junio 23, 2008

La Doctrina del Shock: Los padres y su criatura (apuntes I)


En los años cincuenta el psiquiatra, Ewen Cameron, estaba obsesionado en investigaciones prácticas que contribuyeran a transformar la mente humana en un estado puro sin memoria; una tabla rasa en donde reeducar al elemento del cuerpo social que se había desviado de su funcionalidad ante la realidad que vivía. El padre del electroshock no sólo descargó su ira a través de impulsos eléctricos sino que aisló a sus prisioneros de todo contacto sensorial que pudiera ayudarlos a reescribir o solidificar su historia. Los drogó con LSD, los privó del sueño, de las rutinas diarias, jugo con el frío, el calor, con ruidos ensordecedores y posturas corporales. Con los años sus investigaciones y métodos de tortura fueron perfeccionados por la CIA que terminaría aplicándolo en cualquier parte del mundo en donde hiciera falta doblegar al otro con un tratamiento de shock. Los prisioneros de Guantánamo, las cárceles secretas de la CIA repartidas por Europa, Asia y África y los vuelos secretos que deslocalizan prisioneros que durante años no existen en ninguna lista; son hoy la última expresión de está práctica de tortura normalizada por la guerra globalizada contra el terrorismo islamista.
Por aquel entonces otro hombre obsesionado con la teoría de la libertad de los mercados también soñaba con la posibilidad de una tabla rasa económica; una economía en estado de capitalismo puro sin distorsiones y si las había, estas debían ser corregidas con shock políticos sobre los países para que se sumaran al tratamiento económico. Su nombre era Milton Friedman, y su laboratorio ideológico era la Facultad de Economía de la Escuela de Chicago donde se formaron centenares de economistas chilenos, mexicanos, brasileños, argentinos, uruguayos.. Todos tendrían su oportunidad en la década de los setenta y ochenta de aplicar sus shocks económicos a la población mientras las dictaduras militares se decantaban por el asesinato, las desapariciones, la tortura y la violencia sistemática que terminarían por doblegar al cuerpo social que entraba en la larga resaca del desamparo.
Naomi Klein dice que “los golpes militares (en América Latina) prepararon el terreno para la terapia del shock económico” y no se equivoca tampoco al afirmar que “aquella fue la primera victoria de su contrarrevolución global. Luego vendrían los otros shock económicos que se aplicarían a esos mismos países que venían dejando atrás la bota militar y entraban en el desencanto de las jóvenes democracias que nacían coaccionadas por el implacable y evidente triunfo del neoliberalismo tras la caída del muro de Berlín. El japonés Fukuyama ya había lanzado su dardo venenoso sobre el fin de la historia; la derrota del comunismo del este no era el fin de una ideología sino que la de la historia como tal. Así entonces la historia de todos podía ahora ser rescrita a través de la profundización y la aplicación de shocks de deudas, precios, monetarios, de la venta de toda la estructura estatal que antes no habían sido rematadas, se flexibilizó aún más la precariedad del empleo, se redujo el gasto público, nunca como antes el futuro se vio tan agrio a medida que las transiciones políticas del cono sur hipotecaban el futuro económico de la población a través de un ajuste estructural de la economía.
El shock de la pícana eléctrica dio paso al shock de la deuda externa (schock Volver) y al nuevo orden de la economía mundial desregulada y cada vez más volátil.
En el año 1985 Bolivia venía saliendo de la dictadura de Bánzer con una súper inflación de seis dígitos. Para terminar con aquel panorama se contrató al joven economista, Jeffri Sachs, que al poco andar se convertiría en el nuevo “doctor shock” al trasladar todo el coste social hacía los pobres por medio de una terapia de shock extrema que tenía la compensación de recibir créditos. La población no lo supo hasta que el Gobierno de Paz Estensoro ( que durante años había construido una economía desarrollista ) lo hizo público; se aplicaría un Gobierno de corte neoliberal profundo y de golpe. Los sindicalistas fueron apresados, la resistencia civil aniquilada por el bien de la libertad económica y se hizo costumbre que los programas políticos de la izquierda que llegaban al gobierno terminaran archivados en el almacén de las buenas intenciones. Los socialistas chilenos en 1990 tras la dictadura de Pinochet decidieron olvidar sus promesas electorales que versaban sobre la justicia social en aras de un fin mayor que significaba, según ellos, la estabilidad democrática. En Argentina también se repetía el proceso aunque este ya estaba mucho más avanzado en su apetito destructor que tenían en estado de coma a la ex clase media y para que decir como vivían los otros que nadie quería ver. En Polonia todo vino de pronto; cayó el muro de Berlín y el intervencionismo soviético en el este europeo, la algarabía se extendió por todos los territorios, se destaparon centenares de botellas de champagne en las calles como en las oficinas comerciales alejadas a miles de kilómetros de la nueva zona cero. Lech Walesa el líder de Solidaridad también en pocos días sorprendió a los polacos con medidas neoliberales extremas que en semanas redujeron el tamaño del estado, echando a la calle a miles de trabajadores, luego sin inmutarse un pelo troceo las empresas públicas y los astilleros; el símbolo de aquella larga lucha por la libertad política.
A Sudáfrica le tocaría también su dosis de schock económico si quería dejar atrás el apartheid blanco. Los chinos ante el descontento económico que estaban provocando la segunda oleada de shock neoliberal se echaron a la calle y juntaron sus cuerpos en la plaza de Tiananmen. Aquello acabaría en un reguero de muerte en donde se dejaba claro que en china la única libertad posible en el futuro sería la económica y aquello fue bendecido por las corporaciones financieras internacionales y su reguero de gestores políticos. El shock económico que se profundizó transformó a China “en el taller industrial de mano de obra barata del mundo y, por tanto, en la ubicación preferida de las plantas de producción subcontratadas por prácticamente todas las multinacionales del planeta. Hoy 2900 hijos de funcionarios del Partido Comunista (los principitos) controlan una riqueza de 260.000 millones de dólares.
Los resultados en Rusia no pueden ser más pesimistas después de aplicar repetidas terapias de shocks económicos, políticos y militares. (Chechenia) Hoy más del 40% de la población vive bajo la pobreza, contrastando con el pequeño grupo de oligarcas multimillonarios nacidos tras las privatizaciones de la estructura estatal.

