El nuestro fue un
encuentro casual. Motivado por una mano generosa que me cedió su buhardilla del
tercero por unos meses y la complicidad de otra amiga, que un buen día nos
presentó: dios los cría y M los junta. Las primeras jornadas me
recibió con una actitud cordial pero distante, no marcó territorio porque
intuía de antemano que todo el que entraba ahí, ya conocía la estructura social
del Centro Cultural Manuel Rojas (CCMR). Vamos, que el perro sabía perfectamente
cual era su lugar, yo por entonces lo que desconocía era que Tontón, era el
líder de una manada de gente hermosa con la que había transitado la última
década embarcado en un proyecto político-cultural insertado en el barrio Yungay
del cual era parte activo. Se había ganado ese derecho ya no por sus diecisiete
años, sino que por lo que había entregado en sus tiempos mozos y ahora en la
vejez; cariño y compañerismo.
A la semana me acoplé
a sus rutinas, introduje otras y disfrutamos de la compañía mutua. Por la
mañana el primero que salía de casa le abría la puerta para que se diera su
breve paseo por la calle; sus desplazamientos estaban limitados por el paso del
tiempo. Primero iba al árbol que quedaba en frente, meaba con dificultad y
luego cruzaba con despreocupación la calle hacía el parque donde removía con su
pata derecha la misma porción de tierra de todos los días y con el hocico
oteaba hacia el horizonte mediato; aquellos eran sus dominios simbólicos por
los que antes había corrido. Estaba viejo pero tenía una postura corporal que
impedía que los perros callejeros se metieran con él. Luego volvía y se
recostaba en el umbral de la puerta con sus patas cruzadas para coger los rayos
del sol que se hacían más escasos a medida que avanzaba la transición de otoño
invierno en aquel Santiago de Chile de 2013. Después era la hora del desayuno y
la medicación para atenuar los achaques. Entonces había que abrirle el hocico,
introducir tu mano y dejar caer la pastilla en su garganta, rara vez protestó. Cualquier
habitante de la casa, sabía que había que coger la colcha de Tontón que estaba
instalada estratégicamente en la entrada del salón principal (desde ese lugar
se veían los dos salones y el patio interior, y también la bifurcación de la
casa en donde se iba hacía la cocina o se subía hacía las habitaciones, aquella
es la frontera entre el Centro Cultural y la casa que pertenece al mismo) y
extenderla al lado de la palmera por donde a medio día se cuela el sol. Yo
tenía tiempo y de ahí a compartir un café con el que siempre sostiene la mirada
cuando le hablas, se hizo una costumbre natural por dos meses.
Tontón sabía que a
media tarde comenzaban a llegar todos los que dan vida al CCMR. A veces era el
teatro cabaret de las maracas del mambo
ensayando o el taller de poesía critica, las mujeres del barrio embarcadas en
un proyecto de autogestión, lo mismo el lanzamiento de un libro, un ciclo de
cine debate, una actividad de danza o música para recaudar fondos, o una movida
noche celebrando el cumpleaños de Mauricio Redoles….en fin, que Tontón estaba
acostumbrado a entradas y salidas, a escuchar poesía mientras el invierno hacía
su entrada con las primeras lluvias que caían tras el cristal, era capaz de identificar
el eco que producía un beso apasionado o las palabras de una conversación que
estaban marcadas por la convicción de que la unidad social era la única manera
de avanzar en la construcción de un nuevo Chile. A esas alturas, con la
sabiduría que dan los años, Tontón prefería alejarse hacía su cobijo porque ya
tenía demasiado archivo en su memoria perruna. Y ahí siempre estaba la mano que
acercaba la estufa hacía su aposento, la misma que por estos días-imagino-se
despide acariciando su lomo y recordándole que cuando llegue el momento no
estará solo, sino que en su hogar y rodeado de su manada más intima.
Aquella fría mañana
que nos despedimos ambos sabíamos que no volveríamos a vernos. Así que
repetimos la rutina de la medicación por última vez y después de sorber agua
nos dimos un gran abrazo, ya todo había sido dicho, ahora no quedaba más que
emprender cada cual su camino; yo volvía por opción a España, el epicentro de
la revolución neoliberal europea; aquella era mi batalla para los próximos años.
Por su parte Tontón se quedaba en el bello y activo barrio Yungay observando
las transformaciones político-sociales revitalizadas por una nueva generación
sin miedo contra le hegemonía neoliberal chilena.
Por estos días me
llega la noticia de que Tontón está delicado de salud, cansado, consciente que
se acerca el momento de partir, tal vez. A la distancia lo imagino tranquilo,
echado sobre su manta roja con su manada íntima y el gato tuchi dando por culo por la casona avisando que se le acabó la
leche. Tontón lo mira de reojo, acostumbrado a su presencia y sus exabruptos de
gato alfa venido a menos, prefiere enfocar su mirada almendrada para intentar transmitirle
a su manada un rotundo y silencioso: confieso
que he vivido. Y ahí sigue Tontón dando la pelea.
¡Salut por ello!
(fotografía: 10 aniversario del CCMR, 2011.
Archivo del centro)