noviembre 07, 2011

Recordando a Patricia Bravo



La primera vez que la vi fue a finales de la década de los noventa. Yo venía saliendo de la carrera de periodismo con ganas de comerme el mundo o siquiera darle un buen bocado. Ella estaba ahí, en la pequeña redacción de la revista chilena Punto Final, en la cuarta planta de la calle San Diego, dándole la bienvenida a los cuatro locos que nos habíamos apuntado a empezar nuestra carrera profesional en un medio de izquierda que sobrevivía desde 1965 con sus aciertos y errores. Por entonces Chile avanzaba raudo hacía el abismo social con total orgullo.La concentración de los medios de comunicación en manos de la derecha pinochetista (duopolio El Mercurio y Copesa), no era un viejo slogan de los resentidos sino que una realidad que permanece hasta nuestros días en que siguen ocupándose más del deporte- así como en la dictadura- que del conflicto social desatado después de veinte años en que la única libertad palpable que hemos vivido es la de los mercados y la democratización del consumo.
La paty lo sabía, era una sobre viviente de aquellos años de plomo, exilio, muerte de compañeros, vida fragmentada, una luchadora de la cotidianeidad en donde los contextos socio políticos cambiaban pero ella no estaba para subirse a cualquier carro, simplemente porque el que había cogido de joven era el suyo, y en ese, decidió transitar hasta el 22 de octubre pasado.
Llueve con furia en Barcelona y otra mala noticia se agolpa en el correo de los últimos días. Pienso en Patricia Bravo y me dan ganas de coger una bici e ir en busca del mar, mojado pero sosegado, frío, pero con las lágrimas calientes de lo que no se ha llorado durante mucho tiempo. Las necrológicas de la gente cercana que hizo algo se agolpan en los recuerdos y evindencian las carencias de los que hace algún tiempo nos olvidamos de luchar y nos entretuvimos en la sobrevivencia precaria y hedonista a la vez. Dice una de sus amigas que la paty no quiso malgastar sus ahorros ante un avance terminal de la enfermedad; una mujer coherente, que se fue joven pero sin lugar a dudas con las tareas hechas. No hablamos sólo de disciplina, métodos, enfoques, pautas, transmisión de experiencia profesional, hablamos de historias de vida en donde lo que prima es una coherencia de lo vivido, sin matices y seguramente con muchos flecos del que vivió los orígenes, el desarrollo, las conquistas sociales, el golpe de estado, la dictadura y el epilogo de la eterna transición de la democracia chilena que aún no se termina de escribir. Pienso en ella, en su eterno buen humor y disposición a escuchar a nuestra generación de los noventa que para ser sinceros poco aportamos en la transformación social. Era una apasionada de su trabajo y siempre con la libreta a mano para no dejar que el apunte que a ella le interesaba se desvaneciera en el aire plagado de tabaco de la redacción.
Me enseñó a cuestionarme lo que escribía, y eso ya es suficiente. Su labor fue pedagógica pero rebosó la enseñanza para adentrarse en la vida y los compromisos que se adquieren sin mayor virtud que la necesidad. Solidificó valores que a estas alturas de la vida están en extinción o simplemente lo hemos extraviado o aparcado porque quizás pensamos que otro mundo era capaz de construirse desde la huida constante, ya sea geográfica o personal. Su partida no es otra perdida más, sino que una bofetada para aquel que se quedo mucho tiempo esperando la vida venir y que reacciona, tarde, pero reacciona, para reescribir esas páginas en blanco que se llenaron de silencio.
Un beso paty

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