junio 17, 2008

La Doctrina del Shock: El auge del capitalismo del desastre


Hace cinco años salí de Chile rumbo a España. El avión de Aerolíneas Argentinas se estropeó en Buenos Aires y ahí todos quedamos a la deriva durante más de seis horas. Deambule de un lado a otro del aeropuerto pensando que el viaje migrante empezaba mal. Tarde en decidirme a entrar en los pequeños módulos donde colgaban un centenar de revistas y libros porque todo mi capital se resumía en 50 dólares, hasta que lo hice y para mi sorpresa me encontré de cara con el libro que no había podido comprar al otro lado de la cordillera debido a su excesivo precio. Era “No Logo” de, Naomi Klein, y en el aeropuerto de Ezeiza hasta donde llegaba la profunda crisis económica lo tenían a un precio de 10 dólares, era necesario leerlo para asomarse a la trastienda de la globalización capitalista y sus iconos empresariales y de consumo. Aquel libro se transformo con el tiempo en un elemento de referencia para el creciente movimiento antiglobalización por la reestructuración simbólica del complejo capitalista. Conceptos como deslocalización, maquiladoras, precarización, la estadística de vivir con un euro al día tomo rostro en los balones Adidas cosidos por el trabajo infantil en Asia, o las prendas de vestir de Zara confeccionadas por mujeres marroquíes o latinas en condiciones miserables; Naomi Klein escarbó detrás de la maquinaria y los símbolos ideológicos del consumo mundial para mostrarnos una realidad abismante en la cual todos participamos.
Cuando uno termina con las más de 600 páginas que componen el último libro de la periodista canadiense de investigación, Naomi Klein, no se sabe bien que hacer. Algunos preferirán salir a algún bar en busca de una caña que amague la sequedad de la garganta que se produce tras repasar la violenta historia del capitalismo neoliberal de Milton Friedman y su Escuela de Chicago de las últimas tres décadas y sus Shocks económicos, políticos y militares que han dado paso a un escenario real en donde ahora lo que se privilegia es el desastre social colectivo ( Nueva Orleáns, Irak, Tsunami…) como desarrollo del capitalismo más furioso. Algunos no se molestarán en terminarlo porque en su visión objetiva lo definirán como un ladrillo de buena factura intelectual de la propaganda de resentidos antiglobalización. Una exageración de los daños colaterales que produce cualquier transición hacía el desarrollo replicarán con fuerza los defensores de la maquinaria neoliberal. Más de algún economista latino enclavado en su puesto dirigencial o en la empresa privada sólo recordarán la erección que les produjo volver a repasar su historia y escuchar en tanto labio extranjero la bendita frase del milagro económico. Otros simplemente se quedaran en el preciso lugar donde han cerrado la última página, tomarán aire y exclamaran mientras el humo sale de su boca: hay que joderse!
Tras un trabajo de investigación de cuatro años - entrevistas y viajes por América Latina, Europa, Asia y Medio Oriente – la La Doctrina del Schock está llamada a convertirse en la historia no oficial del libre mercado que posibilite deslumbrar a muchos aquella unión entre violencia y capitalismo. Esta es la historia de cientos de millones de personas y sus países que se han visto atrapados en el carnaval del libre mercado y su estela de desolación social que condicionan la sobrevivencia más básica. Después del atentado contra las torres gemelas de 2001 y la guerra de Irak se ha entrado en una nueva modalidad –lo que Naomi Klein llama el complejo del desastre del capitalismo- de desarrollo auspiciado desde el complejo de las multinacionales y bendecidos tanto por los neoconservadores norteamericanos como europeos. Ahora es la época del shock de la seguridad y su nueva plataforma de negocios que no ha parado de crecer y que más temprano que tarde, necesitará otro escenario geopolítico para profundizar en el control global.

