las regiones del mundo por donde ha pasado la ola destructiva del neoliberalismo y sus tecnócratas de turno.

noviembre 17, 2011

La prima de riesgo



Hace unos días a un miembro de la Real Academia de la Lengua Española le preguntaban sobre el significado del término. No respondió con evasivas y derechamente dijo que no podía explicarlo, arguyó en su defensa, que aún no estaba en el diccionario y que para que una palabra pueda descansar en él, tienen que pasar por lo menos ocho años. Menos mal que no osaron preguntarle a un miembro de la Real Academia de la historia española, que en una interpretación personalísima hubiera quizás confundido los hechos para terminar hablando de que hace mucho tiempo Franco, ya había llamado la atención sobre el asunto. En la calle, la típica muestra televisiva sin mayor certeza real comprobó que nadie tiene puñetera idea de lo que significa la prima de riesgo.
La prima de qui? inquirió extrañado un jubilado catalán mientras acariciaba la bola de petanca que descansaba en su regazo. Aquí en el barrio la mayoría seguimos siendo primas, respondió una vecina del Albaicín, a la paya reportera. Un grupo de chavales que mataba el tiempo en una plaza de extrarradio de Madrid confundieron a la prima de riesgo con la prima del Riesco y ahí los comentarios subieron de tono y el micrófono se apagó. Una pareja de cuarenta que salía de unos grandes almacenes esbozó un campo semántico económico, para luego, apresurarse a decir-siempre con semblante desafiante- que gracias a dios, ellos no estaban en crisis. Y por último, un inmigrante que currículo en mano buscaba trabajo desesperadamente para renovar sus papeles, comentó al paso que a él no le interesaba la política porque había venido exclusivamente a trabajar.
En lo que va de semana la prima de riesgo española ha subido hasta los 460 puntos y la italiana ya está en los 519. Para hacernos una idea, Grecia, o como lo que se conocía por aquel país, cayó en banca rota cuando la deuda sobrepasó la barrera psicológica de los 500 puntos, lo mismo ocurrió con Portugal e Irlanda. Por eso no es descabellado preguntarse hasta cuándo aguantaremos nosotros antes de la intervención económica. O en su defecto, qué nuevos recortes sociales de envergadura se llevarán a cabo para calmar a los llamados mercados financieros que gobiernan con total soltura la crisis económica y política europea. De nada sirvió que los mercados financieros en las últimas semanas derrocaran a Papandreu y Berlusconi, estos y su ejército de tecnócratas de todo el mundo siguen presionando por la profundización de los ajustes estructurales de la economía en los países del euro. La consigna está clara reducir la deuda pública y para ello recortar todo gasto social, inversión pública, trabajo público, reducción del estado, privatizaciones de empresas...El próximo domingo el derechista Partido Popular Español refrendará esta tesis con su triunfo en las elecciones generales.
Lo mismo se la llama prima de riesgo, deuda país o diferencial de deuda. Se podría decir que es la herramienta más eficaz en el entramado del capitalismo financiero mundial a la hora de profundizar la doctrina del shock. En términos estrictos la prima de riesgo es el sobreprecio que paga un país por financiarse en los mercados internacionales a través de sus bonos y venta de deuda pública, siempre comparado con Alemania. Ayer ese diferencial llegó al 6,34% con respecto al bono alemán, algo histórico que no ocurría desde tiempos de la peseta. Esto se traduce en que habrá que pagar más intereses a los mercados y sus especuladores. Se calcula que por cada 100 puntos de subida en la prima de riesgo, España tendrá que desembolsar 12.000 millones de euros al año y se dejan de crear 170.000 puestos de trabajo. Los llamados mercados financieros a través de sus agencias de calificación de riesgo generan las condiciones objetivas y subjetivas para ir en busca de otra intervención económica que reportará otro gran negocio para los de siempre. Y ahí va ella, en los últimos meses siempre al alza, disciplinando a la clase política en su teoría económica de que la confianza y la tranquilidad sólo llegarán a través de la reducción de la deuda pública y la desmantelación total de los rescoldos de estado de bienestar.
Quieren más y no pararán hasta obtenerlo. La hoja de ruta del neoliberalismo pasa hoy por Europa- en la década de los ochenta y noventa fue Latinoamérica con la llamada deuda exterior- no está de paso, ha venido para quedarse y poner en evidencia el mito de la Europa fuerte y cohesionada. En los pasillos de Bruselas algunos personeros avanzan entre sollozos al enterarse de que la política está subordinada a los designios de la economía y el estado de ánimo de los mercados.
Muchos se conforman con la frase llevada a axioma de que a veces es mejor no saber demasiado porque la realidad ya agobia lo suficiente; no los culpo. Son tiempos abruptos, de cesantía crónica, precariedad laboral y del miedo que va disciplinando las conciencias de los trabajadores que no quieren perder el suyo. También son tiempos del despertar social que desembocan en el 15M y aunque hasta nuestros días siga siendo un movimiento más emocional que ideológico, es sin lugar a dudas, un aporte que ha roto con el inmovilismo. Entramos en una etapa de la historia europea en qué la única dimensión de las consecuencias de la crisis que aún no se ha evaluado es la del estallido social organizado y transformador.
Hoy por hoy ya no basta con la indignación. De lo contrario la fiesta neoliberal será eterna y contundente. Europa- y los que la habitamos- no será la misma cuando termine esta crisis económica, las relaciones sociales tampoco y ahí sí que se abre una gran posibilidad de agrietar la cultura popular intoxicada de personalismo.
Millones se preguntan en la soledad del amanecer, en qué instante, en qué momento se jodio todo. Una pregunta que tardaremos años en contestar porque la ausencia de autocrítica es tan profunda como la crisis sistémica del capitalismo.