junio 11, 2008

Un litro de pánico social y dosis de desabastecimiento moral



Hoy he pasado frente a una estación de combustible donde pude comprobar que centenares de personas se siguen agolpando para llenar el estanque de su coche, el de su señora, el de sus padres y también, porque no, el de alguno de sus niños que a esa hora no puede porque está estudiando para la selectividad. Sacan bidones desde el maletero y no dudan en buscar cualquier recipiente que permita llevarse dos o tres litros extra a casa. Muchos después de observar por televisión aquella imagen se suman a la demanda descontrolada por conseguir gasolina y así en pocas horas, en pocos días, dejan secos a los surtidores y sus reservas para una semana porque se lo han chupado todo en un ataque de pánico al desabastecimiento que puede provocar la huelga de camioneros y los cortes de ruta que han paralizado la actividad de transporte de mercancías. Las flotas que distribuyen el combustible no están en huelga porque en su gran mayoría dependen de Repsol y Cepsa y el desplazamiento de estos por las carreteras está siendo garantizado por la policía.
En el supermercado del barrio para comprar una barra de pan y alguna que otra cosa tuve que esperar media hora porque sospechosamente los carros iban más cargados que nunca. La señora del cuarto, que vive sola, compró más de una veintena de cajas de leche, cosa extraña porque para los jubilados del barrio no hay paseo más fiel que el de ir diariamente al supermercado o a la tienda en búsqueda de lo que se necesita y así despejarse un poco. Otros hacían acopio de carne y muchos se quejaban de que algunas cosas comenzaban a escasear. Una señora envuelta en una tristeza paranoica anuncia a los hogares españoles en horario de máxima audiencia que sólo le queda un lenguado en casa y nada más de pescado fresco para lo que queda de semana. Otro hombre con pinta de comercial rellena el carro de cereales, yogurt, agua, leche y mucha carne aduciendo que ante todo está la alimentación de los chavales. La gente alienada por la cobertura mediática que exagera la situación se lanza a acaparar productos ayudando así a fomentar un ambiente sicótico que no tiene nada que envidiarle a una película catastrofista de Hollywood. Y de paso así también ayuda a que los precios se sigan incrementando en esta alza general de la vida que provoca el precio del petróleo
Y si hoy no hay pescado fresco o pollo o verdura porque los camiones no han salido seguramente no pasará nada. Ha nadie se le trastocara su ingesta alimenticia, que en fin, nadie morirá de hambre en los próximos días porque aquí sobra comida y lo único real que escasea por estos días es una cuota de cordura social. Más aún en plena época de crisis alimentaría en donde día a día millones de seres humanos entran en el real desabastecimiento no temporal sino eterno con la ayuda de las grandes potencias, las multinacionales y sus especuladores que ahora se dedican a la compra de cosechas a futuro para alguna eventualidad o para transformarla en biocombustible que podrá ser ecológico, pero con un tufillo a muerte que hace heder este comienzo de siglo.

junio 03, 2008

Violencia machista


Todos los días España amanece con una mejilla magullada por la violencia machista y su reguero de cuerpos femeninos quemados con ácido, arrojados por el balcón, o apuñalado en la oscuridad de la habitación marital o a la salida del trabajo. Otras mujeres con más suerte sufren el miedo constante a que el verdugo aparezca para concretar su amenaza. En lo que va de año 28 mujeres han sido asesinadas a manos de sus parejas o que han dejado de serlo, más de trescientas en los últimos cinco años. La entrada en vigencia de la ley contra la violencia de genero desde hace unos años y la intensa campaña mediática para sensibilizar a la población sobre el tema aún no logran detener las agresiones. Más de 50 mil juicios por maltratos han terminado en condena, miles de mujeres viven con una orden de alejamiento que siempre la incumple algún chacal obsesionado con la idea de la mujer como propiedad privada.
Un tercio de los maltratos denunciados afectan a las mujeres inmigrantes y la cifra seguirá creciendo por la vulnerabilidad social en las que desarrollan su vida muchas de ellas. Pero el problema no se circunscribe sólo a este colectivo ni a los barrios populares españoles o a los viejos laberintos culturales de la posguerra, la violencia machista cruza a todas las generaciones y salpica a todas las estratificaciones socioeconómicas de la España profunda y desarrollada.
La cultura machista de la “madre patria” que heredó y desarrolló- por cojones- el continente latinoamericano es hoy otro lazo que nos une. Esto debieran también decirlo los voceros, a uno y otro lado del charco, que tanto versan y escudriñan sobre el concepto de una presunta Iberoamérica. El machismo latinoamericano y la desigualdad de género es hoy un tema transversal que cruza a las economías más marginales y a los modelos de libre mercado más furiosos creados por los economistas de la Escuela de Chicago (M.Friedman). La visibilidad de aquella violencia machista en tierras latinas se ve aplacada por los mediadores de la estructura patriarcal que hacen del maltrato psicológico y físico sobre las mujeres un tema de índole cultural y de carácter privado, ajeno al desarrollo colectivo de las sociedades.
Ellas, las de todas partes, las que comienzan a currar desde jóvenes y las que no dejarán de hacerlo hasta que haya fuerzas para sacar adelante a los críos y la vida, las que no se conforman con vivir en la hostilidad del desamor y se dan una nueva oportunidad para renacer. Aquella que vive pendiente de los hijos ausentes y sólo le pide un poquito de amor y compañía a la aventura errante y de vuelta sólo recibe una maldita puñalada, o las miles de ellas que dejan sus mejores años en las maquiladoras deslocalizadas para el consumo mundial; todas ellas serán fuertes a la hora de deshacerse de los payasos machistas que no vienen a aportar nada sino que a joder un poco más la pálida vida. Que así sea.


mayo 29, 2008

Juventud popular, consumo de drogas e histeria política chilena (I)

Chile y su bipolaridad social

Hogueras de maría
Y quizás fue al comienzo de la transición a la democracia chilena (1990) cuando las plantaciones clandestinas de marihuana comenzaron a arder en la zona central y sur de Chile de manera más intensa y desbocada. Policías, jueces, políticos y periodistas asistían entonces con satisfacción valórica a las hogueras de maría, o a cualquier otro rito político- social que ayudara en la limpieza del cuerpo anémico chileno que iniciaba su frenesí democrático en la medida de lo posible. Todos ellos, llegado el momento, se colocaban en dirección contraria al viento a la espera de que algún barbón del OS-7 (policía antidroga) arrojara la antorcha a las plantas que habían sido arrancadas de raíz y rociadas con gasolina previamente. Y muy cerca de ahí, en lo alto de algún pequeño cerro o escondidos entre los pastizales, se podía ver también a muchachos en bicicleta corriendo tras las direcciones caprichosas que el viento emprendía en esa quema a campo travieso. Cuando aquel chiflón golpeaba sus rostros; inhalaban fuerte y retenían el aire, después de unos minutos de infusión caían rendidos de placer y sus cuerpos se perdían entre el pastizal. Sólo faltaba algún cura - que aterrorizaba cada domingo a los feligreses con su sermón católico contra la marihuana y los marihuaneros- para bendecir aquella escenificación de la política antidrogas que iniciaban los gobiernos de la concertación democrática y la derecha reaccionaria chilena.
Los consumidores de toda una vida; que habían resistido a las críticas desmesuradas de la izquierda revolucionaria en la época de Allende, aquellos mismos volados que mantuvieron el hábito de fumarse algún pito (porro) durante la bota militar y que pretendían seguir haciéndolo con un poco más de libertad, contemplaban aquellas hogueras por la televisión pública con preocupación y dándole una calada al último porro a buen precio que se podía conseguir en las calles del contorno urbano popular. Las nuevas masas adolescentes que comenzaban a despertar en democracia, a explorar hasta que vértices los sueños podían ser reales, no prestaron mayor atención a la guerra declarada contra la marihuana. Muchos confiaban en los productores nacionales y en el ingenio del chileno para disimular los cultivos. Pero al poco tiempo los paquetes de marihuana se hicieron excesivamente caros y pequeños. Ya no era posible comprar un par de buenos canutos preparados por unas monedas o recurrir a los circuitos de siempre en busca de esa confianza clandestina; aquella en que la transacción pasaba a ser un detalle cotidiano del callejeo barrial.
La demanda aumentaba a medida que la oferta se contraía por la ofensiva política - policial. Si bien seguía habiendo yerba, en las poblaciones del Chile post dictadura esta no era capaz de saciar la ansiedad de cientos de miles de muchachos y muchachas que se estrenaban en el reventón callejero de los noventa. Y también estaban los otros; aquellos jóvenes de la generación de los ochenta que no sólo habían puesto la ilusión, sino que el cuerpo en la lucha contra la dictadura, y ahora más que nunca tenían el corazón salpullido de muerte y desesperanza. La policía civil y carabineros que había llevado a cabo con ahínco su misión de reprimir, torturar y asesinar en la dictadura de Pinochet, se volcó con todo su esfuerzo patriótico en democracia a la detención por sospecha, a la criminalización de la juventud popular y a intensificar los controles para desmantelar el trapicheo con marihuana o con cualquier sueño libertario que intentara desbordar el proceso democrático de la histeria chilena que continua hasta hora.
Con los años la política del consenso chileno supo que ya no se necesitaba tanto plomo como antes para disciplinar a esos contornos periféricos que habían dado pelea a la dictadura y ahora sólo eran bolsones urbanos marginales. El libre mercado también soltaría en los sectores populares y en la gran clase media baja que huye de la pobreza, sus granadas de futuro incierto lleno de clasismo socio- económico. Drogas miserables que expropiaban al ser humano de su vida, también podían ser una manera eficiente de adormecer a esa gran masa juvenil marginal que estaba condenada a seguir esperando que el modelo económico de la dictadura por fin se pegara una buena corrida de oportunidades e igualdad en sus rostros demacrados.
El plomo policial se dejó para abatir a jóvenes lautaristas en un microbús cerca del Apumanque, una se guardó para la frente de Marco Ariel Antonioletti, otra para algún delincuente juvenil que levantaba las manos para entregarse y recibía un par de balazos porque algún funcionario creía ver un arma, otra para el universitario y trabajador Daniel Menco asesinado por el Teniente de Carabineros, Norman Fuentes, afuera de la Universidad de Antofagasta, otra para Claudia López y su último baile en la población La Pincoya, otro plomo impune se llevó a Alexis Lemún y Matías Catrileo en su carrera vital por recuperar las tierras mapuche del sur de Chile…
En el barrio alto de la capital y los sectores medios acomodados nunca faltó la yerba porque ahí no compraban al menudeo como en las poblaciones, había otro trato, otro mercado que no sería desabastecido pese al incremento del consumo de cocaína. Los otros y sus cordones de concreto pareado que rebosan de sueños truncados por la realidad serían inundados por drogas de baja calidad y un mercado negro cada vez más violento que reconfiguró las representaciones sociales en el colectivo nacional.