noviembre 09, 2011

La maleta mexicana



Hay maletas que jamás llegarán a destino. Otras quizás nunca debieron embalarse o se hicieron con el corazón eclipsado. Algunas aguardan bajo la cama toda una vida el momento de abandonar a algún machista. También existen las maletas que sólo prestan servicio al viajero, y donde, no caben representaciones simbólicas capaces de trastocar el simple hecho de llevar una. Cada maleta es un pedazo de uno, del viaje y sus contextos, de la alegría o pena que en ese momento inunda a quién la lleve. A través de su contenido es posible perfilar al portador, y hasta incluso arriesgarse a intuir, que más de alguno la hizo como no queriendo viajar, y otros, con demasiado esmero para no perder las costumbres que acentúan la (in)seguridad.
Y existen otras que sencillamente se hicieron al calor de la historia. Con el fascismo pisando los talones y sin tiempo para imaginar que aquella maleta que se cerraba en el estudio parisino del fotoperiodista, Robert Capa, allá por 1940 sólo se abriría casi 70 años después en el DF mexicano. Su contenido; más de 126 rollos de película fotográfica de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour (Chim) tomadas entre mayo de 1936 y la primavera de 1939 que pondría fin a la guerra civil española, y el inició a gran escala, de la II guerra mundial.
La llamada maleta mexicana es un artefacto explosivo para la memoria colectiva de un país que muchas veces vuelve la vista hacia otro lado, o desconoce, lo que aquí sucedió. Es la posibilidad de mirar a los ojos de aquellos milicianos que sonríen con un pitillo en los labios y preguntarse en el silencio de la sala; qué habrá sido de vos. ¿Acaso, huido a tiempo?, quizás te quedaste en el frente y la muerte te pilló luchando, o como tantos, fuiste presa de la ola de exterminio con que se inauguraba la dictadura franquista, y tus huesos están por ahí, en una fosa clandestina cartografiada pero que sigue sin ser exhumada por falta de voluntad o cobardía política.
Y también es un viaje hacía la depuración de la técnica de quienes hicieron algo más que apretar el dedo en el obturador para capturar una imagen siempre efímera. Su trabajo en centenares de imágenes, negativos, tiras de contacto, ampliaciones, encuadres, ensayo y error, son también testigos del compromiso político narrativo de estos corresponsales de guerra que se hicieron a sí mismos.
Fuera del palacio Montjuic de Barcelona literalmente sigue lloviendo sobre mojado. Dentro, lo que caen son datos del contexto de aquella fotografía ya mítica de la mujer amamantando a su crío mientras escucha tal vez por primera vez el tema de toda una vida; el reparto de la tierra. En otra, un miliciano y su mirada al horizonte desde una posición quizás indefendible. La fotografía entrañable de los barcos en la bahía de Vizcaya donde se puede percibir el mar jugando con la luz. O la de una mujer mayor que ya en sus ojos se teme lo peor. Aquí están los rostros de aquellos que combatieron en primera línea, de los que trabajaron en la retaguardia del no pasarán y de la mayoría de la población que ya solo resistía a los bombardeos interminables.
Un trozo de la historia española y de la fotografía universal que el destino no ha querido que se pierda, esperemos que nosotros tampoco.

(Desde el 6 de octubre al 23 de enero en la sala 1 del Museo Nacional D` Art de Catalunya)