Bipolaridad social
La década de los noventa y su discurso de progreso se transformaron en un eructo de mala educación burguesa para el concreto proletario y sus habitantes juveniles cargados de desencanto a medida que se iban haciendo mayores y el futuro precario adquiría categoría de presente abrumador. Como callampas brotaban en los sectores populares los grandes centros comerciales, los hipermercados y el olor de la fritanga gringa mientras metros más adentro se decidía si pagar el recibo del agua o comprar una bombona de butano porque si no, no se podía llegar a fin de mes. Algunas familias del extrarradio juntaban monedas durante semanas para llevar a los críos a dar una vuelta al mall y saborear un helado, grupos de adolescentes a punto de terminar el colegio público, e ingresar en otra incertidumbre, observaban deslumbrados el último modelo de zapatillas Adidas que costaban un sueldo mínimo y colgaban de una vitrina luminosa al otro lado de la avenida.
Cualquier pobre descontextualizado que se compraba un televisor de pantalla plana a 48 cuotas mensuales dejó de ser pobre para la macroeconomía nacional y el progreso simbólico; los campamentos y sus pobladores que eran relocalizados en los bordes de Santiago en centenares de nichos de cemento aparecían con frecuencia en la televisión policíaca y desaparecían de la estadística oficial de pobreza porque ya tenían un techo así que el problema estaba resuelto. La democracia se acostumbró a llegar a esas fracturas sociales sólo con afiches en las campañas electorales, el resto del año eran retocados con asfalto para dejar atrás el tierral, farolas para iluminar la incipiente delincuencia juvenil y comisarías para reprimir a los hijos de la transición que se transformarían en el enemigo interno no sólo del sistema policial sino que de sus propios vecinos.
Y la frustración no sólo era económica o social, también era política-simbólica porque si bien en aquellos bordes faltaba la educación formal, sobraba la memoria visual y la intuición para saber que nuevamente los -nos- habían jodido. Lo que en un momento había extasiado los corazones pendejos, con los años se transformó en un plomo enquistado en la espalda. La llamada patria pesaba- y pesa tanto o igual- que los cabrones civiles y militares que ha parido por doquier.
Las inauguraciones de grandes centros comerciales y tiendas transnacionales de consumo se hicieron frecuentes en toda la periferia santiaguina pero por sobre todo en comunas como La florida, Maipú y Puente Alto que representa el sueño chileno de ser clase media emergente. Los descampados y sus campos de fútbol se transformaron en grandes extensiones de concreto con un césped de verde intenso desde donde emanaban palmeras tropicales y tarjetas de crédito para equilibrar los precarios presupuestos familiares.
El mall o centro comercial es en Chile la plaza pública por excelencia; el punto de integración de la extensa y desigual familia chilena eternamente atrapada en el neoliberalismo radical chileno aplicado por Pinochet desde finales de los setenta. Los barrios populares se volvieron inseguros en los noventa por hechos reales y ascendentes de delincuencia juvenil, y sobre todo, por el interés de los grandes medios de comunicación, la clase política y las fundaciones política económicas, todos ellos y muchos más que siempre se mueven en la sombra transformaron el tema de la seguridad ciudadana en el enemigo interno, desplazando temas trascendentales en el devenir chileno como son la redistribución de la riqueza que día a día aumenta, haciendo de las cifras macroeconómicas un espejismo que no se ciñe a la realidad del grueso de la población.



juventud popular, consumo de drogas e histeria política chilena (II)

Aluvión blanco ocre
La década de los noventa estuvo marcada por la escasez de yerba verde en las poblaciones y la introducción de pasta base de cocaína a bajísimos precios en cada esquina popular que modificaron no sólo el consumo, sino que las relaciones sociales en los pliegues de la pobreza urbana. Los señores de la prudencia democrática que construían el Chile de la simulación a través de discursos y retazos simbólicos no prestaron mayor atención al aluvión blanco ocre que ya para 1991 estaba instalado en los circuitos periféricos juveniles de Arica, Iquique, Antofagasta y Calama. Ya en 1986 varios centros de salud nortinos habían dado la voz de alarma sobre los efectos que estaba produciendo entre la población juvenil el alto consumo de pasta base de cocaína llegada desde la cercana frontera con Perú y Bolivia.
Mientras para Santiago la pasta sólo era un rumor callejero que en algunos espacios se comenzaba a probar, en el norte, los efectos del consumo extendido de la pasta base ya habían delineado su estética destructiva no sólo en las capas populares ancladas a la cesantía, sino que también en los universitarios foráneos que iban en búsqueda de la movilidad social y terminaban por dejarlo todo después de quedar enganchados a la pasta en los carretes nortinos.
La pasta base de cocaína irrumpió con fuerza en las poblaciones del Santiago urbano el 92, 93, 94, 95; miles de papeles de aluminio con pasta se encendieron en la movida popular santiaguina de la periferia que salía de marcha en su pequeña cartografía; de plazas, esquinas, portales de bloc, pasarelas, canchas, alguna casa o sede social. Se fue haciendo común de que uno pasara semanas enteras sin conseguir pitos, los que antes vendían yerba ahora sólo trabajaban con pasta base y cocaína, y los que tenían yerba para mover, subieron los precios haciéndolos inalcanzables para la juventud popular que era tan diversa como la necesidad de buscar algún paliativo que mitigara la realidad tan mediocre que ofrecía el Chile democrático de Aylwin y Freí, después, vendría Lagos y ahora Bachelet.
En los primeros años de masificación se fumaba exclusivamente con tabaco, tabacazos que después fueron dando paso a los pipazos para aumentar su efecto. Pipas artesanales con tubos de pvc que se llenan con cenizas de cigarro y donde se vierte la pasta para luego fumarla. En menos de diez segundos uno se eleva, al minuto está plácidamente estabilizado pero antes de veinte minutos se desciende con angustia y sin siquiera un paracaídas sensorial a la realidad desde donde se ha emprendido la huida. Es tan corto el efecto que de nuevo hay que abrir la papelina para preparar otro pipazo. Hay que volver al baño, al patio o al descampado solitario para consumirla sin que nadie te pida. Imposible saber el momento exacto en que el aluvión blanco ocre llegó para quedarse y llevarse a tantos retoños de la miseria, a tantos cuerpos llenos de sueños que se fueron, que se van, que se irán diluyendo en el patio trasero del exitismo macro- económico chileno.
La pasta base de cocaína se tragó los últimos años de la paty que ya había perdido hasta la ilusión de viajar al litoral central para conocer el mar. Así, sin sentir la brisa salada en la comisura de sus labios adolescentes que estaban partidos tras tanto pipazo, se fue para siempre una noche de verano con su cuerpo menudo. El Javier la noche de año nuevo tuvo un último mal viaje; la angustia lo acorraló en su cuarto del block D, sintió que iban a por él un carnaval de siluetas marchitas, se escabullo como pudo de aquel refugio hasta descender a los tejados vecinos. Corría por los techos de la población desesperado mientras se iban encendiendo las luces del pequeño pasaje, algún vecino de gatillo fácil lo abatió a metros de alcanzar la calle, ahora está en la plaza con la mirada perdida y sobre una silla de ruedas.
Miles de chicos y chicas, cientos de piños (grupos) de adolescentes en busca de diversión, dedicaron alguna noche a la embriaguez pastera pero para muchos eso fue todo. Otros continuaron en escalada ascendente, al poco tiempo tuvieron que salir a la calle a revender pasta base, a ganarse unos pesos para sustentar su consumo personal, a otros, no les quedó más remedio que salir a la calle derechamente a robar. Y la moda de la pasta compuesta de metanol, queroseno, saborizantes, sulfato de cocaína, ácido sulfúrico, bases alcalinas y otros alcaloides se desbordó de la estampa clásica de los pliegues sociales más vulnerables, para estar presente en todo ese gran abanico social heterogéneo que se considera clase media chilena, para, por último, terminar estabilizándose en el 3% de los sectores más pobres que hoy están tapiados de pasta y escombros del capitalismo periférico
Sus rostros y las dinámicas de la angustia sólo se utilizan para robustecer el estado policial chileno y su política represiva en el tema de las drogas. La inquisición de los medios de comunicación se fue quedando con el rostro de la delincuencia juvenil intoxicada de hambre de futuro y pasta base después de asaltar algún microbús con violencia desmedida o de matar a otro joven por un miserable cigarrillo. Con rabia y desolación los otros quieren hundir la navaja en otro cuerpo que no siga siendo el suyo, quieren gritarle a los que viven fuera de su pequeño territorio, que aún están vivos pese a tanta exclusión, miseria y sueños rotos, quieren mostrar que aún pueden equilibrarse en esta vida que se hace cada vez más peligrosa a medida que la distribución de la riqueza ensancha la bipolaridad social chilena.
La pasta base en los noventa creció en los sectores más pobres como el crack lo había echo en los barrios negros de estados unidos en los primeros años de la década de los ochenta, después de ser introducida por el Consejo de Seguridad Nacional y la CIA en el mercado callejero para financiar a su contra nicaragüense que luchaba por derrotar a la Revolución Sandinista. Ahora el Paco aniquila los grandes núcleos populares de Buenos Aires y Montevideo en una danza macabra de silencio, hambre y desolación. Desde el año 2000 su consumo se ha hecho fuerte y sostenido en las barriadas populares de la capital argentina, kilómetros más allá del obelisco hay una Ciudad Oculta que rebosa de siluetas juveniles marchitas tras tanto Paco.
En Bolivia el consumo de base se ha tomado manzanas enteras en la ciudad de El Alto. A cuatro mil metros de altura el polvillo blanco se ha hecho popular entre la juventud que ha vivido en la exclusión permanente, siempre aplanando eternas calles de tierra y observando la misma estampa de casas a medio construir que los han visto crecer. Y los barrios limeños al otro lado del Río Rimac o los otros que repiten la dinámica de la angustia a orillas del pacífico, en el Callao.

Prohibicionistas
Después de dieciocho años en Chile los sectores sociales arrasados por el modelo de libre mercado están teñidos de blanco pálido o en su defecto marihuana paraguaya prensada con disolventes químicos. Ahora es el tiempo de las “bolsitas” de cocaína de baja calidad que se pueden conseguir hasta por tres mil pesos (5 euros). En los ambientes juveniles populares y sus generaciones anteriores, cada vez más gente se engancha al mercado de la coca recortada de cocaína porque son otros los impulsos y carencias que hay que mitigar. Otra estampida de polvo blanco se va quedando en los bloques de cemento de los cinturones periféricos en donde el tiempo avanza con la majadería de la hostilidad oficial que aún no quiere entender que la guerra contra las drogas es una quimera, un sueño tan estéril como las campañas de terror contra las drogas o los dictados morales de ex drogadictos que trabajan en el CONACE y son capaces de apoyar la misma política intolerable que también ayudó a destruir sus vidas.
Y la respuesta oficial no es más que coercitiva, jamás un gesto de comprensión o una autocrítica sale de sus labios cuando dan a conocer las estadísticas nacionales de consumo de drogas. Leen cifras y cifras pero no son capaces de dar, siquiera esbozar, una respuesta al flagelo del consumo de la pasta base que se estabilizó en el 3% de la población nacional. Si quisieran ayudar estarían reparando el daño psicosocial causado por su actitud histérica con respecto al tema de las drogas con una política agresiva de reducción del daño para los chicos y chicas de la pasta. Modificar el consumo del eslabón más precario de las drogas hoy debiera ser un valor ético moral para la clase política chilena tan asidua a misa dominguera, y sobre todo, para los ex socialistas que soñaron con abrir las grandes alamedas y ahora reparan su derrota moral con un sencillo tinte progresista.
Y es posible - por qué no- que alguna imagen en el destierro obligado de muchos de ellos por Europa haya condicionado su juicio banal e histérico sobre las drogas. Quizás la estampa de algún joven holandés inyectándose heroína a plena luz del día haya desequilibrado su juicio sobre la tolerancia, o tal vez aquel aroma árabe del hachís que los jóvenes españoles consumían -consumen- en plena calle en la incipiente tolerancia de la transición española de su querido Felipe González tuvieran algo que ver en su mirada mezquina con la marihuana. Los prohibicionistas de la transición chilena siguen aplicando su fórmula de Prevención- Penalización- Rehabilitación y Represión ante el tema de las drogas y su consumo.
A veces un día domingo por la mañana alguna campaña estatal reparte publicidad a grupos de jóvenes que siguen vacilando los destellos de la noche pasada en alguna plaza o feria popular. Y quizás si hubieran llegado diez años antes, primero a escuchar y ver, para luego hablar y proponer, algunos se hubieran salvado; ya es tarde. El folleto propagandístico que intenta prevenir el consumo de drogas tiene como destinatarios a pendejos que ya no están experimentando con drogas miserables sino que subsistiendo dentro de ese mundo paralelo. A veces salen de su confinamiento social para cometer un asalto con violencia, un asesinato angustiado, un cogoteo ramplón, un asalto farmacéutico lleno de violencia gratuita que no tarda mucho en llegar a las televisiones chilenas en horario de máxima audiencia.
Una nueva dosis de miedo y estigmatización van arropando a la familia chilena que invierte en barrotes para las ventanas y vidrio molido para asegurar las panderetas del perímetro exterior. Los otros se inclinan por las alarmas de última generación, guardias de seguridad y video vigilancia. Ex socialistas hoy socialdemócratas, pinochetistas reconvertidos en demócratas, democratacristianos arrastrando la cruz de su doble moral, izquierdistas reaccionarios, empresarios televisivos y de prensa escrita, fundaciones socio-políticas en búsqueda del enemigo interno juvenil, grandes masas de histéricos e hipócritas, todos contribuyen día a día a la creación de nuevas representaciones sociales que amenazan el carnaval del buen rollito chileno lleno de insatisfacción y prozac nocturno.



mayo 22, 2008

Italia: cazando gitanos y criminalizando a los inmigrantes sin papeles

Y mientras eso sucede en los arrabales urbanos de Sudáfrica, en pleno corazón de la Europa culta y artísticamente bella se desata otra casería xenófoba contra los gitanos, los rumanos y los inmigrantes sin papeles. En bolas de fuego se han convertido los campamentos gitanos de las afueras de Nápoles y Roma, sus moradores huyen atemorizados con los críos a cuesta; sus sombras se pierden en el espesor de la noche italiana que huele a racismo duro institucionalizado por el cavalierri y sus amigos fachas de la Liga del Norte.
Desde hace mucho que el tema de la inmigración dejó de ser un elemento más del discurso político italiano para transformarse en un arma de agitación masiva que moviliza a lo más granado de la derecha neo fascista y a los miles de italianos que se apilan en los suburbios de las grandes ciudades que a su vez son controlados por la camorra italiana.
A tanto ha llegado la situación que el Parlamento Europeo envió a una de sus miembros a Italia para indagar en la realidad que se encuentra la comunidad Romaní. La Eurodiputada Húngara, Viktoria Mohacsi, se mostró horrorizada a la vuelta de su periplo por Italia. “Redadas nocturnas aleatorias, detenciones gratuitas, agresiones en los calabozos y un clima general de persecución”, sobre el origen de este nuevo estallido tampoco tiene dudas “(..) la campaña xenófoba lanzada por la coalición de Berlusconi, prometiendo que echaría a los gitanos del país, está alentando a que se persiga a toda la comunidad, no sólo a los sospechosos.
En Italia hay más de doscientos mil gitanos de los cuáles se calcula que 120 mil son italianos no reconocidos por el estado, también hay rumanos (el icono de la nueva xenofobia) y otros miles que huyeron de la guerra de los Balcanes. Los gitanos y los sin papeles son el tema político a agitar en esta legislación. Existe un acuerdo tácito de los viejos y nuevos ultra derechistas para dotar a la retórica xenófoba que vomitan en sus mítines y declaraciones, de amparo legal y leyes que respalden su ideología excluyente.
Ayer mismo Berlusconi en su primer consejo de ministros aprobó el decreto que convierte a la inmigración ilegal en delito. Se criminaliza la situación del migrante, pasando de una falta administrativa a un delito de carácter penal. Junto con ello anunció otras cuarenta medidas destinadas a la erradicación definitiva de todos los indeseables (sin papeles, gitanos, vendedores ambulantes, vagos…) de su querida Italia, porque “los italianos tienen derecho a no tener miedo, es un derecho primario” dice Berlusconi.
Entre seis meses y cuatro años de cárcel para los inmigrantes sin papeles, si este delinque se le sumará automáticamente un tercio más de condena por el hecho de ser indocumentado; los que alquilen casas a estos se arriesgan a una pena de seis a tres a seis años de cárcel más multa; los que tengan permiso de residencia y soliciten la reagrupación familiar con sus hijos tendrán que someterse a pruebas de ADN…. Además se dota de mayores atribuciones legales a los alcaldes para acentuar la persecución, encarcelación y expulsión de todos aquellos que no embelecen la ciudad.
El icono de alcalde-sheriff xenófobo y represivo que desarrolla con éxito la Liga del Norte avanzará sin transar por la geografía italiana y su devenir que cada día provoca más asco.